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Full text of "El camino de Paros (meditaciones y andanzas)"

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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



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(¿Meditaciones $ andanzas) 



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1918 



EDITORIAL CERVANTES 

HERNÁN CORTÉS, 8 OlK5rÍ&J 
VALENCIA GOWfe 




Imprenta Hijos de F. Vives ¿XÜora, Hernán Cortes, 8 - VALENCIA 



MEDICACIONES 



La estatua de Cesárea 



Qué misteriosa generación es ésta del personaje épi- 
co, novelesco o dramático? ¿Qué divina virtud obra 
para este acto de creación— el más calificable de tal 
entre todos los actos de los hombres— que consiste en 
dar al mundo una criatura imaginaria inmortal: D. Quijote 
o D. Juan, Otelo o Hamlet; en arrancar de las entrañas 
del alma propia otra alma, no reflejo de ella, sino autó- 
noma y distinta; hecha de la tela de los sueños, y con 
todo, dotada de espíritu más brioso, de vida más intensa 
y pertinaz que los mismos héroes de la historia; individual 
y una, no con la unidad artificial de la abstracción, sino 
con la lógica viviente de la naturaleza; «persona» e «idea» 
a la vez; alma que, en la sucesión de los tiempos, obse- 
sionará como un numen al pintor, para que interprete y 
fije su encarnación corpórea; al músico para que destile 
su más íntima esencia; al pensador, para que alumbre y 
analice sus reconditeces, alma capaz de imponerse a la 
imitación de las que realmente viven en el mundo, de 
modo que, después de tener vida ideal, maravillosamente 
tejida de palabras, adquiera real sér y cuerpo tangible, 
modelando según su imagen la personalidad de hombres 
de carne y hueso, y siendo como el típico ejemplar en 
que tienen puesta la mirada generaciones enteras? ¿Qué 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



portentoso secreto es éste de la imaginación, que «crea», 
que arrebata al cielo, como el titán filántropo, la chispa 
con que se anima a los hombres?... 

Cómo habría sido el semblante de Jesús, de que no 
había imagen conocida, desvelaba a un eremita del Sceto 
en tiempos de los primeros ermitaños. Unos imaginaban 
al Redentor en cuerpo hermoso, transparente forma de 
su espíritu. Otros, por el contrario, le atribuían, con la 
fealdad del cuerpo, la intención de alentar el menosprecio 
de los hombres, por cuanto cae bajo del sentir material. 
De tradición sabía el eremita que en Cesárea, ciudad 
del Antilíbano, cerca de donde el Jordán toma sus fuen- 
tes, uno de los enfermos a quienes volvió el Maestro, con 
la salud del cuerpo, la del alma, había consagrado a per- 
petuar su imagen una estatua de mármol. Era aquélla de 
que luego habló en su «Historia Eclesiástica» el obispo 
Eusebio. Hondo impulso de amor sublimaba la curiosidad 
del eremita, y fué en él vocación irresistible y ardiente 
de piedad determinarse a ir en peregrinación hasta la 
estatua de Cesárea. Duras fatigas padeció, sin que deca- 
yera su ánimo, desde su salida del desierto. Llegó a 
Cesárea, preguntó, y le mostraron los trozados muros que 
quedaban de una casa en abandono, y junto a estos muros, 
plantas silvestres que tejían brava y extendida maraña. 
Aquí, en la esquividad de la maleza, debía encontrar la 
imagen de su Dios, si es que ella duraba todavía: poco 
había preocupado a Cesárea la imagen de un Dios 
más. 

Nunca con tal pavor penetra un niño en la nocturna 
sombra del bosque, cual se internó el eremita entre las 
plantas; sólo que este pavor tenía dulzuras de deliquio. 
Se halló de pronto ante un pedestal de piedra. Alzó los 
ojos... La estatua estaba allí, pero ya no guardaba vesti- 



EL CAMINO DE PAROS 



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gios de su fisonomía. Donde el cincel había esculpido los 
rasgos del semblante, quedaba apenas una superficie 
rasa, como la cara de los Hermes arcaicos, obscura y vil 
profanación del tiempo. El cansancio, que había cedido a 
la esperanza, se apoderó, con la decepción, del eremita, 
que cayó sumergido en hondo sueño, junto al ruinoso 
pedestal. Inmenso anhelo se exhaló, durante el sueño, de 
su alma, y difundiéndose por el ámbito del mundo, con- 
vocó a las partículas de piedra que habían sido de la 
estatua, para que, juntándose de nuevo, recompusieran 
la máscara divina. Ellas vinieron, alzadas del polvo de 
la tierra, surgidas del fondo de las aguas, suspensas 
en las ondas del aire... En breve nube, comparable 
a la que forma el aliento del caballo después de la 
carrera, se acumulaban ante el eremita y flotaban con 
vago y desmayado ritmo. Luego, las partecillas fueron 
más y parecieron la nube de tierra que levanta del ca- 
mino el carro que pasa. Pero nada nacía de ellas que 
prometiese la imagen por la que su evocador había desea- 
do reunirías. El, sin embargo, las consideraba con emo- 
ción profunda, sólo porque alguna vez habían compuesto 
la imagen adorable. Fuego de amor derretía la substancia 
de su corazón; todo era amor, mientras contemplaba el 
eremita; inmenso amor que se desbordaba de sus ojos. 
Tembló una lágrima en ellos. Y entonces, al través de la 
lágrima, la mirada, que era rayo de amor, fué como fuego 
que hace llama, y a su contacto la nube de leves parte- 
cillas se estremeció, como si toda se incendiase de amor. 
Su agitación incierta cobró brío; acorde impulso distri- 
buyó, cual si los moviera un soplo sabio, los átomos de 
piedra; formaron éstos líneas y contornos; y como el 
mundo de la nébula, surgió, del seno de la nube, la 
imagen. Amor era la norma que, en la estatua, había con- 
certado a aquellos átomos de piedra, en la expresión del 



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semblante de que componían simulacro; este semblante, 
en la realidad, como en la estatua, había sido pura forma 
sensible del amor. Y penetrados ahora de la misma alma, 
por la mirada de amor que los sujetaba a su hechizo, el 
orden renació entre ellos, y, con el orden, la divina apa- 
riencia. Dulce premio de la contemplación conmovida, la 
veneró el soñador, en éxtasis que no duró más que un 
instante. Despertó. La mutilada estatua mostraba su faz, 
llana e informe; pero el eremita no miró ya para ella, 
porque en lo hondo de su alma, allí donde loque el recuer- 
do estampa es indeleble, llevaba— más patente que como 
quedó en el cendal de la Verónica— la imagen, milagro de 
su amor. 

Este es el proceso en la invención del artista; ésta la 
«misteriosa generación» de lo bello, de que habló el Só- 
crates platónico: una belleza entrevista, que enciende 
amor, deseo de tenerla, anhelo de fijarla; una congrega- 
ción de infinitas partes, menudas y dispersas, que el 
magnetismo del amor atrae, y la perseverancia del amor 
apura; y por fin, un inspirado acto de amor, que estrecha 
en abrazo ardorosísimo esos mil distintos elementos, y del 
acuerdo y animación que entre ellos pone, saca la apete- 
cida imagen, limpia y luciente, rica de color y de vida. 

Allá, en lo hondo del alma de cada uno, duermen las 
tendidas aguas de la memoria. Sólo un rayo de luz cae 
sobre esas aguas sombrías; sólo en mínima parte aparecen 
a la claridad de la conciencia; pero su capacidad es in- 
sondable, e indefinida su aptitud de revelar lo que más 
íntimo guardan. Cuanto ha pasado una vez por los sen- 
tidos, cuanto ha brotado de operación interior, cuanto ha 
tenido sér en la mente, deja por bajo de ella un rastro de 
su peso, capaz de revivir otra vez, y convertirse en repre- 
sentación actual y luminosa. No ya lo que la conciencia 



EL CAMINO DE PAROS 



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alumbró claramente cuando su presentación primera; no 
ya lo que labró hondo surco en la atención o la sensibi- 
lidad; sino aun lo vislumbrado, lo apenas advertido, lo 
semi-ignorado, lo visto al pasar, lo que en un punto mismo 
es y se disipa, desciende a aquel abismo de la memoria 
latente, y yace en esa profundidad jamás colmada. De esta 
manera, líneas, colores, sonidos, armonías, palabras, ideas, 
emociones, duermen en el inmenso depósito, comparable 
al caos donde está en potencia una creación y guardan su 
turno para resurgir, ya como recuerdo concreto, ya como 
imagen no referida a lo pasado, si logran el favor de un 
pensamiento que tienda hasta ellos el hilo de una asocia- 
ción eficaz, y los levante al círculo de lo consciente. 
Cuanto más vario y copioso sea ese íntimo museo en el 
alma del artista, cuanto más se le acrezca por la expe- 
riencia, y se le haga accesible y dócil a las artes evoca- 
doras de la asociación, tanto más fácil será la inventiva 
del artista, y más fecunda. 

Cierto día, una percepción o representación dichosa 
suscita en el alma dotada del sentimiento de hermosura 
la idea original, la primitiva célula, vago y levísimo esbo- 
zo de un personaje imaginario. Un acto de ilusa insensa- 
tez o vano arrojo, presenciado de paso por un pueblo; o 
la fugitiva visión de algún hidalgo escuálido, que lee un 
libro de caballerías junto al estante de sus armas; o bien 
una anécdota leída sobre la singular monomanía de un 
loco; o, simplemente, un rasgo recordado en las soledades 
de la cárcel, del Amadis o el Espliandán, son la chispa 
por la que comienza a iluminarse, en la mente de Miguel 
de Cervantes, la portentosa figuración de su héroe. Esta 
primera idea enamora al alma del artista; y del amor, que 
es padre del deseo, nace el de completarla y realizarla. 
Acicateada por el deseo de amor, la idea se sumerge y 
abisma en aquel inmenso depósito de los recuerdos, y 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



como quien remueve el lecho de dormido estanque para 
traer a la superficie lo del fondo, hace que surja de allí 
hirviente remolino de imágenes. Todo lo que tiene alguna 
afinidad con la idea, y es propio para enriquecerla y nu- 
trirla, y formar cuerpo con ella, y levantar su relieve, y 
reforzar su color, y determinar su espíritu, todo despierta 
y obedece al poderoso conjuro. Mil recuerdos del tesoro 
de observación consciente e inconsciente que en su aza- 
rosa existencia ha acopiado, mil noticias de su ciencia 
del mundo acuden al pensamiento de Cervantes, para 
reunirse a aquel esbozo que de su héroe concibió, y aña- 
dirle algún toque de verdad y de vida. Estos recuerdos, 
estas representaciones, son las partículas de piedra que, 
de los ámbitos del mundo, concurren a reconstituir el sem- 
blante de la estatua, para el contemplador que permane- 
cía ante ella en mudo anhelo. Lucha acaso el alma del ar- 
tista en este momento de la concepción; lucha acaso y se 
angustia, en su impaciencia de evocar todos los elementos 
que le interesan y hacen falta, como ardía en ansia y 
pena de amor la contemplación del eremita. No le basta 
buscar en lo ya acumulado, en el mundo de sus recuerdos, 
sino que, mientras le inquieta aquel germen precioso que 
lleva en las entrañas, tiene los ojos muy abiertos a la rea- 
lidad, para cosechar en ella nuevos rasgos de expresión y 
carácter, y embeberse en vivos reflejos de hermosura, al 
modo como la madre antigua se rodeaba, cercana al parto, 
de formas perfectas. Ni le basta tampoco recordar y ob- 
servar, sino que ha menester meditar sobre lo recordado 
y observado, de suerte que la inconexa pluralidad de sus 
imágenes se traduzca en síntesis armónica. Pero la medi- 
tación que digiere y ordena, el orden que la meditación 
es apta para instituir en la obra de la fantasía, no son su- 
ficientes aún. Nunca pasaría este orden de orden lógico, 
de disposición artificiosamente calculada, si, magnifican- 



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do el acierto con que lo compone el raciocinio, no perse- 
verase la inconsciente fuerza de amor, que, como cálido 
y plasmante soplo, circula por entre las relaciones y jun- 
turas que establece la mente. Y nunca arribaría a vivir el 
personaje imaginario, nunca su imagen se movería con la 
vida personal y enérgica que emula la de los más netos 
caracteres que veamos en la realidad, si el amor del artis- 
ta, llegado a su más alto punto, al éxtasis en que culmina, 
inspirado y victorioso, abrazando de un rapto los elemen- 
tos que ya ha puesto en acuerdo, compenetrándolos y 
traspasándolos, como por el «golpe intuitivo» de que ha- 
blaban los Plotinos y Jámblicos en la iluminación de lo 
divino, no suscitase finalmente la visión una, simultánea, 
completa, de la criatura soñada; la alucinación que la pone 
a pleno sol de la conciencia del artista, y después de la 
cual, ya no es menester sino la voluntad que ejecute y la 
mano que obedezca. Cuando la llama de amor, desbor- 
dando de los ojos que esperan la suspirada forma, ha 
prendido en la nube fluctuante donde se la busca, la ima- 
gen es, de definitiva manera y con vida inmortal. La vir- 
tud plástica de la concepción depende de la eficacia de 
este último acto, instantáneo e insustituible, en el que los 
que le antecedieron hallan su recompensa y su fruto. 

Todo es presidido por una misma fuerza, en la activi- 
dad creadora de la imaginación: el primer deseo que excita 
a la realización de lo hermoso; la convocatoria enérgica y 
tenaz que allega los elementos con que ha de componér- 
selo; el rapto inspirado que lo vivifica, y aun la obstina- 
ción y perseverancia de la voluntad, que consuma y deja 
la obra en su punto. Todo ello es presidido por una sola 
fuerza: aquella misma que, llamándose afinidad, genera 
las formas armoniosas de los cristales, las estrellas y 
exágonos en que cuaja la nieve; y llamándose atracción, 
rige la sublime concordia de los mundos; y llamándose 



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EL CAMINO DE PAROS 



amor de los sentidos, reproduce la proporción y belleza 
de los seres vivientes; y llamándose amor desinteresado 
e ideal, florece en la divina hermosura de las cosas del 
arte. 



Mi retablo de Navidad 



I 

EL NIÑO DIOS 

Pe toda la pintoresca variedad del Nacimiento visto- 
so, —con el divino Infante, la Madre doncella, el 
Esposo plácido, las mansas bestias del pesebre—, no venía 
a mí más dulce embeleso ni sugestión más tenaz, que los 
que traía en sí esta idea inefable: «Dios, en aquel día, era 
niño...» Niño en el cielo, niño de verdad, como lo represen- 
taba la figura. Mientras yo contemplaba el inocente simu- 
lacro, un celeste niño gobernaba el mundo, oía las plega- 
rias de los hombres, distribuía entre ellos mercedes y cas- 
tigos... ¿Cuándo la idea del Dios humanado, del Dios hecho 
hombre por extremo de amor, pudo mover en corazón de 
hombre tan dulce derretimiento de gratitud, mezclado a la 
altivez de tamaña semejanza, como en el corazón de un 
niño la idea del Dios hecho niño?... 

Hoy, que convierto en materia de análisis los poemas 
de mi candor, —el hombre es el crítico, el niño es el 
poeta—, se me ocurre pensar cuán apetecible sería que 
Dios fuese niño una vez al año. En la «política de Dios» 
hay, sin duda, inexcrutables razones, arcanos planes, 
propósitos altísimos, a los que se debe que su intervención 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



en las cosas del mundo se reserve y oculte con frecuen- 
cia, y que su justicia, mirada desde este valle obscuro, 
parezca morosa e inactivo su amor. El día del Dios-niño, 
toda esa prudencia de Dios desaparecería. Al Dios sabio 
y político sucedería el Dios sencillo y candoroso, cuya 
omnipotencia obraría de inmediato, en cabal ejecución de 
su bondad. En ese día de gloria no habría inmerecido 
dolor que no tuviese su consuelo, ni puro ensueño que no 
se realizase, ni milagro reparador que se pidiera en vano, 
ni iniquidad que persistiera, ni guerra que durara. A ese 
día remitiríamos todos la Esperanza, y el mayor mal ten- 
dría un plazo tan breve que lo sobrellevaríamos sin pena. 
¡Oh, cuán bella cosa sería que Dios fuese niño una vez 
al año, y que éste fuera el bien que anunciasen las cam- 
panas de Navidad!... 

Pero no... Ahora toman otro sesgo mis filosofías del 
recuerdo del niño-Dios. Antes que lamentarse de por qué 
Dios no sea niño de veras durante un día del año, acaso 
es preferible pensar que Dios es niño siempre, que es 
niño todavía. Cabe pensar así y ser grave filósofo. El 
Dios en formación, el Dios in fleri en el virtual desenvol- 
vimiento del mundo o en la conciencia ascendente de la 
humanidad, es pensamiento que ha estado en cabezas de 
sabios. ¿Y hemos de considerarla la peor, ni la más deso- 
ladora, de las soluciones del Enigma?... ¡Niño-Dios de mi 
retablo de Navidad! Tú puedes ser un símbolo en que 
todos nos reconciliemos. Tal vez el Dios de la verdad es 
como tú. Si a veces parece que está lejos o que no se cura 
de su obra, es porque es niño y débil. Ya tendrá la pleni- 
tud de la conciencia, y de la sabiduría, y del poder, y en- 
tonces se patentizará a los ojos del mundo por la presen- 
tánea sanción de la justicia y la triunfal eficiencia del 
amor. Entre tanto, duerme en la cuna. Hermanos míos: 
no hagamos ruido de discordia, no hagamos ruido de va- 



EL CAMINO DE PAROS 



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nidad, ni de feria, ni de orgía. Respetemos el sueño de 
Dios-niño que duerme y que mañana será grande. ¡Meza- 
mos todos en recogimiento y silencio, para el porvenir de 
los hombres, la cuna de Dios! 

II 

EL ASNO 

Asno del pesebre donde el Señor vino al mundo: yo te 
quería y te admiraba. Tú eras, en aquel espectáculo, el 
personaje que me hacía pensar. Iniciación preciosa que te 
debo. Tú, abanicando con los atributos de tu sabiduría, 
diste aliento a la primera chispa de libre examen que voló 
de mi espíritu. Tú fuiste mi Mefistófeles ¡oh Asno! Por 
amor a tí, por caridad y compasión con que me inundabas 
el alma, me hiciste concebir los primeros asomos de duda 
sobre el orden y arreglo de las cosas del mundo, y aún 
sospecho que, por este camino, me llevaste, con inocen- 
cia de los dos, a los alrededores y arrabales de la herejía. 

Verás cómo. Yo, prendado de la gracia inocente y 
dulce que hay en tí, y que no suelen percibir los hombres, 
porque se han habituado a mirarte con la torcida inten- 
ción de la ironía, me interesaba por tu suerte. Viéndote 
allí, junto a la cuna de Dios, me figuraba que te era de- 
bido algún género de gloria. Entonces preguntaba cuál 
fué tu destino ultra-telúrico, y me decían que para los 
asnos no hay eternidad. Para los asnos no hay en el mun- 
do sino trabajo, burla y castigo, y después del mundo, la 
nada... La Nueva Ley no modificó en esto las cosas. El 
sacrificio del Hijo de Dios no alcanzó a tí. El esclavo 
viejo de Pompeya que debió de trazar, bajo tu imagen di- 
bujada en la pared, la inscripción de amarga ironía: — 
Trabaja, buen asnillo como yo trabajé, y aprovéchete 



EL CAMINO DE PAROS 



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a tí tal como a mí me aprovechó—, dijo la desventura 
del asno pagano y del cristiano. De poco te valió estar 
presente en el nacimiento del Señor, ni más tarde llevarlo 
sobre tus lomos, en la entrada a Jerusalén, entre palmas 
y vítores. Ni mejoró tu suerte en la tierra, ni, lo que es 
peor, se te franqueó el camino del cielo. A mí, este pri- 
vilegio de la promesa de otra vida para el alma del hom- 
bre, con exclusión de la candorosa alma animal, capaz de 
inmerecido dolor remunerable y capaz también de una 
bondad que yo no había aprendido todavía a discernir de 
la bondad humana, porque aún no había estudiado libros 
de filosofía, se me antojaba un tanto injusto y me dejaba 
un poco triste. ¡Cómo! El perro fiel y abnegado que 
muere junto a la tumba del amo acaso torpe y brutal; el 
león hecho pedazos en la arena infame; el caballo que 
conduce al héroe y participa del ímpetu heroico; el pájaro 
que nos alegra la mañana; el buey que nos labra el surco; 
la oveja que nos cede el vellón, ¿no recogerán siquiera las 
migajas del puro festín de gloria a que nos invita el amor 
de Dios después de la muerte?... — De esta manera me 
acechaba la pravedad herética tras el retablo de Na- 
vidad. 

Quedábamos en que para tino hubo Noche Buena, 
Asno amigo; pero siglos después estuviste a dos dedos de 
la redención. Un paso más y te ganas los fueros de la in- 
mortalidad, con el suplemento de alguna tregua y alivio 
en tu condición terrena. Fué cuando, en humilde pueblo 
de la Umbría, apareció aquel hombre vago, y tal vez loco, 
que se llamó Francisco de Asís. ¡Venturoso momento! La 
piedad de este hombre se extendía, como los rayos del 
sol, sobre todo lo creado. Sentía, presa de exaltadas ter- 
nuras, su fraternidad con las aves del cielo, con las * 
bestias del campo y hasta con las fieras del bosque. Ha- 
blaba amorosamente del Hermano Lobo, del Hermano 



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Cordero y de la Hermana Alondra. Era como el corazón 
de Cristo rebosando de su amor por nosotros y derra- 
mándose sobre la naturaleza. Era un Sakiamuni menos 
triste y austero, más iluminado de esperanza. Parecía ve- 
nido a predicar un Testamento Novísimo, ante el cual el 
nuevo pasase a viejo. ¡Yo creo, y Dios me perdone, que 
a él también le acechaba la herejía!... Pero se detuvo, o 
no lo comprendieron del todo, y la naturaleza siguió sin 
Noche Buena. Tú, Asno hermano, perdiste con ello tu 
redención, y acaso no perdimos menos los hombres. 
¡Ah, si el dulce vago de Asís se hubiera atrevido!... 

SUEÑO DE NOCHE BUENA 

En Noche Buena era el sonar despierto, girando la 
mariposa interior en torno a la imagen de luz pura, que 
ya aparecía, infantil, en el regazo de la Madre; ya a már- 
genes del lago o sobre el monte, con sus rubias guedejas 
de león manso; ya trágica y sublime, entre los brazos de 
la Cruz. Mi imaginación era invencionera; la fe le daba 
alas. Cuentos, leyendas, ficciones de color de rosa nacían 
de aquel soñar. Una recuerdo. No sabía reproducirla con 
su tono, con el metal de voz de la fantasía balbuciente. 
Será una idea de niño dicha con acento de hombre; ser; 
un verso de poeta que ha pasado por manos de traducto . 

Era en la soledad de los campos, una noche de invie « 
no. Nevaba. Sobre lo alto de una loma, toda blanca y d< ¡s- 
nuda, se aparecía una forma, blanca también, como de 
caminante cubierto de nieve. En derredor de esta forma 
flotaba una claridad que venía, no de la luz de una linter- 
na, sino del nimbo de una frente. El caminante era Jes ts. 

Allá donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un bul- 
to negro se agita. Jesús marcha hacia él; él viene, como 
receloso, a su encuentro. A medida que el resplandor di- 



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vino lo alumbra, se define la figura de un lobo, en cuyo 
cuerpo escuálido y en cuyos ojos de siniestro brillo está 
impresa el ansia del hambre. Avanzan; párase el lobo al 
borde de una roca, ya a pocos palmos del Señor, que tam- 
bién se detiene y le mira. La actitud dulce, indefensa, 
reanima el ímpetu del lobo. Tiende éste el descarnado ho- 
cico y aviva el fuego de sus ojos famélicos; ya arranca el 
cuerpo de sobre la roca... ya se abalanza a la presa... ya 
es suya..., cuando Él, con una sonrisa que filtra a través 
de su inefable suavidad la palabra: 
— Soy yo-—, le dice. 
Y el lobo, que lo oye en el rapidísimo espacio de atra- 
vesar el aire para caer sobre él, en el mismo rapidísimo es- 
pacio muda maravillosamente de apariencia: se transfigura, 
se deshace, se precipita en lluvia de blancas y fragantes 
flores. A los pies de Jesús, entre la nieve, las flores forman 
como una nube mística, sobre la que el divino cuerpo 
flotara. Y todo mi afán de poeta consistía, en que se enten- 
diese que no fué voluntad del sagrado caminante, ni inter- 
vención de lo alto, lo que movió la transformación mila- 
grosa, sino que fué virtud del propio sentir del lobo 
espantado, loco, al reconocer a quien iba a destrozar con 
sus dientes: virtud en que arrepentimiento, dolor, ver- 
güenza, ternura, adoración, se aunaron como en un fuego 
de rayo, y derritieron las entrañas feroces, y las refun- 
dieron en aquella forma dulcísima, todo ello, mientras de- 
clinaba la curva del salto, que tuvo por arranque la inten- 
ción de hacer daño... Agregaba mi cuento que, el Señor, 
mirando a las flores que a sus plantas había, hizo sonar 
los dedos como quien llama a un animal doméstico. 
Entonces, de bajo el manto de flores se levantó, cual si 
despertara, un perro grande, fuerte y de mirada noble y 
dulce, de la casta de aquellos que en las sendas del Monte 
San Bernado van en socorro del viajero perdido. 



EL CAMINO DE PAROS 



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Algunas veces asocio a mi ficción candorosa la idea 
de esas súbitas conversiones de la voluntad, que, por la 
avasalladora virtud de una emoción instantánea, remue- 
ven y rehacen para siempre la endurecida obra de la na- 
turaleza o la costumbre: Pablo de Tharsos herido por el 
fuego del cielo, Raimundo Lulio develando el ulcerado 
pecho de su Blanca, o el Duque de Gandía frente a la 
inanimada belleza de la Emperatriz Isabel. 



El ejército y el ciudadano 



Si por militarismo entendemos un régimen de subver- 
sión política en que la superioridad brutal de la 
fuerza vale, a aquellos que por oficio la tienen en sus ma- 
nos, para reprimir la voluntad popular y sustituir con su 
usurpado predominio el regular funcionamiento de las ins- 
tituciones, bien puede asegurarse que el militarismo cons- 
tituye, no sólo un momento ya pasado en el proceso de 
nuestra formación política, sino también definitivamente 
pasado: ajeno a los peligros del presente y del porvenir. 
Entre el ciudadano y el soldado toda razón de desvío y 
desconfianza ha desaparecido. Años van ya que vemos en 
las armas del ejército, no la amenaza, sino, por el contra- 
rio, la más firme custodia de la vida institucional. Propen- 
diendo a aumentar su poder y realzar su prestigio, sabe- 
mos que contribuímos a fortalecer la seguridad de nues- 
tros intereses más caros, la grandeza y el nombre de la 
patria. 

He alcanzado, de niño, los tiempos en que el paso de 
un batallón por las calles públicas, alarde de una fuerza 
abominada, repercutía en el corazón de los ciudadanos 
con vibración angustiosa, de humillación mal sufrida, de 
sordos enconos: tal como ha de repercutir el son de las 
llaves del carcelero en el ánimo del presidiario, o el chas- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



quido del látigo del cómitre en los oídos del galeote. Me 
enorgullezco de poder agregar que he llegado a la vida 
cívica en tiempos en que ese estrépito marcial, llenando 
los aires, levanta los corazones con estímulos de simpatía 
y de respeto, como los que se experimentarían en presen- 
cia del brazo robusto de la patria, que se extendiese para 
hacer ondular su símbolo sagrado, la bandera de sus vic- 
torias, sobre la cabeza del pueblo. 

Y la confraternidad, la identificación, entre el ciuda- 
dano y el soldado, ganan terreno día por día. El militares 
ya, cívicamente, una fibra del corazón del pueblo, que 
participa de todas sus palpitaciones y vibra, sin disonan- 
cia, en sus congojas como en sus regocijos; el militar es 
socialmente un hombre culto, con quien se comparten los 
primeros puestos en todas las manifestaciones de la vida 
civil, en todas las formas nobles y superiores de la activi- 
dad, en todos los certámenes de la inteligencia. Esa bene- 
mérita institución de la Academia Militar, donde han for- 
mado su personalidad jefes y oficiales que honran a las nue- 
vas generaciones, tiene, sin duda, principalísima parte en 
la obra de reforma que ha rendido por fruto la dignificación 
y el prestigio de la carrera de las armas . Los periódicos que 
llevan por objeto dar voz y orientación al espíritu de la mi- 
licia, acompañándola en sus estudios y abogando por sus 
legítimos intereses de clase, secundan eficazmente los pro- 
pósitos de la Academia; y por el medio seguro de la publi- 
cidad, contribuyen a que se realice esa comunión, cien 
veces fecunda, entre la conciencia del gremio militar y la 
de los elementos civiles. No menos contribuyen a ello los 
jóvenes militares que aplican su preparación e inteligen- 
cia al ejercicio de la pluma, realzando con esta vocación 
accesoria los prestigios de su vocación guerrera; y me 
es agradable aprovechar esta oportunidad para mencionar 
el laudable esfuerzo con que dos distinguidos oficiales, 



EL CAMINO DE PAROS 



25 



los señores Onetti e Ibarra, acaban de refutar, en defen- 
sa de su carrera y de sus ideales de soldados, la tesis 
anti-militarista de Hamón. 

Pero el sello de la reconciliación definitiva entre el 
ciudadano y el soldado, entre el ejército y el pueblo, no 
será puesto mientras no se lleve a realidad el deber cívico 
del servicio militar obligatorio, cuyo cumplimiento hará 
que el ciudadano se sienta permanentemente dentro de la 
institución militar, y como parte de ella aprenda a com- 
prenderla, a respetarla y a honrarla. 

En tanto que la situación de las cosas humanas no se 
modifique fundamentalmente, la fuerza material será una 
condición inexcusable de respetabilidad y de influencia 
en la sociedad de las naciones. 

El país tiene derecho a ser fuerte. Los ciudadanos, ya 
militares, ya civiles, tienen el deber de cooperar a que 
halle satisfacción ese derecho del país. 



La filosofía del Quijote y el 
descubrimiento de América 



España se dispone a celebrar, dentro de pocos meses, 
el centenario de la muerte de Miguel Cervantes. 
Un centenario más, como el de Calderón y el de Veláz- 
quez— ocasiones, no muy lejanas, de fiestas semejantes—, 
no importaría gran cosa. Las solemnidades de ltf pompa 
oficial, las declamaciones de la vanidad oratoria, los re- 
buscos de la erudición pedantesca, bastarían para man- 
tener el consecuente ritual de conmemoraciones de esa 
especie. Pero debe fiarse en que la sugestión y el estímulo 
de la oportunidad enciendan en el alma de la juventud 
española— donde hay prometedoras potencias de medita- 
ción y poesía—, la inspiración que concrete en estudio, 
poema u obra de arte, la grande ofrenda que aún debe 
España a su más alto representante espiritual, que fué a 
la vez el mayor prosista del Renacimiento, y el más mara- 
villoso creador de caracteres humanos que pueda oponer 
el genio latino al excelso nombre de Shakespeare. 

La ocasión obliga con igual imperio, a esta América 
nuestra. El sentimiento del pasado original, el sentimiento 
de la raza y de la filiación histórica, nunca se represen- 
tarían mejor para la América de habla castellana que en 
la figura de Cervantes. Cualesquiera que sean las modj- 



2S 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ficaciones profundas que al núcleo de civilización here- 
dado ha impuesto nuestra fuerza de asimilación y de pro- 
greso; cualesquiera que hayan de ser en el porvenir los 
desenvolvimientos originales de nuestra cultura, es indu- 
dable que nunca podríamos dejar de reconocer y confesar 
nuestra vinculación con aquel núcleo primero sin perder 
la conciencia de una continuidad histórica y de un abo- 
lengo que nos da solar y linaje conocido en las tradiciones 
de la humanidad civilizada. Y esa persistente herencia no 
tiene manifestación más representativa y cabal que la del 
idioma, donde ella se resume toda entera y aparece adap- 
tando a sus medios connaturales de expresión las adquisi- 
ciones y evoluciones sucesivas. Confirmar la fidelidad a 
esa forma espiritual que es el idioma y glorificarla en el 
recuerdo de su escritor-arquetipo, es, pues, el modo más 
adecuado y más sincero con que América puede mostrar 
el género de solidaridad que reconoce con la obra de sus 
descubridores y civilizadores. 

No hay otra estatua que la de Cervantes para simbo- 
lizar en América la España del pasado común, la España 
del sol sin poniente. Los reyes que la abarcaron con su 
cetro, aun cuando mereciesen alguna vez mármol o bronce, 
no podrían encarnar jamás en mármol ni bronce ameri- 
cano, porque representan la autoridad de que nos eman- 
cipamos y las instituciones que sustituimos. Sólo la 
augusta imagen de Isabel la Católica dominaría sin incon- 
gruencia en suelo de América, rescatando en gloria 
perenne las joyas que costearon la aventura sublime, y 
figurando como numen maternal de nuestra civilización. 
Pero el símbolo requiere en este caso formas más recias 
y viriles que esa suave fisonomía de mujer. Los porten- 
tosos capitanes de la Conquista, ¡os legendarios sojuzga- 
dores de mares y de tierras, tienen un carácter que 
excluye ía plena apoteosis americana, como personifica- 



EL CAMINO DE PAROS 



29 



ciones de la ejecución brutal, consumada con sacrificio 
del indio, que también es carne y alma de América. Los 
colonizadores, gobernantes o misioneros, en quienes se 
apacigua y endulza la empresa civilizadora, proporcionan 
más de una figura capaz de ser glorificada en la parte 
del Continente a que se contrajo su influencia; pero nin- 
guna de magnitud continental. En cuanto al Descubridor, 
a España pertenece su gloria, sin duda, pero no su per- 
sona; y las estatuas que reproducirán infinitamente su 
imagen, del uno al otro extremo del mundo concedido a 
su fe, no son las aptas para significar el genio original y 
propio de la civilización transplantada. 

Sólo queda buscar el símbolo personal en el mundo 
del espíritu, donde esa civilización forja sus normas 
ideales y sus medios de expresión, y escogerlo en quien 
tiene dentro de ella personalidad más característica y 
más alta. Hay, además, entre el genio de Cervantes y la 
aparición de América en el orbe, profunda correlación 
histórica. El descubrimiento, la conquista de América, 
son la obra magna de! Renacimiento español, y el verbo 
de este Renacimiento es la novela de Cervantes. La ironía 
de esta maravillosa creación, abatiendo un ideal caduco, 
afirma y exalta de rechazo un ideal nuevo y potente, que 
es el que determina el sentido de la vida en aquel triunfal 
despertar de todas las energías humanas con que se abre 
en Europa el pórtico de la edad moderna. A un objetivo 
de alucinaciones y quimeras, como el que perseguía el 
agotado ideal caballeresco, sucede el firme objetivo de la 
realidad, abierta a los fines racionales y a la perseverante 
energía de los hombres. El mundo imaginario que había 
dado teatro a las hazañas de los Amadises y Esplandianes 
se desvanece como las nieblas heridas por el sol, y lo 
sustituye el mundo de la naturaleza, redondeado y con- 
quistado por el esfuerzo humano; la América vasta y 



50 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



hermosa sobre todas las ficciones, que con su descubri- 
miento completa la noción del mundo físico, y con el in- 
centivo de su posesión ofrece el escenario de proezas más 
inauditas y asombrosas que las aventuras baldías de los 
caballeros andantes. 

La filosofía del «Quijote» es, pues, la filosofía de la 
conquista de América. La radical transformación de sen- 
timientos, de ideas, de costumbres, para la que el hallazgo 
del hemisferio ignorado fué causa concurrente, es la que 
adquiere forma poética imperecedera en esa epopeya de 
la burla, donde el jovial espíritu del Renacimiento dirige 
sobre los últimos vestigios de un ideal moribundo, las 
mortales saetas de la ironía. América nació para que 
muriese D. Quijote; o mejor, para hacerle renacer entero 
de razón y de fuerzas, incorporando a su valor magná- 
nimo y a su imaginación heroica, el objetivo real , la aptitud 
de la acción conjunta y solitaria y el dominio de los me- 
dios proporcionados a sus fines. 

Mientras muere vencido el Ingenioso Hidalgo y perece 
con él el tipo de héroes de las fábulas de caballerías, me- 
lancólicos como Tristán, vagos e inconsistentes como 
Lanzarote, inmaculados como Amadis, se consagra en las 
tremendas lides de América el nuevo tipo heroico, rudo 
y sanguíneo, de los Cortés, Pizarros y Balboas, perse- 
guidores de realidades positivas; apasionados, tanto como 
de la gloria, del oro y del poder. Mientras la armadura 
herrumbrosa y la adarga antigua y el simulacro de celada 
del iluso caballero, se deshacen en rincón obscuro, res- 
plandecen al sol de América las vibrantes espadas, las 
firmes corazas de Toledo. Mientras Rocinante, escuálido 
e inútil, fallece de vejez y de hambre, se desparraman 
por las pampas, los montes y los valles del Nuevo Mundo 
los briosos potros andaluces, los heroicos caballos del 
conquistador, progenitores de aquellos que un día habrán 



EL CAMINO DE PAROS 



51 



de formar, con el «gaucho» y el «llanero», el organismo 
del centauro americano. Mientras se disipan en el aire 
los mentidos tesoros de la cueva de Montesinos, fulguran 
con deslumbradora realidad la plata de Potosí, el oro de 
Méjico, los diamantes y esmeraldas del Brasil. Mientras 
fracasa entre risas burladoras el mezquino gobierno de 
la Insula Barataría, se ganan de este lado del mar impe- 
rios colosales y se fundan virreinatos y gobernaciones 
con que se conceden más pingües recompensas que las 
que rey alguno de los tiempos de caballería pudo soñar 
para sus vasallos. 

Así el sentido crítico del «Quijote» tiene por comple- 
mento afirmativo la grande empresa de España, que es la 
conquista de América. Así, al figurar una viva oposición 
de ideales, dejó escrita ese libro la epopeya de la civili- 
zación española, deteniendo, como hechizada, en el vuelo 
del tiempo, la hora culminante en que aquella civilización 
llega a su plenitud y da de sí nuevas tierras y nuevos 
pueblos. Y así el nombre de Miguel de Cervantes, no sólo 
por la suprema representación de la lengua, sino también 
por el carácter de su obra y el significado ideal que hay 
en ella, puede servir de vínculo imperecedero que re- 
cuerde a América y España la unidad de su historia y la 
fraternidad de sus destinos. 



La tradición en los pueblos 
hispano- americanos 



Cada año que pasa, la conciencia de estos pueblos 
nuevos de América se entona con un sentimiento 
más firme y seguro de la grandeza de su porvenir. La 
expansión de sus energías materiales adquiere tal brío, 
su riqueza se acrecienta en tal medida, su civilización se 
asimila con tal facilidad los elementos convenientes para 
integrar un organismo de cultura propia y cabal, que el 
noble orgullo colectivo empieza a florecer en ellos de la 
manera natural y espontánea con que toda fuerza juvenil 
tiende a hacer alarde de sí misma. Lejos de ser reprensi- 
ble, ese sentimiento es una energía necesaria que com- 
plementa las demás y un estímulo precioso con que obrar 
en el espíritu del pueblo, magnificando su capacidad como 
artífice de sus propios destinos. 

Natural es también que ese orgullo colectivo se con- 
crete en la idea y la figuración del porvenir. Si hay algún 
sentimiento esencialmente americano es, sin duda, el 
sentimiento del porvenir abierto, prometedor, ilimitado, 
del que se espera la plenitud de la fuerza, de la gloria y 
del poder. La formación de los pueblos de nuestro conti- 
nente como naciones libres ha coincidido con el auge 
universal de esa concepción del progreso indefinido, que, 



EL CAMINO DE ±»AROS 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



extraña a toda filosofía histórica anterior al siglo XVIII, 
halló su fórmula primera en Condorcet y ha atravesado 
triunfalmente todas las transformaciones de ideas de la 
última centuria, siendo hoy mismo como una fesustitutiva 
de las creencias religiosas en el espíritu de las muche- 
dumbres y en gran parte de los que se levantan sobre 
éstas. Más o menos entremezclada de ilusión y de can- 
dor, no puede desconocerse lo que esa idea encierra en sí 
de estímulo eficaz para las humanas energías 3? de inspi- 
ración poética y ensoñadora con que alentar los vuelos de 
la imaginación, eterna amiga de las treguas del trabajo y 
del combate. 

Dejando de lado la evaluación de la parte de verdad 
que contenga esa tesis optimista, y encarándola sólo en 
cuanto a su trascendencia activa y práctica, es fácil com- 
prender que el vicio a que naturalmente tiende, en medio 
de sus muchas influencias benéficas, es el del injusto me- 
nosprecio de la tradición; el del desconocimiento vano y 
funesto de la continuidad solidaria de las generaciones 
humanas; el de la concepción del pasado y el presente 
como dos enemigos en perpetua guerra, en vez de consi- 
derarlos en la relación de padre a hijo o de dos obreros 
de sucesivos turnos, dentro de una misma interrumpida 
labor. 

Una idea manifiesta por entero lo que contiene de ex- 
clusivo y de falso desde el momento que se organiza en 
partido y se convierte en acción. Es así como en el ca- 
rácter y el desenvolvimiento de los partidos liberales y 
progresistas de Europa durante el siglo XIX; puede obser- 
varse bien aquella relativa falsedad implícita en la filoso- 
fía del progreso indefinido, falsedad que conduce, en 
último término, a la obra de escisión, artificial y violenta, 
de que da ejemplo el moderno jacobinismo francés. Pero 
en Europa el pasado es una fuerza real y poderosa, la 



EL CAMÍNO DE PAROS 



35 



tradición existe con pleno prestigio y plena autoridad. El 
desatentado impulso que pretende obrar sin ella, encuen- 
tra en ella misma la resistencia que lo equilibra 3? lo suje- 
ta a un ritmo. En cambio, en los pueblos jóvenes de Amé- 
rica, la tradición, enormemente inferior como extensión y 
como fuerza, apenas si lleva consigo un débil y precario 
elemento de conservación. 

No es sólo por su escaso arraigo en el tiempo por lo 
que la tradición carece de valor dinámico en nuestra 
América. Es también por el tránsito súbito que importó la 
obra de su emancipación, determinando un divorcio y 
oposición casi absolutos entre el espíritu de su pasado y 
las normas de su porvenir. Toda revolución humana signi- 
fica, por definición, un cambio violento, pero la violencia 
del cambio no arguye que el orden nuevo que con él se 
inicia no pueda estar virtualmente contenido en el anti- 
guo y reconocer dentro de éste los antecedentes que lo 
hagan fácil de arraigar manteniendo la unidad histórica 
de un pueblo. Revolucionario fué el origen de la indepen- 
dencia norteamericana, pero ella fundó un régimen de 
instituciones que era el natural y espontáneo complemen- 
to de la educación colonial, de las disposiciones y costum- 
bres recibidas en herencia. En la América española, la 
aspiración de libertad, concretándose en ideas y princi- 
pios de gobierno que importaban una brusca sustitución 
de todo lo habitual y asimilado, abrió un abismo entre la 
tradición y el ideal. La decadencia de la metrópoli, su 
apartamiento de la sociedad de los pueblos generadores 
de civilización, hizo que para satisfacer el anhelo de vivir 
en lo presente y orientarse en dirección al porvenir, hu- 
bieran de valerse sus emancipadas colonias de modelos 
casi exclusivamente extraños, así en lo intelectual como 
en lo político, en las costumbres como en las institucio- 
nes, en las ideas como en las formas de expresión. Esa 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



obra de asimilación violenta y angustiosa fué y continúa 
siendo aún, el problema, el magno problema de la organi- 
zación hispano-americana. De ella procede nuestro per- 
manente desasosiego, lo efímero y precario de nuestras 
fundaciones políticas, el superficial arraigo de nuestra 
cultura. 

¿Fué una fatalidad ineludible esa radical escisión entre 
las tradiciones de nuestro origen colonial y los principios 
de nuestro desenvolvimiento liberal y progresista? ¿No 
pudo evitarse esa escisión sino al precio de renunciar a 
incorporarse, con firme y decidido paso, al movimiento 
del mundo?... A mi entender, pudo y debió evitarse en 
gran parte, tendiendo a mantener todo lo que en la heren- 
cia del pasado no significara una fuerza indomable de 
reacción o de inercia, y procurando adaptar, hasta donde 
fuese posible, lo imitado a lo propio, la innovación a la 
costumbre. Acaso los resultados aparentes habrían reque- 
rido mayor concurso del tiempo; pero, sin duda, habrían 
ganado en solidez y en carácter de originalidad. Los ins- 
piradores y legisladores de la Revolución, repudiando en 
conjunto y sin examen la tradición de la metrópoli, olvi- 
daron que no se sustituyen repentinamente con leyes las 
disposiciones y los hábitos de la conciencia colectiva, y 
que, si por nuevas leyes puede tenderse a reformarlos, 
es a condición de contar con ellos como con una viva 
realidad. 

En las generaciones que siguieron a aquélla, una nue- 
va fuerza hostil al sentimiento de tradición se agregó a 
esa influencia del idealismo revolucionario. Me refiero a 
las corrientes de inmigración cosmopolita, incorporadas 
al núcleo nacional con empuje muy superior a la débil 
energía asimiladora de que el núcleo nacional era capaz. 
Si la tradición de la colonia pudo ser desconocida y re- 
chazada por los americanos de la Emancipación, porque 



EL CAMINO DE PAROS 



37 



en el fragor de la pelea, la imaginaban irreconciliable con 
su sentimiento de la patria, el transcurso del tiempo daba 
lugar a otra tradición, esencialmente vinculada a aquel 
sentimiento, por cuanto nacía de la idealización de los 
hechos y los hombres que representaban el heroico abo- 
lengo de la patria, al filtrarse en la memoria popular y 
adquirir la transfiguración de la leyenda. El pasado podía 
hablar ya con el prestigio de los recuerdos que colorean 
un blasón y enciende un orgullo colectivo. Por otra parte, 
aquella pintoresca y original semicivilización campesina 
que, desde los últimos tiempos de la colonia, animaba a 
las «cuchillas» y las pampas con el paso vagabundo del 
gaucho, mantuvo, por muchos años todavía, a las mismas 
puertas de las ciudades, un rico venero de color y de ca- 
rácter social, que despertaba en estos pueblos la concien- 
cia de una originalidad histórica. Pero el aluvión inmigra- 
torio, después de confinar al fondo del desierto ese vivo 
testimonio de una tradición nacional, concluyó por absor- 
berlo y desvirtuarlo del todo, al paso que, en los centros 
urbanos, diluyendo en la indefinida multitud cosmopolita 
el genuino núcleo nativo, tendía a debilitar cuanto fuese 
sentimiento de origen, piedad filial para las cosas del 
pasado, continuidad de caracteres y costumbres. 

Asistimos a ese naufragio de la tradición, y debe 
preocuparnos el interés social de que él no llegue a con- 
sumarse. El anhelo del porvenir, la simpatía por lo nuevo, 
una hospitalidad amplia y generosa, son naturales condi- 
ciones de nuestro desenvolvimiento, pero, si hemos de 
mantener alguna personalidad colectiva, necesitamos re- 
conocernos en el pasado y divisarlo constantemente por 
encima de nuestro suelto velamen. Para esa obra de con- 
servación, todos los momentos traen su oportunidad; to- 
das las actividades, aun las aparentemente más nimias, 
ofrecen ocasión capaz de ser aprovechada. Aparte de los 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



grandes estímulos de la historia propia, cultivada y enal- 
tecida como forma suprema del culto nacional; aparte del 
carácter de iniciación patriótica que debe tener, entre 
sus más altos fines, la enseñanza primaria, y de las ener- 
gías que en la imaginación y el sentimiento puede mover 
una literatura que se inspire, sin mezquinas limitaciones, 
en el amor de la «tierra», no hay manifestación de la acti- 
vidad común donde no sea posible tender a conservar o 
restaurar una costumbre que encierre cierto valor carac- 
terístico, cierta nota de originalidad, por insignificante 
que parezca. La norma debe ser no sustituir en ningún 
punto lo que constituya un rasgo tradicional e inveterado 
sino a condición de que sea claramente inadaptable a una 
ventaja, a un adelanto positivo. 

Desde el aspecto material de las ciudades, en aqué- 
llas que aún conservan cierta fisonomía peculiar o que 
pueden tender a recobrarla, sin dejar de magnificarse y 
embellecerse, hasta los usos y las formas de la vida so- 
cial, allí donde aún guardan cierto estilo, ciertos vesti- 
gios de una elegancia original y propia; desde el culto 
doméstico de los recuerdos, hasta la inmunidad de las 
originalidades populares en fiestas, faenas y deportes; 
desde el salón hasta la mesa, todo puede contribuir a la 
afirmación de una «manera» nacional, todo puede contri- 
buir a arrojar su nota de color sobre el lienzo gris de este 
cosmopolitismo que sube y se espesa en nuestro ambiente 
como una bruma. 

La persuasión que es necesario difundir, hasta conver- 
tirla en sentido común de nuestros pueblos, es que ni la 
riqueza, ni la intelectualidad, ni la cultura, ni la fuerza 
de las armas, pueden suplir en el sér de las naciones, 
como no suplen en el individuo, la ausencia de este valor 
irreductible y soberano: ser algo propio, tener un carác- 
ter personal. 



Cómo ha de ser un diario 



Mucho más que como una actividad aparte, en el 
conjunto de las actividades sociales, debe conce- 
birse la función del periodismo como un complemento de 
todas las funciones que interesan, material o moralmente, 
al organismo social. No hay ninguna que pueda prescindir 
de ese complemento sin amenguar su fuerza y eficacia. 
Jamás hubo en el mundo institución tan enteramente iden- 
tificada con el complejo desenvolvimiento de la sociedad 
como, en nuestra época, la institución de la prensa pe- 
riódica. 

No se trabaja, ni se combate, ni se estudia, ni se pasa 
la vida en ocio y solaz, sin tener algún necesario punto de 
contacto con la prensa. Esta universalidad de relaciones 
determina, desde luego, en el diario moderno, una infinita 
complejidad de carácter y estructura. Pero si hubiéramos 
de intentar una clasificación en los oficios propios del 
diarista, podríamos empezar por repartirlos en estos dos 
órdenes fundamentales: la información y el comentario. 1 

De ambas aplicaciones, la verdaderamente esencial e 
inseparable de la índole del diario moderno, es la primera. 
El comentario es, sin duda, cosa más alta y de superior 
dignidad jerárquica que la noticia, pero de ningún modo 
representa un interés social más positivo ni más trascen- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



pente que ésta. Por mucho que remontemos el concepto 
de utilidad, siempre quedará subsistente que la utilidad 
superior de la prensa diaria radica en ser un medio de in- 
formación, porque es en tal concepto cómo el diario des- 
empeña un cometido de comunicación y simpatía social 
para el que no tiene equivalente posible. El libro, el pan- 
fleto, la tribuna, pueden suplir, con más o menos opor- 
tunidad y eficacia, el comentario y la propaganda déla 
prensa. Lo que ninguna forma de publicidad puede suplir 
es la rápida y extensa difusión de los hechos que vincu- 
lan una porción grande o pequeña de interés general. 

No se rebaja, pues, la importancia de la prensa, ni se 
propende a adaptarla a un bastardeado utilitarismo, 
cuando se le señala como carácter principal la función 
informativa. Al paso que el medio social en que se des- 
envuelve aumenta en magnitud y en diversidad, el interés 
de esa función sube de punto, porque son más los órdenes 
de hechos que tienen repercusión en la vida colectiva y 
en la individual, y es mayor la dificultad de que se difun- 
dan de otra manera que por la transmisión escrita de la 
prensa. Huelga decir, por lo demás, que dentro de los lí- 
mites de la información periodística caben todas las for- 
mas de exposición que, levantándose sobre la desnuda 
referencia del hecho, dan a la crónica su amenidad y su 
interés y obtienen el relativo valor de arte que cabe en 
esta pequeña historia cuotidiana impresa en las páginas 
del diario. 



Pero si la información ha de tender necesariamente 
cada día a ser más solicitada y compleja, no me parece 
menos cierta la necesidad de excluirla o limitarla en algu- 
nas de las manifestaciones con que predomina en los ac- 
tuales usos de la prensa. Hay, desde luego, una compla- 



EL CAMINO DE PAROS 



41 



cencia informativa que no dudo en calificar de perniciosa 
y brutal, por lo mismo que satisface bajas preferencias 
del gusto público. Me refiero a la «delectación morosa» 
con que casi todo el periodismo de nuestro tiempo busca 
ei detalle, la exactitud fotográfica, e! pormenor realista, 
en la descripción de las escenas de criminalidad feroz; de 
los hechos donde aparece, en repugnante desnudez, la 
bestia humana. Aquí la utilidad de la información prolija 
es nula, y en cambio, la sugestión de crueldad y de torpe- 
za puede ser positiva en el lector vulgar, cuya propensión 
inculta se halaga. Hace tiempo que, aun en el terreno de 
la ficción literaria— donde el arte entra como elemento 
purificador— ha caído en descrédito aquella morbosa pre- 
dilección del falso realismo por los aspectos repulsivos y 
odiosos de nuestra naturaleza. El crimen, el vicio, la de- 
generación, deben interesar hasta donde pueden ser mo- 
tivos de enseñanza, de ejemplo negativo: jamás como 
alicientes de curiosidad malsana. 

Hay una aberración moral que, por prestarse a ser, 
más claramente que otra alguna, objeto de contagio 
psíquico, ha uniformado casi todas las opiniones en cuan- 
to al interés humano de eliminarla de los informes de la 
prensa. Me refiero al suicidio. Acéptase generalmente la 
conveniencia de una disposición legal que hiciese obliga- 
torio ese silencio. Por mi parte, preferiría una libre con- 
vención de periodistas que tendiese al mismo fin, y que 
acaso sería de resultados más seguros, si se considera que 
todo lo que es forzado e impuesto parece invitar de suyo 
a la contravención disimulada, en las formas de alusión y 
reticencia que escapan a las mallas de la ley. 

Otro género de publicaciones en que merecería ensa- 
yarse cierta restricción, ya que no una eliminación abso- 
luta, es la de las actas de lances personales, realizados o 
evitados. Probablemente, subsistirán en la sociedad estos 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



procedimientos de desagravio personal, mientras no pueda 
aspirarse a una conciencia social más justa y efectiva en 
sus sanciones morales, de modo que la reparación quede 
librada a ella. A lo único que cabe tender, por el momento, 
es a limitar el duelo a los casos de verdadera gravedad, 
irresolubles por medios de otro orden. Y entretanto, si 
bien la ley debe suprimir o modificar la sanción penal de 
un delito que no lo es dentro de las costumbres y ¡os sen- 
timientos que hoy prevalecen, también debe la prensa, 
por su parte, abstenerse de concurrir a fomentarlo, pro- 
vocando su difusión por los prestigios del ejemplo y los 
estímulos de la vanidad. 



Pero, aunque el diario es, ante todo, un órgano de in- 
formación, es también un comentador, un censor, un pro- 
pagandista, Como esos dos caracteres no se excluyen, 
sino que se complementan y en cierta medida son necesa- 
rios uno al otro, es difícil atenerse exclusivamente a la 
información sin producir un tipo de diario incompleto e 
ineficaz, en el que el público concluya por sentir la ausen- 
cia de una fuerza que anhela y necesita. Soy partidario, 
pues, del diario que define su opinión en todo cuanto 
importe un interés humano, nacional, gremial, o de cual- 
quier otro alcance colectivo, que sea propuesto al debate 
por hechos de oportunidad. Entiendo la «imparcialidad» de 
la prensa como el homenaje de respeto y de cultura de- 
bido a todas las opiniones sinceras y a todos los intereses 
legítimos; pero no admito que esa condición llegue a inhi- 
bir en lo más mínimo la franca y definida personalidad del 
diario. Esto no me impide reconocer que, tratándose del 
concepto militante de la política, no como movimiento de 
ideas desenvuelto alrededor de la vida administrativa y 



EL CAMINO DE PAROS 



45 



legislativa del país, sino como lucha de pasiones y de 
agrupaciones permanentes o accidentales, pueda haber 
diarios que, por su representación gremial y su tradición 
propia, prescindan de la política propiamente dicha, o se 
reserven para intervenir en ella a título de excepción jus- 
tificada por la solemnidad de los acontecimientos y por 
la autoridad inherente a su propia imparcialidad. 

Supuesto que el diario, en general, debe opinar, debe 
aspirar a ser una fuerza en el debate público, ¿cómo en- 
tenderá esa participación que le compete? ¿Ha de ser 
guía? ¿Ha de ser refiejo? ¿Se levantará por encima de las 
corrientes populares como el faro que las domine, o se 
contentará con ser un aparato registrador por el que se 
conozca un modo de sentir colectivo? No puede haber di- 
ferentes respuestas para esa pregunta, si se la considera 
desde el punto de vista de la responsabilidad y la dignidad 
social de la prensa. El diario debe tender a dirigir y no a 
ser dirigido, a ser mentor y no vocero; y aun cuando su 
opinión se identifique fundamentalmente con la de una 
colectividad popular, siempre debe proponerse ser, con 
relación a los sentimientos de ésta, como el filtro en que 
ellos se depuren de sus heces de error, de pasión y de 
injusticia. 

Sería equivocado deducir de ahí una absoluta prete- 
rición de lo que piensa y siente en cualquiera oportunidad 
la mayoría del pueblo. No sólo la impresión de la mayoría 
tiene siempre el interés de un hecho, sino que es imposi- 
ble negarle su justo valor, concretado a veces en intuicio- 
nes y aciertos superiores a los más autorizados dictáme- 
nes del criterio individual. Por eso, sin menoscabo de la 
independencia ni del pensamiento propio y definido del 
diario, debe prevalecer en él un amplio espíritu de hospi- 
talidad para acoger todas las opiniones abonadas por la 
forma de su presentación, ya que no por el nombre que 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



las autorice, aun cuando disientan de la opinión que el 
diario exponga como suya. 

He hablado hace un momento de diarios que tienen 
por carácter ser órganos de determinados gremios: verbi- 
gracia: el comercio, o las industrias rurales. Nada más 
justificable que esta consagración fundamental y prefe- 
rente a cierto orden de intereses sociales; pero a condi- 
ción de que se procure mantener en esas formas del dia- 
rismo, a pesar de su especialización, la complejidad de 
contenido y de interés que satisfaga la noción armónica y 
cabal de lo que ha de ser «un diario». Opino en ésto como 
en lo relativo a los especialismos de la educación. Nunca 
fui partidario de las mutilaciones de la enseñanza secun- 
daria, que tienden a separar de los estudios preparatorios 
del abogado, del ingeniero o del médico, aquellas materias 
que no ofrecen relación directa con el orden de estudios 
que ellos han de cultivar como consagración profesional. 
Por lo mismo que el abogado no ha de tener fácil oportu- 
nidad de volver a interesarse en las ciencias de la natu- 
raleza, ni el médico en los estudios literarios, importa 
que la enseñanza preparatoria les comunique aquella ini- 
ciación general necesaria en todo hombre de elevada 
cultura, para mantener su solidaridad de espíritu con los 
demás elementos dirigentes de la sociedad. El diario de 
gremio debe amoldarse a parecido criterio. Debe favore- 
cer el contacto de su particular especie de lectores, con 
las ideas, los sentimientos y los intereses que no se vincu- 
lan inmediatamente al orden de vida y de trabajo que 
ellos tienen por profesión. Junto a las secciones en que 
se especialicen la información y el comentario relativo a 
los intereses gremiales, han de tener cabida las que tras- 
mitan una noción general de las actividades y preocupa- 
ciones de otras esferas de la sociedad, a cuya idea de 
conjunto nadie puede permanecer absolutamente ajeno 



EL CAMINO DE PAROS 



45 



sin desmedro de su cultura y de su misma eficacia pro- 
fesional. 

Por otra parte, un diario no debe considerar limitada 
su jurisdicción a los temas de estricta actualidad ni de 
interés utilitario. Estos son, sin duda, los principales ob- 
jetivos, dentro de la naturaleza de la prensa diaria; pero 
la parte de material desinteresado, en que se concede su 
lugar a las letras, a la ciencia, al arte, a la amenidad o a 
la instrucción popular, representa un elemento preciosí- 
simo de los diarios modernos, porque contribuye al fin, 
que también les es propio, de «democratizar la cultura», 
haciendo llegar los reflejos de ella allí a donde rara vez 
logra penetrar el libro, y atrayendo la atención, de modo 
continuo e insinuante, hacia las cuestiones de interés pura- 
mente espiritual, que permanecerían en la clausura de la 
biblioteca o de la cátedra sin ese medio de hacerlas reso- 
nar al aire libre, junto a los varios ecos del movimiento 
cuotidiano. 

«El mal que aqueja a la República Argentina es la ex- 
tensión», dijo Sarmiento en el pórtico admirable del 
«Facundo». 

El mal que aqueja al periodismo moderno es la ex- 
tensión. 

El material proporcionado por e! desenvolvimiento, 
cada vez más activo y más complejo, de los grandes cen- 
tros urbanos; la comunicación internacional, más asidua 
y estrecha cada día, con el consiguiente acrecentamiento 
de interés por lo que ocurre en cualquier parte del mundo; 
las progresivas exigencias del público lector, a medida 
que sube el nivel medio de cultura y se hacen mayores 
las necesidades intelectuales de la mayoría; todo parece 
concurrir a aumentar indefinidamente la extensión y ca- 
pacidad de los diarios. 



46 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Pero como en este desarrollo material se ha llegado ya 
a lo excesivo y las crecientes imposiciones de que procede 
son imposibles de evitar, la fórmula de la futura evo- 
lución periodística no puede ser otra que la «concentra- 
ción»: mantener la substancia de los hechos y del comen- 
tario, con superior densidad, eliminando lo prolijo, lo 
vano, lo superfluo. Aquella spenceriana teoría del estilo, 
que se nos ensenaba en cátedra y que reduce el secreto 
de la buena forma literaria a la economía de atención, es 
ineficaz y falsa, de todo punto, cuando se trata de pene- 
trar en el carácter de la expresión verdaderamente artís- 
tica, pero define bien el ideal de la forma peculiar al 
diarismo, donde la economía de atención y de tiempo es 
finalidad naturalmente impuesta por un género de lectura 
que ha de hacerse entre las urgencias del trabajo cuoti- 
diano y con clara conciencia de la condición efímera de 
lo que se lee. 

Cada vez más identificada con la vida compleja de 
una sociedad, pero en forma necesariamente somera y 
cambiante, la prensa diaria ha de ser como la sombra del 
cuerpo social: verdadera y fiel como la sombra, y como 
la sombra leve y pasajera. 



El libro 



T í Aué inmensa y varia vida, qué inmensa y varia fuer- 
• za, en ese mundo de papel liviano, subido sobre 
el mundo real, como sobre el caballo el jinete! 

Hay el libro movedor de revoluciones; el libro con- 
ductor de multitudes; el debelador de tiranías; el evoca- 
dor y restaurador de cosas muertas; el que publica mise- 
rias ignoradas; el que constituye o resucita naciones; el 
que desentraña recónditos tesoros; el que avienta fantas- 
mas y melancolías; el que levanta sobre las aras dioses 
nuevos. Hay el libro que, hundido, como un gigante en 
sopor, bajo el polvo de los siglos, se alza un día a la luz, 
y con el golpe de su pie extremece al mundo. Hay el libro 
donde está presente el porvenir, la idea de lo que ha de 
trocarse en vida humana, en movimiento, en color, en 
piedra. Hay el libro que se transforma a la par de las 
generaciones, inmortalmente eficaz, mas nunca igual a sí 
mismo; el libro de que se puede preguntar: «¿Qué sentirán, 
leyéndolo, los hombres de los tiempos futuros?», como se 
puede decir: «¿Qué sentirán, aun no sentido por nosotros, 
ante una puesta de sol, o ante la sublimidad del mar y la 
montaña?» Hay el libro cuyo nombre permanece, signifi- 
cativo y arrebatador, como una bandera que ondea en las 
alturas, cuando ya pocos leen en él otra cosa que el 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



nombre. Hay el que salva a un pueblo del olvido, o de ver 
rota su unidad en el tiempo, o de que le sea quitada su 
libertad; y el que multiplica, en la red del miserable, los 
peces; y el que apacienta los dulces sueños, gratos al 
alma del trabajador y a la del príncipe: los sueños: suave, 
balsámico elemento, del que necesita también el orden 
del mundo. 

Pero aun hay otro género de libros, por el cual lo que 
ese frágil y maravilloso objeto tiene de instrumento de 
acción, de energía manifiesta en lo real, obra en más hon- 
dos talleres de la vida; y es el libro modelador de carac- 
teres, artífice de la voluntad, propagador de cierto tipo 
de hombres; aquel que toma, como un montón de cera, 
una o varias generaciones humanas, y con fuerza plas- 
mante las maneja, entregándolas a las vías del mundo 
marcadas de su sello invisible y perdurable. 

* 

* * 



» • 
Grande instrumento de reforma interior es el libro: 
pero no principalmente por su eficacia intelectual y el 
poder de convicciones que atesore, sino por su intensidad 
en el sentimiento y en la imagen, no principalmente por lo 
que argumenta sino por lo que conmueve; no principal- 
mente por su luz, sino por su calor y su vida, y por lo que 
hay en él de voluntad subyugante y de la hechicería del 
corazón; no principalmente por la fuerza propia de la 
idea, sino por la virtud que la idea, pintada y animada, 
adquiere para tocar los resortes con que se despierta la 
emoción y se provoca el movimiento. 

Acaso nunca hubo libro de abstracto* y frío filósofo 
que, sin interposición de otros libros, hiciera modificarse 
un alma humana; pero la doctrina se convierte en fervor 
y redención, o en vértigo y locura, cuando el artista la 



EL CAMINO DE PAROS 



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suelta a los vientos de la vida; y artista llamo aquí a todo 
el que, con sus escritos, su prédica o su ejemplo, viste 
de hermosura y claridad una idea. 

Una doctrina nueva es como el verbo de un Dios, que, 
para revelarnos su ley, precisa tomar cuerpo en carne 
humana, y andar, vivo y tangible, entre nosotros, y 
hablarnos con parábolas, y hacernos llorar con su pasión. 
Esto es el libro del artista, cuando junta un designio 
ideal a su belleza: la vida y la pasión de una idea encar- 
nada para revelársenos. 

No hay concepto intelectual que por si sólo nos mue- 
va a la práctica y la acción ni que, sin el auxilio de la 
imagen, nos enamore. Cuando el místico siente necesidad 
de defender la idea de lo infinito y eterno, objeto de su 
amor, de la competencia de los bienes terrenos, reales y 
sensibles, ha menester prestar a aquel supremo, indeter- 
minado bien, una forma imaginaria, un divino cuerpo, que 
humille y oscurezca la belleza de las cosas del mundo. 
Tal es la visión del extático; y el arte la reproduce, para 
cada idea, en cada uno de nosotros, encendiéndonos en 
la fe y el amor de un pensamiento que arranca de la obs- 
curidad de la abstracción y levanta sobre el altar donde 
se le ofrenda la oración y el sacrificio. 



KL CAMINO DE PAROS 



La aldea y la ciudad 



pL estudiante de provincia que suena con ir a docto- 
1 ^ rarse en la metrópoli, el mozo de pueblo que nunca 
se apartó de la sombra de su campanario y anhela cono- 
cer el mundo, suelen forjarse de la ciudad, objeto de sus 
sueños, una idea alambicada, sublime y muy superior a 
toda realidad. Con el fácil optimismo de la inocencia, 
ellos se figuran la ciudad como la realización de un orden 
perfecto, donde todo está nivelado por lo alto: donde 
todas las casas son limpias, cómodas y hermosas; todas 
las mujeres, espirituales y elegantes; discretas y delica- 
das todas las conversaciones; todos los objetos, de gusto: 
donde el mérito corre siempre parejas con la fama, y la 
misma maldad y el mismo vicio se presentan constante- 
mente en formas interesantes y novelescas. 

Obra en estos mirajes la natural exorbitancia de la 
imaginación candorosa y aguijoneada por los prestigios 
de lo desconocido; pero obra además la tendencia, no 
menos terca y congenial a la naturaleza del hombre, de 
no conformarse con las imperfecciones de la realidad que 
lo rodea y de mantener, mientras la experiencia no le 
fuerza definitivamente al desengaño, la esperanza en una 
esfera de realidad donde lo ideal y soñado sea posible, 
Cuanto de feo, de ruin y de mezquino, ya material, ya mo- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



raímente, halla el lugareño o provinciano de nuestro ejem- 
plo en su lugar o provincia, lo atribuye a la inferioridad 
de este menguado marco dentro del cual vive, lo conside- 
ra propio exclusivo de él, y no duda, ni por un momento, 
de que los escenarios grandes y encumbrados del mundo 
se hallen inmunes de tales sombras e imperfecciones. 
Claro está que no se equivoca en muchas de esas dife- 
rencias que anticipa entre la aldea que conoce y la ciu- 
dad que ignora; pero no es menos seguro que se engaña 
en otras muchas y que la presencia de la soñada realidad 
le obliga luego a rectificar gran parte de sus Cándidas 
imaginaciones, y a reconciliarse quizá con el recuerdo de 
su terruño, convenciéndole de que las ciudades son aldeas 
en grande, de que los cortesanos son lugareños bien ves- 
tidos, y de que no pocas de las ruindades, de apariencia y 
esencia, que le causaban enojo en el lugar donde nació, 
no eran, como suponía, desventajas de la vida del lugar, 
sino defectos y limitaciones inherentes a la naturaleza 
humana y a la condición de las cosas terrenas, aunque er\ 
la aldea se manifiesten en forma frecuentemente más 
grosera, desapacible o incómoda, que en los centros de 
la civilización. 

En el juicio que los americanos formamos de nosotros 
mismos, de nuestra inferioridad y nuestro atraso, y de 
las excelencias de las sociedades lejanas que nos sirven 
de modelo, ¿no intervendrá con harta frecuencia el géne- 
ro de ilusión a que me he referido?... ¿No intervendrá un 
poco del engaño del mozo de pueblo que imagina la ciu- 
dad como la realización de un orden perfecto y atribuye 
a miserias de su lugar muchas de las pequeñeces y feal- 
dades que son de la esencia de las cosas y de los hom- 
bres?... 



La grandeza de Artigas 



LA peregrinación anual al Hervidero, que familiariza 
con un campo sagrado en el recuerdo de la patria el 
espíritu de las generaciones orientales, se perpetuará 
como un rito inalterable de nuestro culto cívico. La tra- 
dición histórica no tiene en tierra nacional santuario más 
venerando que esa solitaria meseta. 

Hay que ir a erguirse sobre su cúspide para abrir el 
pecho a la cruda pureza de las ráfagas de pasión patrió- 
tica que el ambiente de las ciudades refrena y amortigua. 
Hay que mirar desde su altura para dominar toda la 
amplitud del horizonte que abarca, en la historia del Río 
de la Plata, la fuerza de expansión y propaganda de 
nuestro credo revolucionario de 1815, la fórmula profé- 
tica integral de los destinos de la América libre. 

Montevideo es la cuna de la patria, en cuanto esto 
significa un primer núcleo de sociabilidad y civilización, 
con los elementos esenciales que preceden a la Indepen- 
dencia y que persisten y deben persistir a través de todas 
las transformaciones. Montevideo es, además, el origen 
de un espíritu local con aspiraciones a la autonomía eco- 
nómica y política, que obró acaso como el principio más 
activo en la formación de un espíritu de nacionalidad. 
Pero si por cuna de la patria entendemos, no el con- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



junto de esos antecedentes primeros, sino la revelación 
entera, franca y eficaz del sentimiento que llamamos pro- 
piamente patriótico, y de la idea que lo determina y hace 
consciente, entonces no está la cuna de la patria en Mon- 
tevideo, ultimo reducto del poder español y fácil presea 
de la conquista lusitana. La cuna de la patria está dis- 
persa en la extensión de esas cuchillas casi desiertas 
donde las «montoneras» heroicas espaciaron su instinto 
de libertad y su indómita soberbia, fermentos generadores 
de una independencia y de una democracia; la cuna de la 
patria está en el terrón del rancho humilde donde tuvo su 
precario asiento aquella sociabilidad semi-nómada que 
se personifica en el tipo legendario del gaucho; la cuna 
de la patria está en el seno de la virgen y bravia natura- 
leza, y abarca tanto espacio como las fronteras de la 
patria misma. Pero si en alguna parte se radica y con- 
creta es en ese original e interesantísimo esbozo de capi- 
tal independiente que se asentó sobre la mesa del Hervi- 
dero y donde Artigas bosquejó, con tosca energía, la 
imagen de la organización civil que llevaba en la mente 
junto a las inspiraciones de su acción heroica. 

La sociedad europea de Montevideo y la sociedad 
semi-bárbara de sus campañas, dándose recíprocamente 
complemento, fueron mitades por igual necesarias, en la 
unidad de la patria que se transmitía al porvenir. Y el 
lazo viviente que las juntó dentro de un carácter único 
es la persona de Artigas, hombre de ciudad por el origen 
y por la educación primera; hombre de campo por adapta- 
ción posterior y por el amor entrañable y la comprensión 
profunda del rudo ambiente campesino. Son este amor y 
esta comprensión los que definen la original grandeza de 
Artigas, el secreto de su eficacia personal, la clave de 
su significación histórica. Haber profesado con inque- 
brantable fe, cuando todos dudaban, los principios de la 



EL CAMINO DE PAROS 



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independencia, la federación y la república, bastaría para 
revelar corazón entero y mente iluminada, pero no basta- 
ría para determinar la superioridad de hombre de acción. 
Lo que determina esa superioridad es la intuición y la 
audacia en la elección de los medios: es el mirar de 
águila por el que comprendió que los elementos necesarios 
para imponer aquel programa en los destinos de la Revo- 
lución, estaban sólo en el seno deesas muchedumbres de 
los campos, a cuyo frente se puso, afrontando las pre- 
ocupaciones y los egoísmos de su tiempo. Allí, en el 
ambiente agreste, donde el sentir común de los hombres 
de ciudad sólo veía barbarie, disolución social, energía 
rebelde a cualquier propósito constructivo, vió el gran 
caudillo, y sólo él, la virtualidad de una democracia en 
formación, cuyos instintos y propensiones nativas podían 
encauzarse, como fuerzas orgánicas, dentro de la obra 
de fundación social y política que había de cumplirse para 
el porvenir de estos pueblos. Por eso es grande Artigas, 
y por eso fué execrado como movedor y agente de bar- 
barie, con odios cuyo eco no se ha extinguido del todo en 
la posteridad. Trabajó en el barro de América, como allá 
en el norte Bolívar; y las salpicaduras de ese limo sagrado 
sellan su frente con un atributo más glorioso que el clá- 
sico laurel de las victorias. 



En un álbum 



Pecir las cosas bien, tener en la pluma el don exqui- 
sito de la gracia, y en el pensamiento la inmaculada 
linfa de luz donde se bañan las ideas para aparecer her- 
mosas, ¿no es una forma de ser bueno?... La caridad y el 
amor, ¿no pueden manifestarse también concediendo a 
las almas el beneficio de una hora de abandono en almo- 
hadón mullido con palabras bellas, la caricia de una frase 
armoniosa, el casto beso de un pensamiento cincelado, el 
roce tibio y suave de una imagen que toque con su ala de 
seda nuestro espíritu?... 

La ternura para el alma del niño está, tanto como en 
el calor del regazo, en la voz que le dice cuentos de 
hadas, sin los cuales habrá algo dé incurablemente yermo 
en el alma que se forme sin haberlos oído. Pulgarcito es 
un mensajero de San Vicente de Paúl. Barba-Azul ha 
hecho a los chicos más beneficios que Pestalozzi. La ter- 
nura para nosotros, —que sólo cuando nos hemos hecho 
despreciables dejamos absolutamente de parecemos a los 
niños— , está también en que se arrulle con hermosas 
palabras. Como el misionero y el filántropo, el estilista 
hace también una obra de misericordia. Sabios: ense- 
ñadnos con gracia. Sacerdotes: retratad a Dios con un 
pincel amable y hermoso y a la virtud en palabras llenas 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de armonías. Si nos concedéis en forma fea y desapacible 
la verdad, eso equivale a conceder el pan con malos 
modos. De lo que creéis verdad, ¡oh investigadores!, ¡qué 
pocas veces podéis estar absolutamente seguros! Pero de 
la belleza y el encanto con que lo hayáis expresado, estad 
seguros que siempre vivirán. 

Hablad con ritmo; cuidad de poner la unción de la 
imagen sobre la idea; respetad la gracia de la forma, 
¡oh pensadores, sabios, sacerdotes! y creed que aquellos 
que os digan que la Verdad debe representarse bajo apa- 
riencias adustas y severas, son amigos traidores de la 
Verdad. 



Bélgica 



Pe los tres claros nombres de nación que han hecho 
resonar, en signos de armonía, las músicas marcia- 
les que acabáis de oir, permitidme que destaque, para 
que aparezca el primero en la expresión verbal de nuestra 
ofrenda, el menos vinculado a fuerza material y a des- 
lumbrante gloria: el nombre de Bélgica. Quien fué el pri- 
mero en la resistencia sobrehumana, quien lo es en la 
magnitud del sacrificio, séalo también para la simpatía 
que busca mitigar el dolor. Y porque en el corazón de 
Francia la generosidad es la naturaleza misma, y porque 
la libre Inglaterra tuvo siempre el tono y el sentido de 
una caballeresca dignidad, me parece que de ellas parte 
espontáneamente el noble ademán que nos invita a con- 
ceder la prelación en el recuerdo, como tendrá la predilec- 
ción en la historia, al pueblo incomparable que las ha 
escudado con su pecho y que ha de ser, de hoy en más, 
entre ellas, prenda inmortal de fraternidad y de alianza. 

Bélgica era, en las representaciones habituales de 
nuestra imaginación, el taller doméstico, todo paz y vir- 
tudes, que disfrutaba su áurea medianía en seguridad 
inviolable. Bélgica es ahora el altar humeante y san- 
griento del valor sublime. De ese sosegado fondo de 
granjas y dehesas, donde renace, magnificada, la Arcadia 
pastoril; de fábricas que ennegrecen la niebla y barcos 
que cortan los ríos indolentes; de primorosos jardines y 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



casas pulquérrimas, y en suma, de trabajo apacible, que 
a algunos puede parecer opaco y sin vuelo, se ha adelan- 
tado de súbito la máscara trágica de las Ilíones y las 
Zaragozas. ¡Transfiguración extraordinaria, que recuerda 
cuando del plácido heno amontonado y oliente a la bondad 
de la tierra, se levanta y difunde la llama del incendio, 
con el irrefrenable impulso del rayo! [Reveladora ense- 
ñanza para los que imaginan que la energía de ía*guerra 
ha menester cultivarse por sí misma y en el ejercicio de 
su propia obra de destrucción y muerte, en vez de brotar, 
a su hora, de aquella fundamental y armónica energía 
que, templando los resortes del carácter social, forma la 
voluntad para las artes pacíficas e inspira los ejemplos 
del valor civil! 

Difícil es encontrar en la memoria el parangón a la 
grandeza de esta Bélgica que ahora conocemos. Todo 
cuanto puede contribuir a enaltecer la acción humana, 
por los sentimientos que la animen y el término a que se 
dirija; todo cuanto puede tender a embellecerla y glori- 
ficarla por la heroica fiereza como se manifieste, todo se 
congrega en Bélgica y realza esta inenarrable tragedia 
de su historia. En los mayores portentos del pasado, en 
los más clásicos y nobles, falta esa armonía y perfección 
de estatua guerrera. Cuando no hay lugar para la duda en 
la justicia de la idea por que se combate, ni se percibe 
desigualdad en el denuedo, ni sombras de iniquidad y 
alevosía empanan el esfuerzo fundamentalmente generoso, 
queda a la crítica tomar por blanco la calidad del pueblo 
combatiente: la turbulencia de sus inclinaciones, la rudeza 
de sus costumbres, su inferior condición respecto del 
extranjero que le oprime o del invasor que le amenaza. 
Aquí, ni una mácula, ni un pretexto, ni una diferencia 
siquiera en valores de civilización. Nada falta a la gloria 
de Bélgica; nada puede restarse a la soberana razón que 



EL CAMINO DE PAROS 



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de ella irradia. Es éste el más ejemplar conjunto de hom- 
bres, defendiendo el más sagrado de los derechos con el 
más alto y constante de los heroísmos. 

Pero, después de todo, ¿por qué hemos de asombrar- 
nos de esta marcialidad indomable, ni considerarla allí 
nueva? Y ¿por qué se imaginaría el invasor que ese llano 
suelo de Flandes había de encorvarse a su paso, como el 
lomo del caballo que conoce a su dueño?... Para desenga- 
ñarle habría bastado que compareciese en su imaginación 
el. simulacro heroico de aquella Flandes, erizada de 
hogueras y patíbulos, en que se resolvió, para la libertad, 
el porvenir de Europa, frente al otro soberbio imperia- 
lismo de Felipe II. Bruselas, Amberes, Lovaina, Mons, 
Gante, Malinas, no fueron siempre, por cierto, nombres 
de paz Esas ciudades de mercaderes y artesanos, ya en- 
durecidas, desde su nacer, en la diaria defensa contra 
las águilas feudales, se iluminan de sangrienta luz en la 
guerra por la protesta religiosa y la autonomía política. 
Si la resistencia extinguióse en ellas, para concentrarse 
en la emancipada Holanda, fué sólo cuando el cadalso y la 
emigración las dejaron en soledad que convirtió en agres- 
tes pastizales sus calles populosas, Todas esas ciudades 
aprendieron, hace tres siglos, la ciencia de sufrimiento y 
energía en que hoy ilustran al mundo; todas ellas cono- 
cieron, sin envilecerse, el brutal ultraje del saqueo, la 
humillante tortura de la exacción, el trágico espanto de 
las matanzas. Amberes caída pensará que vuelven sobre 
ella los días de horror en que los tercios de Alejandro 
Farnesio ciñéronle, en cruento delirio, palma de elec- 
ción entre ciudades mártires. Y en la Bruselas que custo- 
dian, desde el bronce, las sombras de Egmont y de Horn, 
el paso de las patrullas imperiales ha de despertar, en 
cada ángulo de piedra, los ecos del glorioso grito rebelde, 
de aquel «¡Vivan los «gueux»!» que allí resonó por vez pri- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



mera y fué la consigna de las muchedumbres insurrectas 
que, ostentando como blasón de democracia las aparien- 
cias de la mendicidad: el sayal ceniciento y la escudilla 
de palo, dieron al estupendo siglo XVI una de sus páginas 
más bellas, y uno de sus triunfos mejores a la historia de 
la libertad humana. 

No importa que el nuevo opresor domine, desde Lieja, 
hasta Ostende, las ciudades flamencas, y busque radicar, 
entre sus despojos, signos permanentes de ocupación y 
de conquista. Más duraderas prendas de triunfo alcanzó 
el Duque de Alba, que, en la plaza de Amberes, pudo 
contemplar la estatua de bronce que le representaba 
hollando el pecho de los flamencos vencidos. Y estos ven- 
cidos de estatua se reincorporaron. Y ahora, alzándose 
del barro sangriento de sus campiñas desoladas, de los 
escombros de sus ciudades rotas, donde lo tínico verda- 
deramente irreparable serán las profanadas maravillas del 
tiempo, volverá Bélgica a su ser, radiante de esperanza, 
con esos niños que están conociendo en la inocencia la 
virilidad del infortunio; acrisolada en su persona de nación 
por la solidaridad suprema del dolor compartido e incul- 
pable. Volverá Bélgica a su ser. El sentimiento humano 
rechaza, en cuanto a esto, hasta la sombra de una duda; 
y si la duda cupiese, y semejante pueblo pudiera, en 
edad como la nuestra, ser testado del mundo por la pri- 
mitiva razón de la conquista, no habrá conciencia de 
hombre libre que no prefiera, una y mil veces, el cata- 
clismo anárquico que hiciese saltar en astillas los funda- 
mentos de esta civilización, antes que la persistencia de 
un orden de naciones en que fueran posibles tamaña 
iniquidad y tamaña vergüenza! 

Entretanto, no es necesario esperar a la reparación 
ineluctable, para que la gloria de la nueva Bélgica quede 
consagrada y perenne en la conciencia universal. Más alto 



EL CAMINO DE PAROS 



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que la Esparta de Leónidas, porque el valor que aquí res- 
plandece no es la facultad exclusiva, sombría e infecunda, 
que se cultivó artificiosamente en aquel monasterio de 
soldados; más alto que la Polonia de Kosciusko, porque 
el delirio febril de la anarquía no ha preparado la obra al 
hierro del conquistador; más alto que el México de Juárez, 
porque no ha habido manos propias que guiasen el caballo 
del extranjero; más alto todavía que la España alzada 
contra Napoleón, porque en las armas de estos invasores 
no se propaga el estímulo de libertad que atenúe la vio- 
lencia conculcadora del derecho. Bélgica la mártir, Bél- 
gica la heroica, Bélgica la inmaculada, perdurará en la 
mente de los hombres como el símbolo supremo del sacri- 
ficio varonil y del ánimo contendor de la fuerza. 

Asociándonos, de este lado del mar, a su infortunio 
3? a su agravio, nos parece estrechar su cabeza ensan- 
grentada en el regazo fraternal de esta América que iden- 
tifica su interés más caro con la universal inmunidad del 
derecho, y es la espectadora serena, pero no impasible, 
en la tragedia que domina el secular escenario de la 
humanidad. 

Cuando el eje ideal de la civilización vacilara; cuando 
la arrebatada demencia de la guerra obscureciese del 
todo, en las más nobles razas del mundo, el sentimiento 
de aquellas nociones superiores que han guiado, entre 
parciales eclipses, la ascendente marcha de los pueblos: 
bien, verdad, derecho, justicia, aún quedaría en la deso- 
lación de ese naufragio, el asilo de la conciencia ameri- 
cana. Cuidemos, dentro de cada uno de nosotros, nuestra 
parte en la reserva augusta que nos está confiada-, y desde 
la paz y la distancia que nos comunican cierta semejanza 
de posteridad, juremos a Bélgica la mártir, a Bélgica la 
heroica, a Bélgica la inmaculada, gloria y amor en el 
corazón de América! 



La literatura posterior 
a la guerra 



Se me pregunta si creo en el advenimiento de una 
«literatura de la guerra», de una literatura en que 
la guerra encuentre su expresión. Se me pide además 
que manifieste mi idea del sentido en que ha de pro- 
ducirse la evolución literaria después de los aconteci- 
mientos que parecen remover el eje del mundo. He de 
separar, ante todo, esta última inquisición. Concedo es- 
casa fe a los augurios en materia histórica, ya se trate de 
historia literaria o política. Téngolos por necesariamente 
falsos, a lo menos cuando se procede por vía de razona- 
miento y no de intuición inspirada, como el que goza del 
don de profecía. El razonamiento es incapaz de dominar, 
en su complexidad infinita, el génesis del hecho histó- 
rico, que escapa así a cualquiera anticipación que no sea 
la concedida al visionario. Todo hecho, todo eslabona- 
miento de hechos, son cosa esencialmente nueva y única, 
y la experiencia del pasado no puede cooperar a la pre- 
visión del porvenir en mucho mayor grado que el análisis 
de los sorteos puede dar luz sobre la bolilla que caerá 
mañana. Nadie como el gran Schopenhauer ha mostrado 
la radical vanidad de todo cálculo que se aplique al curso 



EL CAMINO DE PAROS 



66 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



desigual, errabundo, de la historia, de toda la ley que 
quiera imponerse en ella a título de inducción, y la son- 
risa helada del genial misántropo se ilumina en mi es- 
píritu siempre que veo renovarse el empeño de arrebatar 
con los medios de la lógica, el secreto del futuro. 

Pero es indudable que la dificultad puede ser menor 
cuando el propósito se limita a una previsión no afirma- 
tiva: no a definir aquello que ha de ser, sino simplemente 
a eliminar algo de lo que no ha de ser. 

Los que esperan, o temen, una literatura de penacho 
heroico, patriótica en el tono guerrero, narradora y 
soñadora de batallas, es probable que acierten en cuanto 
a la inmediata y transitoria repercusión que esta tremenda 
realidad que presenciamos tendrá en el despertar de la 
imaginación humana; pero es casi seguro que se equi- 
voquen, si entienden que eso puede ser el carácter dura- 
dero de la evolución literaria en que verdaderamente 
trascenderá la obra social y espiritual de la guerra. Asis- 
tiremos a una explosión estruendosa y fulgurante de 
lirismo marcial y de narraciones épicas, de pasión y 
orgullo de patria y de alardes de fuerza y poder; pero 
nada de ello brotará de las hondas entrañas de la con- 
ciencia social, donde se preparan aquellas direcciones 
ideales capaces de prevalecer por largo tiempo y de mar- 
car huella en el mundo. Será, por decirlo así, el «acto 
reflejo» con que la imaginación fascinada responderá a la 
primera impresión de la victoria. Pero el gran impulso de 
renovación literaria que infaliblemente ha de sobrevenir, 
llegará más bien como reacción que como desenvolvi- 
miento de esa fugaz literatura guerrera. 

En los albores del siglo pasado todo era guerra en el 
mundo, y milagros heroicos, e inauditos ejemplos de la 
transformadora fuerza de las armas, y las generaciones 
que abrían los ojos a la luz recogían de la viva realidad 



EL CAMINO DE PAROS 



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imágenes más portentosamente épicas que las que podían 
ofrecerles la ficción ni la historia. Una literatura caduca 
y exánime prolongaba ficticiamente sus moldes, mientras 
la atención humana se concentraba, toda entera, en 
aquella maravillosa realidad. Todo anunciaba que la trans- 
formación literaria había de ser tan vasta y profunda 
como la transformación social y política. Y del ambiente 
predispuesto por el glorioso cuarto de siglo de la Re- 
volución y de las guerras napoleónicas nació, realmente, 
una de las más radicales transformaciones literarias de 
que haya ejemplo en la historia de la humanidad; pero esa 
transformación fué el romanticismo, literatura nada 
heroica ni triunfal, más íntima que colectiva, más incli- 
nada al recogimiento melancólico que al estrépito de las 
batallas, aunque demasiado complexa para que pueda ne- 
gársele, sin relativa inexactitud, ninguna de las cuerdas de 
la lira. De aquellas generaciones infantiles, cuyo deslum- 
bramiento ante la gloria de las armas y ias pompas de la 
apoteosis imperial pintó tan animadamente Alfredo de 
Musset en las primeras páginas de la «Confesión de un 
hijo del siglo», salieron, pocos años más tarde, los nostál- 
gicos soñadores, los heridos del amor trágico, los ator- 
mentados del tedio y de la duda, para quienes el espec- 
táculo del mundo exterior era apenas un episodio 
subordinado al drama de la propia conciencia. En el 
temperamento épico de Víctor Hugo halló la leyenda 
napoleónica colores y armonías que la glorificasen, pero 
esta rama de lirismo rememorador de victorias queda con- 
fundida y dominada en la frondosidad del más espeso 
roble de poesía que hayan contemplado los siglos. 

La gloria de la guerra, como motivo de interés humano 
que trascienda en el arte, es cosa superficial, efímera, y 
para decirlo en una sola palabra, «infantil». Me refiero 
al arte de los tiempos de civilización madura y complexa. 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



El mismo sentimiento de grandeza nacional, de ostenta- 
ción, de imperio, de predominio y expansión de una raza 
encumbrada por la victoria, es escaso y precario como 
fondo de una literatura. Lo más frecuente es que apenas 
la voluntad heroica de un pueblo ha alcanzado para él la 
más alta cima de la fortuna y del poder, el pensamiento 
de ese pueblo, movido por el dejo amargo de toda aspira- 
ción satisfecha, tome el declive de pesimismo que lleva a 
considerar, por abajo de las glorias del mundo, la irre- 
parable miseria del destino humano. Son, por el contrario, 
las razas humilladas, los pueblos en secular esclavitud o 
abatimiento, pero que mantienen despierta la conciencia 
de su sér colectivo, los que encuentran fuentes de honda 
y persistente poesía en el sueño de gloria nacional, que 
entonces se levanta sobre ellos con la idealidad de la 
esperanza y la incontaminada belleza de todas las Tierras 
Prometidas. 

La relación entre el carácter social y el literario se 
establece a menudo en forma que lo que este último inter- 
pela es el anhelo, acaso inconsciente, del primero, de ser 
lo que no es, de adquirir lo que le falta, de romper los 
limites del hábito y las imposiciones del ambiente. La 
vida de la imaginación es el desquite de la vida real, Por 
la imaginación pacífica tenderán los pueblos a quitarse el 
sabor de la guerra. Pasa colectivamente como en lo que 
se refiere al carácter que cada autor infunde en sus es- 
critos: la parte de personalidad puesta en transpariencia 
por la obra no es siempre la misma que el hombre mani- 
fiesta en la sociedad y en la acción, sino, con mayor 
frecuencia otra más íntima, tal vez contradictoria con aqué- 
lla, y que busca el regazo de la fantasía para tregua y olvi- 
do de la realidad. Los poetas-soldados del Renacimiento 
componían églogas e idilios. Moliere y Moratín reían poco, 
y tenían poco de qué reir, en el escenario del mundo. 



EL CAMINO DE PAROS 



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La guerra traerá la renovación del ideal literario, 
pero no para expresarse a sí misma, por lo menos en son 
de gloria y de soberbia. La traerá porque la ¿profunda 
conmoción con que tenderá a modificar las formas socia- 
les, las instituciones políticas, las leyes de la sociedad 
internacional, es forzoso que repercuta en la vida del 
espíritu, provocando, con nuevos estados de conciencia, 
nuevos caracteres de expresión. La traerá porque nada 
de tal manera extraordinario, gigantesco y terrible, puede 
pasar en vano para la imaginación y la sensibilidad de los 
hombres; pero lo verdaderamente fecundo en la suges- 
tión de tanta grandeza, lo capaz de morder en el centro 
de los corazones, donde espera el genio dormido, no es- 
tará en el resplandor de las victorias ni en el ondear de 
las banderas, ni en la aureola de los héroes, sino más 
bien en la pavorosa herencia de culpa, de devastación y 
de miseria: en la austera majestad del dolor humano, 
levantándose por encima de las ficciones de la gloria y 
proponiendo, con doble imperio, al pensamiento angustia- 
do, los enigmas de nuestro destino, en los que toda 
poesía tiene su raíz. 



ANDANZAS 



Cielo y agua 



Tengo el sentimiento en el mar Esas afinidades ins- 
tintivas con las cosas de la naturaleza, esas miste- 
riosas simpatías que parecen recuerdos de una existencia 
elemental, no me hablan de mi fraternidad con la montana 
abrupta, ni la tendida pampa, ni otra de las duras formas 
de la tierra, sino de mi fraternidad con las inmensas y 
ondulantes aguas, con el errabundo ser de la ola. Abro el 
pecho y el alma a este ambiente marino; siento como si 
mi substancia espiritual se reconociese en su centro. 

Siempre me ha parecido propio de conciencias inmó- 
viles, de caracteres apegados a lo fijo y estático, la in- 
comprensión de la belleza del mar y de lo que hay en él 
de sugestión profunda. Aquí es el reino de la apariencia 
pasajera y cambiante; de la indefinida sucesión de líneas 
y de tonos; donde todo relieve y toda figura, apenas dibu- 
jados, se dan en sacrificio al movimiento innovador. La 
inquieta superficie bosqueja, hace miríadas de años, una 
forma que no llega a precisar jamás. Diríase la porfía in- 
domable del artista que se abraza al material rebelde, y 
poseído de una norma interior, cien veces recomienza su 
obra y otras cien veces la deshace. Diñase también la 
manera cómo en la conciencia verdaderamente viva y 
dinámica, hierven, pasan y se sustituyen las ideas, sin 
petrificarse nunca en inmutable convicción. 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Como maravilloso simulacro de las nubes, se levanta 
en el horizonte la bahía de Río Janeiro. No hay mejor 
espectáculo para quien llega iniciado por el mar en la 
visión de lo grande y majestuoso Si cabe fijar en una 
parte el pórtico de un mundo, este es el pórtico de Amé- 
rica, Esas sublimes líneas de montaña; esas lujuriantes 
guirnaldas de bosque, esas inmensas y armoniosas curvas 
de playa, sugieren la idea arquitectónica de un mundo 
que se abre, de un continente que compendia su infinitud 
y su carácter en un aspecto capaz de ser abarcado con 
los ojos. Por este arco triunfal debió penetrar a la Atlán- 
tida soñada, para consagrarla en la historia, el genio 
latino. Aquí, aquí y no en otra parte, debieron tocar las 
carabelas de la sublime aventura, y plantar el pendón 
primero y la primera cruz. 

Vuelvo a mi mar y mis olas. Dulce empleo del tiempo 
es verlas nacer, morir y renovarse, y en la dejadez de un 
semisueño sentir que la inmensidad invade nuestra alma, 
y como que la penetra de su espíritu, y no saber, al cabo, 
si el objeto de la contemplación está en lo infinito de las 
aguas o está en la profundidad del alma propia. Dulce es 
entonces asociar a cada ola un pensamiento, una me- 
moria, una ficción, y decirse: ésta, pujante y clamorosa, 
es la fe que me sostiene la aspiración que me lleva ade- 
lante; aquellas que blanquean allá lejos son los recuerdos 
de los que me quieren; esta otra, pequeñuela y exánime, 
que prueba a ser y no es, y se disipa en un leve brinco 
de espuma, es la promesa que dejé incumplida, el sueño 
mío que murió de niño, el anhelo que no he de realizar 
jamás... 

He aquí la rada de Bahía, anchurosa y bella. La 
ciudad, sin el soberbio marco de montañas de Santos y 
de Río, pero pintorescamente escalonada sobre su pie de 
ondas azules, evoca en mí la imagen de un Montevideo 



EL CAMINO DE PAROS 



75 



de los trópicos. Confirmo frente a sus paisajes una impre- 
sión del panorama fluminense: de todo cuanto este mara- 
villoso sol delinea y colora, son las palmeras gigantescas, 
ondeantes, el rasgo que cautiva mis ojos y queda inde- 
leble en mi fantasía. ¿Será sólo por la belleza esbelta y 
sobria de esa admirable columna natural? Es también, sin 
duda, porque a diferencia de otras formas hermosas, pero 
faltas de sentido histórico, de este mundo virgen, aquel 
árbol enciende en la imaginación su nimbo de embele- 
sante idealidad, su inmemorial prestigio de historia y de 
ieyenda. No hay plenitud de poesía sino allí donde se une 
a la obra de la naturaleza la vibración, el dejo del senti- 
miento humano. 

Mar y cielo otra vez. La sugestión de la onda ajusta 
mi soliloquio al tono lírico. Concluyo por ver el mar con 
los ojos de un griego de la Odisea; con el candor de la 
imaginación heroica, que le dió un alma y la encarnó en 
mil formas divinas. ¡Salve, titán cerúleo,— dice mi palabra 
interior,— viejo titán que arrullaste mis primeros sueños, 
cuando aspiraba a la gloria del nauta y el héroe de mi 
anhelo era el Simbad de las «Mil y una Noche»! Tú sólo 
eres libre, tú sólo eres fuerte. No hay lindes que te re- 
partan en patrias y heredades, ni voluntad que te sujete, 
ni huella que en tí dure. No hay inmundicia que sea capaz 
de macularte, porque todas las desvaneces en tu infinitud 
y las redimes con tu austera pureza. En tus antros 
ignotos velas los mundos de la leyenda y de la fábula; 
monstruos, tesoros y jardines azules que guardan para 
siempre la frescura de la creación. Tus amigos son el 
cielo y el viento; tienes del uno la profundidad misteriosa 
y del otro el desosiego implacable. La fuerza y la gracia 
están contigo: tuyo es el grito que difunde el espanto 
adentro de las costas, y tuyo el coro de las Oceánidas, 
que endulzó el dolor de Prometeo. Con tu salobre aliento 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



vuelves audaz e indómito el ánimo del hombre. A tu lado 
toda pasión se depura, toda meditación se ennoblece. 
¡Salve a tí, titán cerúleo, maestro de almas grandes, in- 
quieto como el pensamiento, amargo como la vida, sen- 
cillo como la verdad! 

Cae la tarde. Me inclino a contemplar desde la borda, 
ya los oros y púrpuras de la puesta de sol, ya los alabas- 
tros, los mármoles, los ónixes, que la estela del barco 
compone con la onda transparente. Balsámica emanación 
de paz y de misterio parece exhalarse de la soledad in- 
finita. Veo unas claras pupilas de niño fijarse con dulce 
estupor, en una estrella que aparece. Rumor de voces? 
apagados ecos de música, remedan la palpitación lejana 
del mundo. Una mano arroja al viento del mar un montón 
de papeles rotos, que la ráfaga dispersa en sus vuelos y, 
a manera de blancos alciones, se pierden en la inmensidad. 

A bordo del «Arnazón». Agosto de 1916. 



PORTUGAL 



Una entrevista con 
Bernardino Machado 



En el palacio de Belem, donde en tiempos de la mo- 
narquía se alojaba a los huéspedes reales y donde 
la república tiene establecido su Eliseo, visito al Presi- 
dente de Portugal. 

El sitio es retirado y de hermosas vistas. El palacio, 
mediana construcción del siglo XVII, está circuido por 
amenos jardines y custodiado de esa serenidad y ese silen- 
cio que, si son ambiente propicio para la musa del poeta, 
debe pensarse que lo sean también para la Egeria de los 
hombres políticos, como lo fueron para la de Numa. 

Don Bernardino Machado, el jefe actual de esta nación, 
es hombre de conspicuos antecedentes en el desenvolvi- 
miento de la propaganda republicana y en los primeros 
esfuerzos por la organización del nuevo régimen. Llegó a 
la vida política con su reputación de antiguo catedrático 
de la Universidad de Coimbra, la Salamanca de Portugal. 
Presidió el directorio republicano en los últimos tiempos 
de la monarquía; fué el ministro de Negocios extranjeros 
del gobierno revolucionario, y el primer embajador, en el 
Brasil, de la recién instituida república. Terminado en 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Agosto de 1915 el período presidencial del famoso histo- 
riador Teófilo Braga, fué elegido Machado para susti- 
tuirle. Su carácter ecuánime y conciliador ha contribuido 
grandemente, en sólo diez meses de gobierno, a despejar 
de tropiezos el camino de las nuevas instituciones. El ilus- 
tre estadista ha pasado los sesenta años; pero su palabra 
abundosa y vibrante y la dominadora vivacidad de sus 
ojcs manifiestan que la llama juvenil arde en su espíritu. 
Tiene, sobre sus condiciones eminentes de inteligencia y 
de carácter, el atributo sin el cual la autoridad carecerá 
siempre de uno de sus prestigios esenciales: la distinción 
personal. Grave sin afectación, llano sin vulgaridad, de 
una cortesía en que se reconoce al punto la tradición in- 
confundible de la raza, don Bernardino Machado es el 
caballero que gobierna. 

Tratándose de un americano que le visita, se complace 
en recordar que la Argentina, el Uruguay y el Brasil fue- 
ron las tres primeras naciones que se relacionaron, en 
Portugal, con el gobierno republicano. Esto me ofrece 
ocasión para asegurarle que si la revolución de 1910 fué 
recibida en América con vehementes simpatías, hay un 
hecho que aún nos parece más digno de admirarse que la 
implantación de la república, y es la consolidación de la 
república. 

—En efecto,— me dice,— el nuevo régimen puede con- 
siderarse, definitiva, absolutamente arraigado, en Por- 
tugal. La monarquía ha pasado a la condición de una idea 
histórica. Atravesamos, en los primeros tiempos de la 
revolución, el natural período de instabilidad: las fuerzas 
que el movimiento republicano contenía virtualmente ne- 
cesitaban diferenciarse, organizarse, ocupar cada una su 
lugar y asumir la función que le era propia. Esta evolu- 
ción se ha cumplido, y de ella ha resultado el orden. Tres 
grandes agrupaciones ocupan hoy el escenario político, 



EL CAMINO DE PAROS 



79 



de las cuales dos colaboran en la obra del gobierno: el 
partido evolucionista, que es como la derecha de la repú- 
blica, y el partido radical-democrático. 

Con pinceladas llenas de expresión pone ante mis ojos 
la imagen de los dos hombres más representativos de su 
ministerio: el jefe del evolucionismo, Antonio José de 
Almeida, espíritu arrebatado y ardiente como un relám- 
pago, en la hora de la lucha, pero dotado luego de un 
inmenso poder de simpatía, de una de esas fuerzas de 
atracción que obran independientemente de las ideas, 
porque vienen de lo hondo de la personalidad; y el cau- 
dillo radical Alfonso Costa, una inteligencia de diamante 
y una voluntad de acero. 

—Cada una de las colectividades que ellos representan, 
—agrega,— trae distinto concurso de elementos sociales 
a la obra común. El evolucionismo ha conquistado la 
cohesión de las fracciones desprendidas del antiguo régi- 
men y la simpatía de las masas rurales. El partido radical- 
democrático recibe, sobre todo, su fuerza de la pequeña 
burguesía. Es, en realidad, la pequeña burguesía la que 
hizo nuestra gran revolución. Tenía para ello mayores 
aptitudes que las altas clases, con sus tendencias natural- 
mente conservadoras, y que el pueblo, con su deficiente 
preparación para acoger de inmediato la idea revolucio- 
naria. Queda, dentro de la república, una tercera agrupa- 
ción, que no ha aceptado participar activamente en mi 
gobierno. Es el partido unionista. A pesar de su nombre, 
no ha querido contribuir a realizar la concentración repu- 
blicana. Y, sin embargo, yo desearía su cooperación. 
Sería esa la colectividad indicada para servir de núcleo 
de influencia política a los elementos del comercio y la 
banca; pero estos gremios, en vista de que el unionismo 
no ha llegado a ser partido gubernamental ni adquirido 
positiva eficacia, se inclinan a la izquierda radical-demo- 



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JOSÉ ENRIQUE BODÓ 



crética, que tiene a su frente un financista, como es 
Alfonso Costa. Cabe dudar, entretanto, de que a un par- 
tido de la índole del radical le venga bien, para sus fines 
propios, la vinculación con gremios tan propensos de 
suyo a contener o graduar todo impulso hacia adelante... 

Hablamos luego de la participación de Portugal en la 
guerra. Acababan de regresar de Londres y París dos de 
los ministros, los señores Alfonso Costa y Augusto Soa- 
res, y se atribuía a la misión que venían de desempeñar 
resultados de trascendencia en lo relativo a aquella par- 
ticipación. 

—El actual conflicto europeo,— me dice— , ha puesto a 
prueba la unidad y firmeza de nuestra conciencia na- 
cional. Siendo yo presidente del ministerio en 1914, 
cuando el estallido de la guerra, fui al Parlamento a de- 
clarar que la nación sería siempre fiel a sus compromisos 
internacionales, y tuve la satisfacción de ver partir, de 
las más opuestas fracciones de las Cámaras, muestras de 
caluroso asentimiento. No hemos descuidado, desde en- 
tonces, las actividades que tal decisión nos imponía. La 
reorganización de nuestro ejército es uno de los esfuer- 
zos de que puede enorgullecerse la república. Ya ha visto 
usted las manifestaciones de entusiasmo patriótico a que 
ha dado ocasión la reciente revista militar de Tancos. 
Según todas las probabilidades, se acerca la hora de 
nuestra cooperación en tierra europea, como la presta- 
mos ya en las colonias. Esta preparación cuesta a Portu- 
gal ingentes sacrificios económicos, a los que seguirán, 
sin duda, dolorosos sacrificios de sangre; pero el deber 
es sacrificio, y perseveraremos hasta el fin en nuestro 
deber de estar al lado de Inglaterra. 

Percíbese la entonación de afecto y de respeto con 
que pronuncia el nombre de esta nación. 

—La alianza inglesa,— continúa— , que es la tradición 



EL CAMINO DE PAROS 



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internacional lusitana y que responde a nuestros más 
vitales intereses, dada nuestra condición de pueblo colo- 
nizador, ha sido confirmada y robustecida, además, como 
necesario complemento de la política liberal de la re- 
pública. Nunca la monarquía favoreció, en la realidad de 
las cosas, esa alianza. El interés dinástico buscaba la 
amistad de la corona de Inglaterra; pero en las relacio- 
nes propiamente internacionales, de pueblo a pueblo, la 
inclinación reaccionaria de aquel régimen le hacía temer 
la influencia del liberalismo inglés y le llevaba, en cam- 
bio, al lado de Alemania. Nosotros hemos restablecido en 
toda su fuerza la alianza natural. Y ha cooperado eficaz- 
mente a ese restablecimiento la orientación internacional 
de la propia Inglaterra en estos últimos anos, con el am- 
plio sentido de solidaridad humana que ha sucedido, en su 
política exterior, a aquel «magnífico aislamiento» de 
Chamberlain. La evolución iniciada bajo Eduardo VII, me- 
diante el acercamiento a Francia, a Rusia, al Japón, da 
ahora sus grandes resultados. Ya no sería oportuno ha- 
blar, como característica nacional, del «egoísmo inglés». 
Inglaterra es hoy una potencia humanitaria. 

Apunto el tema de las relaciones entre los pueblos 
ibéricos; de las posibles trascendencias de una política 
que las estreche y ahonde. 

—El programa internacional de la república,-— dice a 
este respecto, —incluye la tendencia a una mayor vincula- 
ción con España. Las corrientes liberales que predo- 
minan, cada vez más resueltamente en la política española, 
favorecen en gran manera la realización de ese propósito. 
Estos dos pueblos linderos han vivido hasta ahora vueltos 
de espaldas. Ni se han conocido ni han experimentado 
interés en conocerse. Acaso en España se sabe menos 
aún de Portugal que en Portugal de España, y es bien 
poco lo que de ella sabemos. Así como la solidaridad 



EL CAMINO DE PAROS 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



internacional nos ha unido, sobre todo, a Inglaterra, el 
comercio de las ideas nos ha vinculado preferentemente a 
Francia. Diríase que cuando salíamos de Portugal para 
viajar por Europa, atravesábamos la parte de territorio es- 
pañol con los ojos cerrados, y los abríamos al dejar atrás 
los Pirineos. Esta incomunicación debe cesar. Necesitamos 
y queremos amistad con España; pero la amistad, la es- 
trecha vinculación intelectual y económica a que aspira- 
mos, no debe confundirse con vanos sueños de unidad po- 
lítica. La idea de una confederación peninsular es una 
quimera. No sólo por lo imposible de su realización, sino 
también porque importa un contrasentido histórico. Es- 
paña y Portugal tienen destinos diferentes, genio y voca- 
ción aparte. Nosotros constituímos una nación esencial- 
mente colonial y marítima. No ocupamos en el continente 
sino la estrecha faja de tierra necesaria para asentar el 
pie y para poder llamarnos una nacionalidad europea. 
Nuestra tradición, nuestro desenvolvimiento, están en la 
difusión de nuestro espíritu por la redondez del mundo. 
La obra de la civilización española es admirable, pero a 
diferencia de la nuestra, es ésa una civilización eminente- 
mente continental... 

(—¿Y la España de Colón, de Cortés, de Pizarro, de 
Quesada, de Valdivia?— pensaba yo, interrumpiendo men- 
talmente.) 

Luego agrega: 

—Es interesante observar cómo las afinidades interna- 
cionales que vincularon siempre a Portugal e Inglaterra 
trascienden a sus emancipadas colonias americanas: la 
política exterior del Brasil le acerca más a los Estados 
Unidos del Norte que a las repúblicas de origen español. 
Donde la unidad de los pueblos ibéricos puede perseguirse 
sin obstáculo es en la esfera de la comunicación espiri- 
tual. Yo desearía que se extendiese a las relaciones entre 



EL CAMINO DE PAROS 



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Portugal y España, y entre Portugal y la América es- 
pañola, una idea que, por lo que toca a la América 
lusitana, tenemos ya en vía de ejecución: los viajes de 
propaganda intelectual, el intercambio periódico de con- 
ferencias, a cargo de las más caracterizadas persona- 
lidades de cada nación y en las que se tenderá a fomentar 
el conocimiento recíproco de ambas. 

Recae de nuevo la conversación sobre política interna. 
¿Fué la república una escisión histórica, un absoluto 
apartamiento del pasado? 

—La obra de la república— declara— no significa la 
reacción contra las genuinas tradiciones nacionales: signi- 
fica, por el contrario, una enérgica reposición del verda- 
dero sentido de nuestra historia. El nuevo régimen nació 
déla revolución, pero este impulso violento fué el es- 
fuerzo instintivo de la conciencia nacional contra institu- 
ciones que, en realidad, la apartaban de su cauce. Nuestro 
espíritu histórico es de libertad: fácil es comprobar cómo 
siempre que la libertad ha amenguado la decadencia na- 
cional ha sobrevenido. 

Luego recojo de sus labios esta lección de la expe- 
riencia, que sería asunto de provechosa reflexión en 
nuestras democracias de allende el Atlántico: 

—El arte del gobierno consiste en saber valorizar a los 
partidos y los hombres: consiste en reconocer y hacer 
efectivo el valor de cada uno de ellos. Mezquina política 
será la que tienda a sacrificar, a anular, a esterilizar los 
partidos que no sean el propio. Toda fuerza de opinión 
organizada tiene su razón de ser y su función social, y es 
necesario que se la tome en cuenta. Lejos de propender a 
reducir las que existen, cuando se mira de lo alto todas 
ellas se nos figuran pocas con relación a la complejidad 
de la obra que ha de realizarse . 

Bien me parecen esas nobles palabras para dejar en 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



pie, tal como es, en la representación del lector, la per- 
sonalidad de este hombre de gobierno. Estrecho su mano 
con el respeto que fluye tanto más imperioso de los es- 
píritus que, como el mío, no conocieron nunca la corte- 
sanía ni la lisonja. Ha caído la tarde. El sol poniente dora, 
en la plaza de D. Fernando, la frente de bronce de Albur- 
querque. Me dispongo a admirar de nuevo las grandes 
cosas de Lisboa: la maravillosa arquitectura de los Jeró- 
nimos, los deliciosos jardines de Cintra... pero quiero an- 
tes enviar a Caras y Caretas mis impresiones de esta 
conversación, y por su intermedio agradecer al estadista 
ilustre su cordialísima acogida, que, en nombre de la 
América nuestra, retribuí con mis votos por el porvenir de 
la república, la felicidad de su administración y la gloria 
de su pueblo. 



Lisboa, 1916. 



6SPAÑA 



En Barcelona 



Pespués de rápido paso por la corte, y de un viaje en 
ferrocarril que me hace pensar, con envidia profé- 
tica, en los que burlarán a los calores del futuro viajando 
en aeroplano, llego una tórrida noche a Barcelona, la ilus- 
tre y hacendosa ciudad, raíz de mi sangre y objeto siempre 
para mí de estimación y simpatía, que acrecentaban mi 
deseo de verla. 

Cierto es que la ocasión es la menos propicia para 
conocer a fondo aquella parte del conjunto social donde 
están mis relaciones y mis semejanzas. Aquí, como en 
Madrid, el rigor del verano mantiene fuera de la ciudad 
a la mayor parte de la gente de letras. Encuentro, sin 
embargo, entre otros de los mejores, a Rafael Vehils, 
que, con cariñosa solicitud, se afana por hacer doble- 
mente interesantes y gratos los breves días que paso en 
Barcelona. Vehils prepara aquí, acompañado desde su 
cátedra de Oviedo por Rafael Altamira, una publicación 
de la mayor oportunidad e interés: una revista de estudios 
internacionales, donde, anticipándose a la solución del 
actual conflicto europeo, con las transformaciones que 
probablemente determinará y el nuevo orden que ha de 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



resultar de él, se tenderá a señalar un ideal de política 
exterior para España, una dirección consciente 3? siste- 
mática de sus relaciones con el resto del mundo, inclu- 
yendo como parte preferente de ellas las que se refieren 
a los pueblos hispanoamericanos. 

Mientras llega la hora de marchar orientado por tan 
selecto guía, quiero, confiándome al soplo de la casua- 
lidad, conocer callejeramente a Barcelona. Salgo, pues, 
a la calle, y recibo la impresión de haber pasado una 
frontera internacional. Viniendo de las tierras de la 
opuesta parte del Ebro, notáis, a la primera ojeada, que 
el ambiente es otro; que al deslinde geográfico corres- 
ponde, en la conciencia social, un cambio de clima. Falta 
la gracia singular de Madrid, y falta también lo que for- 
ma, en la villa y corte española, el reverso, un poco 
chocante, de esa gracia local. Hay carteles de toros; pero 
el torero, con sus innumerables variedades, complementos 
y adherencias, es aquí tipo inadaptado y fugaz, o tiene el 
buen gusto de quedarse en los alrededores de la plaza. 
El pueblo luce, en lo pintoresco y en lo anímico, su 
carácter propio. La barretina, «la milenaria barretina» 
de que habla Prat de la Riva en un libro célebre, salpica 
de rojo las ramblas y las calles. Ese color está en su 
medio. Rojo es aquí el tono de las almas, rojo el reflejo 
de la fragua espiritual. Sigo donde me indica el paso de 
la muchedumbre; pero, como veréis, no sin fruto prove- 
choso. He aquí que descubro mi apellido en la muestra de 
una casa de comercio, y por vez primera aprendo a pro- 
nunciarlo bien... Parece ser, según me explica concien- 
zuda y prolijamente mi homónimo, que, en buena prosodia 
de esta lengua, la primera o no suena como la clara y 
neta vocal castellana, sino de una manera que participa- 
ría de la o y de la //. Agradezco la revelación de mi 
homónimo, y pienso cuán cierto es que cada hora trae su 



EL CAMINO DE PAROS 



87 



enseñanza. Andando, andando, proveo mi cesta de obser- 
vador. El aire y la expresión de la gente que pasa son 
como de quien va al trabajo o piensa en él. El obrero 
marcha con la frente altiva. La belleza de las mujeres es 
del linaje que incluye plásticos himnos de vitalidad, pro- 
mesas gratas al genio de la especie. Un frente de casa 
acribillado de señales de bala, allá en el barrio del puerto, 
trae a mi memoria que ese género de granizo suele cuajar 
en este clima borrascoso. Allá también veo, bruscamente 
erguida sobre el mar, la adusta mole del Montjuich, 
con su famoso castillo, y comparece en mi recuerdo la 
imagen del infortunado y mediocre agitador a quien tan 
deplorable torpeza política dió universal aureola de már- 
tir y consagraciones que ya se han perpetuado, por ahí 
afuera, en bronce de estatua. Me dirijo a lugar más apa- 
cible. La «Rambla de las Flores», donde se las vende en 
graciosa feria matinal, me habla del delicado instinto del 
pueblo que da vida diariamente a ese comercio sin signi- 
ficación utilitaria. Paso ante dos o tres escaparates ates- 
tados de libros franceses, y se me ocurre relacionar con 
este dato de la calle la explicación de algunas de las 
características de esta cultura. Me siento ufano de crio- 
llismo cuando veo que la más universal creación sudame- 
ricana ha trascendido a un rótulo de la Rambla del Cen- 
tro: el Cabaret-Tango. 

Frente a la hermosa estatua de Colón, en la Plaza de 
la Paz, escucho ei razonar de un joven estudiante, que 
enseña la estatua a un forastero, y le dice: 

—Inmensa es la gloria de Colón, e indiscutible la belle- 
za de este monumento; pero nunca se presentará mejor 
ocasión de recordar el non erat hic locus de Horacio. 
Si hay un principio de oportunidad, una razón de con- 
gruencia histórica, que determine el lugar de los monu- 
mentos, Colón no debiera estar aquí. Su estatua quedaría 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



mejor en cualquier otra de las ciudades de España. Cierto 
es que aquí desembarcó, trayendo en la mano el orbe de 
oro que puso en las de Isabel 3? Fernando; pero, en la 
parte referente a nosotros, ¿representó esto un beneficio? 
El espléndido obsequio de Colón fué de gloria para la 
humanidad, de gloria y grandeza para España: para Cata- 
luña fué el triste presente de la decadencia. A Cataluña 
le hirió, si no en el corazón, en las visceras del vientre. 
Eramos arbitros del Mediterráneo; el Mediterráneo era 
la vía del intercambio universal. Compartíamos con las 
ciudades italianas, con Venecía, con QénoVa, el dominio 
de las rutas que llevaban fuera de Europa. Todo esto des- 
apareció desde que fué transportado al Atlántico el eje 
comercial del mundo; nos hundimos en la despoblación y 
la pobreza, y se necesitaron no menos de dos siglos para 
que iniciáramos nuestro renacimiento. ¿Tiene sentido 
histórico la estatua de Colón en una plaza de Barcelona? 
Queda sólo la consideración de que fué aquí donde tocó 
tierra de regreso e hizo a los reyes de Castilla entrega 
de su mundo. 

Al día siguiente, visitando el Archivo de la Corona de 
Aragón, que ocupa el viejo palacio de los condes de Bar- 
celona (y que es, por cierto, un dechado de organización, 
de orden y limpieza, donde hasta el más mínimo grano de 
polvo parece desterrado por el soplo de invisibles y ofi- 
ciosos gnomos) me refería el director, a propósito de 
Colón y su desembarco, una singularidad interesante. 
Me refería que, revisando una por una las crónicas del 
siglo XV que se custodian en ese rico depósito, y en 
muchas de las cuales están consignados con monacal 
prolijidad los hechos de cada día, no ha encontrado en 
ninguna de ellas la más insignificante alusión a la llegada 
del descubridor a Barcelona, Este silencio seria suficien- 
temente extraño para motivar cierta inquietud en cuan- 



EL CAMINO DE PAROS 



39 



to a la autenticidad de un hecho tenido hasta hoy por 
de tan inconcusa certidumbre, si no existiera, en concep- 
to de quien esto me decía, una posible, quizá probable, 
explicación: el designio puramente local de los cronistas 
catalanes se habría negado a considerar como aconteci- 
miento propio de los anales de su gente el arribo de un 
navegante genovés que venía de ganar nuevas tierras 
para la corona de Castilla. 

Continúo mis excursiones callejeras. Los barceloneses 
me hablan con orgullo del Ensanche, que es el barrio 
moderno; de sus majestuosas avenidas y sus frentes de 
mármol, y se afanan porque le conozca y admire. Nada 
más justificado que ese orgullo. Pero no sé si llego a 
hacerles comprender del todo que a un americano de la 
parte más nueva de América (y, añádase, por tempera- 
mento personal un poco nostálgico e idealizador de lo 
que queda atrás en el tiempo), debe interesarle mucho 
más que todo aquel alarde de espléndida modernidad, la 
Barcelona que han dejado los siglos; la de las calles es- 
trechas y tortuosas, por donde no pasan tranvías ni auto- 
móviles; la que evoca el recuerdo, ya del balcón del tro- 
vador, ya del sosiego del convento; la de la Casa 
Consistorial, y la Audiencia, y la «Sala de Contrata- 
ciones» de la Lonja; la de esa característica plazuela de 
la Catedral, que, con Rafael Vehils, recorrimos una tarde 
en que, a la verdad, me creí transportado por encanto a 
los días de Roger de Flor y de los condes en guerra con 
turcos y con moros. Dentro del admirable templo me 
transmitía Vehils una expresión que recogió de labios de 
Rodín, acompañando al gran escultor a visitar esa joya 
de vetusta piedra: «El incomunicable secreto del arte 
gótico consiste en saber modular la luz y la sombra». 

Soberbia y bella es ¿quién lo duda? la Barcelona mo- 
derna. Mirando de la altura del Vallvidriera o el Tibidabo, 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



donde solía ir por las tardes, domínase, en vasto pa- 
norama, la tendida metrópoli, y aparecen en conjunto la 
magnitud de su desenvolvimiento y la magnificencia de 
su edificación, en que profusas luces responden a la caída 
de las sombras, como un inmenso asalto de cocuyos. De 
las dos ciudades que pueden disputarle el principado del 
Mediterráneo y que he visto después: Marsella y Génova, 
la provenzal me pareció más populosa y activa; la ligur, 
de más típica originalidad; pero Barcelona es más pulcra, 
más primorosa, más «compuesta». Confieso, sin embargo, 
que lo que preferentemente ha cautivado mi atención en 
la moderna Barcelona, no es la arrogancia monumental, 
ni los esplendores de la calle, sino aquellas cosas, de mo- 
desta apariencia, que dan testimonio de la actividad espi- 
ritual de las generaciones vivas. 

Así, por ejemplo, el «Instituto de Estudios Catalanes». 
Guardo de mi visita a este centro de cultura la más grata 
y duradera impresión. Empiezo por admirar en él la co- 
piosa colección cervantina, la primera del mundo, rica de 
ediciones primitivas, de ejemplares tínicos o raros, y pri- 
mores de imprenta y encuademación, de esos que son 
golosina del bibliófilo. Renuevo, ante las láminas de las 
traducciones del «Quijote» una observación que ya tenía 
hecha: la curiosa transfiguración, o si queréis, los cambios 
de patria de la fisonomía del hidalgo inmortal, al recibir 
de cada interpretación del lápiz el tipo étnico del país a 
que el dibujante pertenece, de manera que véis sucesiva- 
mente el Quijote inglés, el francés, el italiano, el tudesco, 
y hasta el vascongado y el nipón, todo dentro de la unidad 
impuesta por el carácter esencial de la figura. Paso des- 
pués, a la Biblioteca, abierta al público. A pesar de un 
día como no los he experimentado en las costas brasileras, 
y de una sala muy mal defendida del calor, rebosa ésta 
de lectores: excelente indicio. Pero la parte más intere- 



EL CAMINO DE PAROS 



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sante de la institución es aquella en que se realiza, por 
medio de una sabia organización de estudios, obra intelec- 
tual relacionada siempre con los destinos y el interés de 
Cataluña. Este es un taller de trabajo sincero, sano, 
abnegado, que yo señalaría a la emulación de la juventud 
de nuestra América. A todo preside un sentimiento au- 
gusto: el sentimiento de la patria, de la patria natural, 
de la «patria chica», que en este pueblo, veo que es la 
que verdaderamente toca a lo íntimo del corazón. Un 
joven de la primera nobleza catalana, el marqués de 
Montolíu, trocando sus títulos heráldicos por los del es- 
fuerzo personal y fecundo, emplea aquí la vida en una 
meritísima labor de filólogo: acumula, pule, relaciona las 
piedras que un día servirán para eregir el gran léxico de 
su lengua. Estrecho con leal aprecio la mano de este 
fuerte trabajador, y tratándosele filología, me complazco 
en recordar con él la gloria de nuestro gran colombiano 
Rufino José Cuervo. 

En contigua división se prepara el mapa normal de las 
cuatro provincias catalanas. Luego, manos icuidadosas 
ordenan pergaminos y papeles con que la contribución de 
los particulares ha acrecentado este acervo de la cosecha 
común. Más allá, en la sección de arqueología, me mues- 
tran prehistóricos cacharros, algunos de los cuales (cu- 
rioso caso de conservación), tienen, según me dicen, la 
exacta calidad y figura de los que, después de tiempo 
infinito y sucesivas oleadas de pueblos, es uso fabricar 
todavía en los lugares donde se les ha exhumado. Acullá 
un médico joven se ocupa en el estudio de las fiebres palú- 
dicas que infestan ciertas partes de la región. Vasto, 
admirable taller, que es suficiente por sí solo para juzgar 
cuánto de inteligencia, de tenacidad y de entusiasmo 
atesora, bajo sus rudos aspectos, el alma de esta raza 
viril. 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Barcelona es fachadosa, ha dicho Unamuno. Mi obser- 
vación de pasajero no confirma la exactitud de ese jui- 
cio, en cuanto él puede tener de negativo para la soli- 
dez e intensidad de su cultura. Cierto es que estas gentes 
cuidan la fachada, y no me parece que hagan mal; pero, 
detrás de la fachada, veo yo, en la casa de los catalanes, 
el fondo: veo una artística sala, una copiosa biblioteca, un 
confortable comedor, unos frondosos y bien cultivados 
jardines. Veo, en suma, aquella entidad que es la raíz de 
todas las grandezas y el secreto de todos los triunfos: la 
energía. Y esta energía aparece lo mismo en la forma que 
se manifiesta por la voluntad, como en la que toma la pen- 
diente de la imaginación. Junto a un visible carácter 
positivo, calculador, utilitario (no olvidemos que es aquí, 
en Barcelona, donde fué vencido Don Quijote); junto al 
poderoso aliento de trabajo que lanza al cielo el humo de 
las fábricas de Sans, de Sabadell y de Tarrasa, vése per- 
sistir el instinto de arte que un día hizo de este pueblo el 
propagador, por el mundo, de un ideal de refinada y caba- 
lleresca poesía. Mustio está el rosal de los Juegos Flo- 
rales, y ya no da rosas sino en ambiente de invernáculo; 
pero la savia que antaño hizo florecer los «serventesios» 
y los «lays d'amor» se revela por lo que verdaderamente 
vive: por la espontánea vocación del genio popular, con 
sus famosos orfeones de obreros; por la producción inde- 
pendiente y noble de un grupo de artistas y escritores 
que, a la hora actual, hay que contar, sobre toda duda, 
entre los más fuertes de España. Y es la ocasión de seña- 
lar otro carácter de la fuerza, otra manifestación de la 
energía, que observáis tanto en las altas tendencias de la 
cultura como en la manera de arreglar un jardín o en el 
diseño de un farol del alumbrado: el anhelo de la origina- 
lidad, la aspiración a producir algo propio. 

No diré que esta aspiración no lleve con frecuencia a 



EL CAMINO DE PAROS 



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discutibles extremos. Unos con la sana intención de admi- 
raros, otra con la de desconcertaros y haceros participar 
de su protesta, os llevan a ver especímenes de novedad 
arquitectónica y decorativa, de ultra-modernismo plástico, 
como el Templo de la Sagrada Familia, en construcción; 
la casa que en una de las ramblas más céntricas ocupa el 
Consulado Argentino, y la sala de conciertos 'del «Orfeó 
Cátala». Todo ello equivale a la impresión de un choque 
violento para quien está educado en el gusto de la línea 
pura y se confirma cada día en el amor de la severa y 
divina sencillez; pero aún así, se impone en tales tenta- 
tivas un fondo interesante, si se las toma en su condición 
de una busca fuera de lo usado, de un olfateo que alguna 
vez puede ser leonino e indicar que la garra está tendida 
y que la presa de verdad anda cerca. 

Toda esa suma de energías que el ambiente pone ante 
los ojos se concentra y resuelve en una idea, en un sen- 
timiento inspirador: la idea de que Cataluña es la patria, 
la patria verdadera y gloriosa, y ei orgullo de pertene- 
ceré. Civis romanas sam/Y esto, que es el más íntimo 
fondo, trasciende y bulle en la superficie con un fervor 
de fuente termal. No hay quien, con alguna facultad de 
observación, pase por medio de estas gentes y no per- 
ciba, a la primera mirada, el hecho de un impulso interior 
que las levanta y estimula; de una personalidad común 
que adquiere cada día conciencia más clara de sí, noción 
más firme y altiva de sus capacidades y destinos. Cual- 
quiera que haya de ser el final resultado de esta inquietud 
espiritual, nadie puede desconocer que un sentimiento 
colectivo de intensidad semejante, es una fuerza, y una 
fuerza que no es probable que acabe en el vacío. Las 
trascendencias políticas de tal exaltación de amor patrio 
son, necesariamente, muy hondas. Hasta ayer se hablaba 
de «regionalismo». Hoy se habla a boca llena de «nació- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



nalidad». Justo es agregar que, en los más reflexivos y 
sensatos, esto se interpreta de modo que no importa pro- 
pósitos de separación absoluta. ¿Y no hay ya quien ha 
lanzado a los vientos la idea del «imperialismo catalán»: 
del imperialismo en el sentido de la penetración y la 
dominación pacífica de España por el espíritu director de 
una Cataluña que asumiese la férula del magisterio y el 
timón de la hegemonía? 

Todo ello plantea, para el porvenir de la comunidad 
española, problemas de la más seria entidad. Y de todo 
ello, que no podría explicarse en pocas palabras, he de 
hablaros en un artículo próximo. 



Agosto 1916 . 



El nacionalismo catalán 



Un interesante problema político 

El movimiento patriótico catalanista, a que aludía en 
mi artículo anterior, es bien poco conocido en Amé- 
rica. Por lo general, se le atribuye allí una importancia 
y una extensión muy inferiores a las que tiene en realidad. 
Esta consideración, de decisiva fuerza periodística, y el 
interés que me había despertado la impresión directa y 
viva del problema, al oir a quienes lo exponían con calor 
de alma, como actores en él, me persuadieron desde el 
primer momento a tomarlo como objeto de una de estas 
crónicas y a procurar las fuentes de información más 
apropiadas para transmitir a mis lectores exacta idea del 
que es, sin duda, uno de los aspectos principales de la 
actualidad española. 

No estaba en Barcelona Cambó, pero hablo con hom- 
bres de representación semejante, entre ellos uno de los 
más conspicuos oradores de la diputación catalanista, 
jurisconsulto de grandes prestigios: el señor Ventosa y 
Calveíl. No desdeño, por otra parte, la opinión de los 
anónimos; promuevo la conversación en el café y en la 
rambla; busco algún libro, hojeo algún folleto de combate, 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



atiendo a lo que dicen los diarios... Y con lo que leo, con 
lo que oigo y con lo que induzco, forjo para los fines de 
mi crónica, un interlocutor ideal, a quien haré converger 
las preguntas que a muchos he propuesto, y en quien me 
atrevo a esperar que quedará fielmente reflejado el sen- 
tido común del catalanismo. 

—¿Cuál es, pues, la significación y el alcance de ese 
movimiento? ¿Cuáles han sido sus orígenes? ¿Cuál es su 
posición actual? ¿Cuáles las resistencias que provoca?... 

—Para darse cuenta cabal de nuestro espíritu y nues- 
tras reivindicaciones,— me dice mi interlocutor—; para 
comprender por qué y en qué sentido se habla hoy de «na- 
cionalismo catalán», debe empezarse por apartar la false- 
dad corriente que identifica la «nacionalidad», el ser «per- 
sonal» y característico de un pueblo, con su realización 
política en Estado aparte. La nacionalidad no es el Es- 
tado. La existencia de la nacionalidad, que es un hecho 
natural, vivaz, permanente, superior al querer de los 
hombres, imposible de modificar por la virtud de los 
pactos o por la sanción de las batallas, no puede confun- 
dirse nunca con la existencia del Estado, que es un hecho 
convencional, rectificable, fortuito, expuesto a todos los 
sofismas de la iniquidad y a todas las sinrazones de la 
fuerza. Una colectividad humana a la que se haya quitado 
el derecho de gobernarse a sí propia, que haya quedado, 
siglos enteros, bajo la planta del conquistador; mientras 
conserve su carácter, sus tradiciones, sus costumbres, 
todo aquello que espiritualmente la determina y dife- 
rencia, es una nacionalidad oprimida, pero es una nacio- 
lidad. Corresponde, pues, este nombre a todas las gran- 
des unidades sociales que, al través de la irrecusable 
prueba del tiempo, demuestran una personalidad común 
suficientemente firme y vigorosa para separarlas neta- 
mente de las demás. Esta personalidad se manifiesta por 



EL CAMINO DE PAROS 



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el pensamiento, por el arte, por la conciencia jurídica, 
por la vida doméstica, por las disposiciones y formas de 
trabajo. Considerada a la luz de tal criterio, la España 
actual, que es un Estado tínico, no es, ni con mucho, una 
tínica nacionalidad, sino un mal armonizado conjunto de 
nacionalidades. Alrededor de la hegemonía de Castilla, 
que razones de transitoria oportunidad justificaron o ex- 
plicaron a su hora, conviven pueblos distintos, a quienes 
la tutela castellana ha privado políticamente de su auto- 
nomía, pero no ha podido despojar de su naturaleza y su 
carácter. Cataluña, que dentro de la actual organización 
es^ñola no constituye siquiera una unidad administrativa, 
es, clarísimamente, una unidad histórica, étnica, viviente; 
una unidad espiritual, creadora de un idioma y un dere- 
cho, inspiradora de un arte, que atestiguan las obras de 
sus arquitectos y de sus poetas. Es, pues, consiéntalo o 
no la voluntad de los hombres, una «nacionalidad»^ «Na- 
cionalismo» llamamos hoy a lo que ayer «regionalismo», y 
está mejor llamado. Veinte siglos de invasiones extrañas, 
de sucesivos yugos, de imposición de ajenas formas de 
vida, no han sido suficientes a sofocar la energía pertinaz 
y rebelde de este principio de originalidad que hay en 
nosotros. Él reapareció, vencedor, tras la conquista ro- 
mana, y él renace, más pujante que nunca, después de la 
obra unificadora de Castilla. Puesto que esa originalidad 
no tiene atín su satisfacción y complemento en la autono- 
mía política, que se nos niega, y en la espontaneidad 
jurídica, que en parte se nos ha arrebatado, afirmamos 
ser una nacionalidad oprimida. Y puesto que no nos con- 
formamos con que alcance a nuestros hijos la falta de 
esos bienes, tendemos a reivindicarlos. La legislación no 
es la vida de los pueblos, pero la tínica legislación que 
concuerda con su vida es aquella que ha nacido histórica- 
mente de ellos mismos, y no de imitación ni de abstrac- 



EL CAMINO DE PAROS 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ción. El Estado no es la nacionalidad, pero cada nacio- 
nalidad requiere, para su desenvolvimiento, tener su 
Estado propio. Considere usted estos principios y verá 
cuán alto se levanta su concepto de nuestra protesta 
sobre la idea de una agitación declamatoria y vulgar. En 
un periódico de Buenos Aires, un escritor de nota pre- 
tendía caracterizar, no ha mucho, nuestro movimiento 
regional considerándolo como un egoísmo colectivo. Nada 
más ajeno de justicia. Nuestro fin es patriótico, pero 
nuestra razón es humana. Nosotros afirmamos el derecho 
de las nacionalidades, en nuestra aspiración de autonomía, 
como lo afirmamos en el fuerismo de los «bizkaitarras» 
y en las reivindicaciones de los campesinos gallegos. 
Como lo afirmaríamos igualmente en Irlanda, en Alsacia, 
en Polonia, donde quiera que exista una entidad nacional 
sacrificada a la unidad de un Estado opresor... 

Pregunto si este movimiento de ideas procede de largo 
tiempo atrás. 

—Todo lo contrario,— me contestan—. El nacionalismo 
catalán es un movimiento recientísimo, es un hecho de 
ayer. En lo que tiene de renacimiento espiritual, de re- 
integración de una cultura, alcanzan sus orígenes a la 
primera mitad del siglo XIX. Pero, en lo que tiene de 
tendencia, de reivindicación política, apenas hay señales 
de él sino de treinta anos a esta parte. Nadie lo diría al 
comprobar hoy su arraigo profundo y su fuerza avasa- 
lladora. Y es que, en realidad, no se trata de un espíritu 
esencialmente nuevo, sino de la reanimación de una pode 
rosísima corriente secular que pasó por largo desmayo y 
recobra ahora su empuje. ¿No es el Tucumeno, ese rí 
de Venezuela que, ya desenvuelto e impetuoso, se soterr 
durante cierto trecho, y reaparece de súbito, con má 
caudal y brío que antes? Tal podría ser la imagen d 
nuestro sentimiento nacional. Mantuvimos, durante cen 



EL CAMINO DE PAROS 



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tenares de anos, una personalidad social enteramente 
nuestra, en instituciones y costumbres, en arte, en dere- 
cho: una personalidad tan característica, tan fuerte, tan 
inconfundible con la de la nacionalidad castellana, como 
pudo tenerla el mismo Portugal, aun cuando ñola hicimos 
culminar nosotros en emancipación política. Esta perso- 
nalidad era consciente de sí 3? manifestaba el orgullo de 
sus fueros y de sus peculiaridades. Luego, la mina mate- 
rial que nos trajo el descubrimiento de América, la obra 
de centralización política realizada por los primeros Bor- 
bones, y la influencia niveladora y pseudoclásica del siglo 
XVIII en toda materia de cultura, nos apartaron de nues- 
tro cauce, nos despojaron de cuanto teníamos de original, 
y durante largo tiempo pareció como que nos resigná- 
bamos con nuestra suerte.— El primer anuncio de nuestro 
despertar, después de tan triste decadencia, se relaciona 
con aquella universal emulación por los estudios histó- 
ricos, que, desde los albores del pasado siglo, produjo la 
revolución romántica. El romanticismo, difundiendo el 
amor a la tradición y el respeto de la genialidad artística 
original de cada pueblo, nos volvió a la devoción de 
nuestras vejeces, de nuestras reliquias, de cuanto, en el 
pergamino o en la piedra, nos hablaba de nuestro pasado. 
Como la visión de la Italia redimida, como el sueño de 
la patria germánica, nuestro ideal patriótico empezó por 
ser un motivo de anyoransa poética y sentimental. Reno- 
vábamos las ceremonias de los Juegos Florales; aprendía- 
mos historias de trovadores y cruzados, y visitábamos los 
monasterios semiderruídos, o nos deleitaban las estam- 
pas que trazaba el lápiz de nuestros dibujantes para el «Al- 
bum Pintoresco de España». Pero, al cabo, este divagar 
entre ruinas, este remover de legajos, este tararear de 
aires antiguos, plácida cosecha espiritual, diósu fermento 
de energía. Lo que pudo parecer extática contemplación 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de poetas o inocente recreo de anticuarios, se convirtió en 
el impulso iniciador de la más trascendental revolución de 
conciencia que jamás se habrá presentado en nuestra his- 
toria. El contacto con la tradición había despertado en 
nuestro pueblo el sentimiento de su personalidad ador- 
mida; había hecho repercutir en sus entrañas el grito de 
guerra de sus generaciones muertas. Y dirigiéndonos hacia 
el pasado fué como tomamos el camino del porvenir. Llega- 
mos a nuestro Oriente por el Occidente. Pronto a los tonos 
de la leyenda y de la elegía se mezclaron notas de más vi- 
brante resonancia. Aribau cantó de Cataluña con valentía 
de himno. Hombres nuevos recibían desde la cuna un 
temple de alma enteramente distinto del que había hecho 
posible el apocamiento «provincial». La patria no fué ya 
sólo un miraje de los corazones; tendió a ser, cada vez 
más, una afirmación de las voluntades, una reflexiva y 
activa concepción de los destinos comunes. Se habló, por 
primera vez, de autonomía, de regionalismo, del derecho 
a reponer la legislación tradicional, del deber de cultivar 
la lengua propia. Las resistencias que pretendieron dete- 
ner en su arranque este impulso irresistible no hicieron 
sino exacerbarlo y espolearlo. A los esfuerzos individuales 
sucedió el espíritu de asociación La juventud universita- 
ria se organizó, en 1887, con el «Centre Escolar Catala- 
nista». Escritores como Muntañola, como Almirall, como 
Prat de la Riva, como Durán y Ventosa, propagaban las 
ideas que hoy son el fondo común de nuestro pensamiento 
patriótico. En 1892 se intentó dar a las aspiraciones re- 
gionales su primera! fórmula orgánica con las «Bases de 
Manresa». Pero la ocasión en que la corriente de catala- 
nismo se desató por entero fué aquel profundo y saluda- 
ble estremecimiento que provocó en el ánimo de los pue- 
blos españoles la desastrosa guerra de Cuba. De la bo- 
rrasca de protestas, indignaciones, repugnancias, sonrojos 



EL CAMINO DE PAROS 



101 



y reproches, que tal fin del imperio colonial castellano 
desencadenó en la Península, salió corroborado y entona- 
do el sentimiento de nuestras reivindicaciones propias. 
Otra oportunidad memorable de nuestra propaganda fué, 
hace pocos años, la discusión de la «ley de mancomuni- 
dades», por la que se autorizaba a dos o más provincias 
de la monarquía a pactar, para determinados fines, algo 
como una confederación accidental. Hoy, definitivamente 
orientados en ideas y propósitos, representamos la casi 
unánime opinión de Cataluña. El porvenir es claramente 
nuestro. Somos mucho más que un partido: somos una 
conciencia nacional en acción... 

Manifiesto el deseo de precisar lo que se me ha in- 
dicado de paso sobre la faz jurídica del catalanismo. 

— Uno de los caracteres, —me dicen — , que mejor con- 
firman la existencia de nuestra personalidad nacional, es, 
en efecto, la posesión de una originalidad jurídica bien de- 
terminada y constante. Fácil es señalar algunas de las 
particularidades en que se revela. La institución del he- 
reu, del mayorazgo, que, considerada abstractamente, 
puede parecer injusta y perniciosa, pero que responde a 
un sentimiento de conservación patrimonial, de conti- 
nuidad de la «casa», profundamente arraigado en el co- 
razón de nuestro pueblo; la institución de la enfiteusis, 
desenvuelta en nuestra vida agraria con formas pecu- 
liares, que facilitan el problema de la propiedad terri- 
torial; la amplia libertad testamentaria, muchos otros 
rasgos característicos de nuestra tradición civil, con- 
curren a demostrar la persistencia de un sentido jurídico 
original y propio. Como brotado de las entrañas de la 
nacionalidad, y no de la convención de legistas y codifi- 
cadores, nuestro derecho es esencialmente consuetu- 
dinario. Todo su espíritu podría contenerse en la sen- 
tencia de nuestra sabiduría popular: tráete s rompen lleys. 



102 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



No pretendemos, por tanto, que sea un modelo universal- 
mente aceptable: él es bueno en nosotros y para nosotros. 
Y como tal, queremos recobrarlo en su tradicional inte- 
gridad. Esta moderna superstición de la simetría, que, 
según dijo Angel Ganivet, domina «desde el trazado de 
las calles hasta el trazado de las leyes», vino un día en 
auxilio de la política centralizadora, y se hizo la unifica- 
ción jurídica de España, abatiendo toda originalidad y 
todo carácter. A la legislación foral, orgánica y viva, que 
cada pueblo se había dado en el tiempo, sucedieron los 
códigos unificados, obra regular de la razón dialéctica. Si 
algún elemento histórico se mezclaba en esa reforma al 
criterio puramente razonador, ese elemento histórico era 
el de la legislación de Castilla, adaptada violentamente a 
nuestro medio. Propósito tan fuera de lugar como si nos- 
otros hubiéramos querido imponer en Castilla nuestro 
derecho consuetudinario. Desde entonces la ley y la cos- 
tumbre marchaban divergentemente en muchos puntos, y 
esta divergencia no se prolonga sin impotencia de la ley 
o sin tortura de la realidad. Ejemplo de ello es el perma- 
nente desasosiego de vuestras repúblicas americanas, he- 
ridas desde la cuna por la escisión de las leyes y los há- 
bitos. — Parecidas cosas cabe decir en materia de legisla- 
ción social y económica. La mayor parte de los hombres 
que gobiernan en España proceden de las comarcas del 
centro y del mediodía, separadas por enormes diferencias 
de desenvolvimiento industrial, de aptitudes y disposi- 
ciones, de la de esta costa del Mediterráneo. Carecen 
nuestros gobernantes de otra base experimental, en lo que 
se refiere a la producción de riqueza, que la que pueden 
ofrecerles los trigales de Tierra de Campos o los viñedos 
y dehesas de Andalucía. Y con este género de observa- 
ción, pretenden dirigir la actividad económica de regiones 
donde, como en Cataluña y como en Vizcaya, la industria 



EL CAMINO DE PAROS 



105 



manufacturera tiene extensión y complejidad semejantes 
a la de los grandes centros de Europa. Sería como si 
desde el Uruguay, pueblo pastor, quisiera prepararse el 
Código Rural para Chile, agrícola y minero; como si en 
las «estancias» de Buenos Aires se experimentaran leyes 
del trabajo para los «ingenios» de Cuba... 

Pásase después a hablar del idioma... Y al llegar a 
este punto no puedo menos de oponerles observaciones y 
argumentos que me replican del modo que veréis, entre 
otros desenvolvimientos del tema, en el artículo siguiente. 



II 

Quedábamos, al interrumpir mi artículo anterior, en 
que se pasó a tratar del idioma, y en que, al llegar 
aquí no pude menos de confesar mi resistencia instintiva 
a la idea de la preterición del castellano. Renové y me 
sentiría dispuesto a renovar todavía las observaciones 
que una vez dirigí a Santiago Rusiñol en Montevideo: 

—¿No ofrecería grandes ventajas para todos que man- 
tuviéramos la unidad de nuestro mundo hispano-parlante? 
¿No es de ustedes también, después de la larga convi- 
vencia, el idioma en que ahora conversamos? ¿No han 
contribuido ustedes, con su tributo espiritual, a la forma- 
ción y a la gloria de la lengua que a todos nos vincula? 
En la transfiguración del castellano, cuando la grande au- 
rora del Renacimiento, ¿no es nombre representativo el 
nombre de Boscán? ¿No fué maestro Campany en la len- 
gua de Castilla? 

—Para nosotros— me contestan,— la reivindicación del 
idioma es enteramente inseparable del fondo de nuestro 
problema nacional. Si hay en nosotros el «substratum» 
de una nacionalidad, como firmemente creemos; si hay 



104 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



una personalidad común plenamente caracterizada y de- 
finida, y esa personalidad se ha dado en el transcurso de 
los tiempos su lengua propia, no podría ésta abaldonarse 
y substituirse sin dañar la más esencial integridad del 
carácter a que ha servido de expresión. Bien sabe usted 
que no es el idioma una forma vana, una cáscara caediza. 
Es la fisonomía del genio colectivo: es el capullo que teje 
con su propia substancia el alma popular. De aquí que el 
primer cuidado de todos los conquistadores, de todos los 
usurpadores, en los pueblos que ponen bajo el yugo, 
sea el de tender a proscribir su habla natural y a impo- 
nerles la lengua que los acostumbre a la voz de mando 
del boyero. De aquí también que la sumisión, la deca- 
dencia del espíritu regional de Cataluña coincida con la 
desestima de! catalán en las altas esferas sociales, y que 
la primera señal de nuestro despertar haya sido la rehabi- 
litación de nuestro idioma como instrumento de cultura. 
Habla usted de que la convivencia con Castilla nos ha 
connaturalizado con el castellano, porque nos oye hablar 
corrientemente en él a los hombres de ciudad. Si fuese 
usted al campo, si entrase usted en el terruño del «payés», 
vería que para seguir una conversación habría menester 
de intérprete. Y sin embargo, se obliga a los campesinos 
catalanes a demandar justicia, a educar a sus hijos, a re- 
cibir la instrucción militar, en una lengua que para ellos 
es extraña. Nosotros reivindicamos el derecho a usar 
nuestro idioma propio en las relaciones de la actividad 
jurídica, de la actividad municipal, de la actividad do- 
cente: nuestro clarísimo derecho a hacer de la lengua 
«natural», lengua «oficial». Reivindicamos, cuando menos, 
la facultad de optar por cualquiera de los dos idiomas en 
los usos de la vida pública, como se opta en Bélgica, 
como se opta en Suiza... 
Intento una objeción aún: 



EL CAMINO DE PAROS 



105 



— ¿No favorecería grandemente la difusión 4el pensa- 
miento de .ustedes el hecho de que lo expresaran en una 
lengua que es medio de comunicación entre ochenta mi- 
llones de almas? ¿No magnificaría esto el escenario de 
sus escritores y de sus poetas, teniéndolos ustedes de tal 
mérito como un Verdaguer, como un Quimera, como un 
Oller? 

—En la expresión literaria, menos que en ninguna otra, 
es posible prescindir de la lengua que aprendimos en la 
cuna y está como entretejida con la urdimbre de nuestra 
sensibilidad. No es posible señalar el matiz, lo preciso, 
lo recóndito; el timbre de la emoción, el relieve de la 
imagen, sino en el habla que se hereda por naturaleza. 
Pudo filosofar en castellano Balmes, porque la filosofía es 
materia de abstracción. No hubiera podido Verdaguer 
escribir en castellano la «Atlántida». Por lo demás, la 
fuerza de irradiación de una obra del espíritu depende, 
principalísimamente, de lo que ella lleva adentro, más que 
de la facilidad del idioma en que esté escrita. Recuerde 
usted el caso de Ibsen. Escribiendo en una lengua tan 
poco difundida y tan difícilmente accesible, logró una 
universalidad y una influencia como no las hubiera con- 
quistado mayores trabajando en cualquiera de los grandes 
idiomas generalizados en el mundo. Pero, en último tér- 
mino, tampoco nos encastillamos nosotros, por lo que toca 
al porvenir, en posiciones absolutas. La libre competencia, 
la natural y espontánea operación de la vida, harán que 
definitivamente prevalezca el idioma que demuestre 
mayor energía vital, que mayores ventajas asegure para 
los fines de la utilidad y para los del arte. Si ha de ser 
este idioma el de Castilla, séalo en buen hora. Lo que 
nosotros resistimos es que esto se resuelva de antemano 
y como imposición política. 

—¿De qué manera— pregunto después, —podrían con- 



106 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ciliarse las aspiraciones autonómicas de ustedes con el 
mantenimiento de la unidad española? 

—La idea de que a cada nacionalidad corresponde nece- 
sariamente un Estado, no significa que los Estados nacio- 
nales no puedan asociarse entre si, formar Estados com- 
puestos, permanentes mancomunidades políticas. Mientras 
esto se haga con respeto de la personalidad nacional de 
cada parte, nada se opone a la fundamental concordia de 
intereses que exija o legitime esa asociación. Allí donde 
dos o más nacionalidades coexisten dentro de un Estado 
simple y tínico,— que es actualmente el caso de Espa- 
ña—, puede afirmarse, sin más averiguaciones, que hay 
una nacionalidad opresora y una o varias nacionalidades 
oprimidas. Pero cuando la diferencia de nacionalidades 
está reconocida y consagrada por la justa diferencia de 
Estados, puede esa variedad tender a armonizarse dentro 
de una unidad superior. Somos, en una palabra, federales. 
Federación y regionalismo son, políticamente, términos 
que se confunden. 

—De Barcelona —recuerdo—, era Pí y Margal!, el 
profeta del federalismo español. 

—Sí, —me contestan—; pero aquel federalismo del 75 
apenas tiene de común con el nuestro sino el nombre. 
Aquel federalismo pactista dePí y Margall era teorizador 
y abstracto; el nuestro es eminentemente real. Él partía 
de la razón, nosotros partimos de la naturaleza. No repa- 
ramos en las conclusiones de una doctrina de derecho; 
reparamos en que España es naturalmente federal. Ca- 
rácter puro y austero, pero sin calor humano; inteligencia 
robusta, pero absolutamente lógica. Pí y Margall vo sentía 
la federación sino como el desenvolvimiento de la idea 
que nos convence en el libro o en la cátedra; no se pre- 
ocupaba, en realidad, de los problemas que para nosotros 
constituyen el más apremiante interés, la más íntima 



EL CAMINO DE PAROS 



107 



esencia del regionalismo. Nunca pensó que su república 
federal fuera incompatible con la persistencia de la divi- 
sión administrativa que prevalece desde 1833; de esta 
convencional división en cuarenta y nueve provincias, que 
importa un verdadero descuartizamiento de las patrias 
regionales, sacrificadas a una supuesta conveniencia de la 
administración, Con las provincias arbitrariamente recor- 
tadas en el mapa de España por las Cortes de la Regencia 
—o con otras que se determinarían por igual procedi- 
miento facticio—, componía Pí y Margal! el cuadro de su 
federación republicana, artificial y simétrica como un 
tablero de ajedrez. Nosotros, en cambio, tomamos la 
norma de nuestro federalismo en el hecho: en el hecho de 
la existencia dentro de España, de regiones naturales y 
claramente diferenciadas por la historia, por las cos- 
tumbres, por la lengua, por el espíritu jurídico, como 
Cataluña, como Galicia, como Navarra; regiones que 
hay que reconstituir políticamente, devolviéndoles la inte- 
gridad que les usurpa aquella división territorial. Y cada 
una de estas regiones reconstituidas y devueltas al pleno 
goce de su originalidad social y política, sería una unidad, 
una unidad real y viviente, en el conjunto de la confe- 
deración que anhelamos. 

—¿Cómo se concretaría— pregunto— la fórmula de or- 
ganización para Cataluña, si ustedes fueran llamados a 
proponerla desde ahora? 

— Nuestra última finalidad es la autonomía; la auto- 
nomía entera y cabal, con libertades comunales, parla- 
mento propio, legislación civil fundada en la tradición y la 
costumbre, y uso oficial de nuestra lengua. Nuestra fina- 
lidad inmediata, o si prefiere usted, nuestro programa 
mínimo, no tiene límites que lo determinen, porque de- 
pende de la extensión que consienta la oportunidad al 
ejercicio de nuestras reivindicaciones. Mientras no se 



108 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



nos empuje a formas más violentas, aceptamos los me- 
dios de la evolución y su consiguiente ritmo. Reco- 
nocemos todo lo que es justo al tiempo, a la ocasión, al 
compás del pedir y el obtener en materia política. Yerra, 
pues, quien en principio nos tilde de revolucionarios. 
Pero en lo que somos inflexibles es en que todo aquello 
que se nos conceda, mucho o poco, se nos conceda leal y 
verdaderamente; vale decir, que en las facultades auto- 
nómicas, grandes o pequeñas, que se nos vayan otorgando 
no medien intervenciones que las desvirtúen, revisiones o 
instancias que las desvanezcan. 

Ignoro yo si estas palabras, que venían de hombre 
muy arriba del nivel de la vulgaridad, interpretan fiel- 
mente el ánimo colectivo. Me inclino a suponer que el 
tono de los más, es menos moderado y sereno. Por ello 
me ofrecía excelente oportunidad, para tentar un vistazo 
sobre los más recónditos «adentros» de la cuestión. 
¿Existe aquí, siquiera sea como horizonte remoto o como 
eventualidad prevista, la idea de la radical separación, de 
la completa independencia? ¿Hay sobre esto, lo que po- 
dríamos llamar un «sobreentendido» general?— Quien se 
proponga llegar al fondo preciso, en pregunta tan ardua, 
obtendrá, me parece, una impresión algo confusa. Por 
una parte, les oís reconocer que la larga convivencia his- 
tórica ha determinado entre Cataluña y Castilla una soli- 
daridad que da indestructible fundamento al hecho de la 
unidad política española. Por otra parte, les escucháis 
loas entusiásticas de las pequeñas naciones independien- 
tes, de la contribución que les debe el progreso humano 
y de la bienaventuranza que les está prometida dentro del 
nuevo orden internacional que ha de suceder a la guerra. 
Creo, sin embargo, que el pensamiento de los más repre- 
sentativos e influyentes, sobre ese delicado punto, podría 
concretarse de este modo:— No deseamos la separa- 



EL CAMINO DE PAROS 



109 



ción; pero la separación llegará a ser inevitable si las 
resistencias a nuestro ideal de autonomía no ceden de 
su presente obstinación.— O en otros términos:-— Antes 
mil veces la emancipación absoluta que el manteni- 
miento indefinido del régimen actual. 

Para abarcar toda la significación de tal principio, es 
necesario añadir que domina en el ánimo de la mayor par- 
te de estos hombres la convicción de que el actual régi- 
men centralizador no será modificado esencialmente en 
España mientras ellos, como grupo político, no entren a 
participar del gobierno central; mientras manos catalanas 
no intervengan en la dirección de los negocios españoles. 
El movimiento regionalista catalán no se detiene en la 
órbita de los intereses regionales: aspira a la expansión, 
a la influencia nacional, porque las considera indispensa- 
bles para asegurar con eficacia aquellos mismos intere- 
ses. Uno de los más reflexivos y serenos entre los dipu- 
tados del catalanismo, me repetía estas palabras, que no 
ha mucho habría dejado caer en los consternados oídos 
del Conde de Romanones: O gobernamos en España 
o nos separamos de España. 

—¿Tienen justa noción de lo que revelan estos sínto- 
mas los gobernantes de Madrid? 

—En los gobernantes de Madrid no suele ser la expe- 
riencia madre muy fecunda de inspiraciones políticas. El 
Tanto monta de la clásica empresa no ha dejado de ser 
la contraseña de la arrogancia castellana. Inglaterra rec- 
tificó su sistema colonial con el ejemplo de la emancipa- 
ción de Norte América. De entonces acá, la unidad de su 
vasto imperio, cimentada en bases de libertad y de con- 
fianza, no ha sufrido quiebra de consideración. Irlanda ha 
obtenido ya justicias y satisfacciones que la persuaden a 
esperar la hora del definitivo desagravio. El sistema colo- 
nial que, no la voluntad de España, sino de los que domi- 



110 



JOSÉ ENRIQUE BODÓ 



nan en España, mantuvo en las Antillas, fué, hasta el 
último momento, el mismo fundamentalmente que había 
provocado un siglo antes la revolución hispano-americana. 
Otro tanto cabe decir en cuanto a las autonomías regio- 
nales, que no son, en el fondo, una aspiración distinta de 
la que movía a las colonias. El problema permanece en 
su posición original. Ha faltado en los consejos de la mo- 
narquía el hombre de Estado que lo mirase de frente y 
con ánimo resuelto, 5? repitiera, por lo que toca a Catalu- 
ña, a Vizcaya, a Galicia, el Ireland a nation de Glads- 
tone. ¿Somos nosotros los que aproximamos el conflicto 
a la pendiente de las soluciones violentas?... 

Hablando de estas cosas, paro la atención en un juicio 
que, aunque sin directa relación con el fondo del asunto, 
considero interesante apuntar. Alguien recordó que los 
reyes constitucionales «reinan pero no gobiernan», y pa- 
reció querer aplicar el sentido de esa proposición al 
actual monarca de España. 

—¿Que no gobierna Alfonso XIII?— replicó al punto el 
mismo elocuente diputado a quien aludí hace poco. — ¡Pues 
ya lo creo que gobierna, y demasiado! El único que le 
contenía dentro de los límites de su autoridad era Maura, 
a quien él profesa alto respeto. Los que han venido des- 
pués se han afanado, por complacencia personal o por 
interés político, en abrir ancho campo a la soberana vo- 
luntad. Y hoy «el chico» interviene en los asuntos de 
Estado mucho más de lo que fuera de orden. Bien es ver- 
dad que, en general, no hace mal uso de esta sobra de 
poder, y que el pueblo, aun aquí en Barcelona, le quiere. 

Pregunto si tiene el regionalismo solidaridad con las 
ideas republicanas; si considera que la sustitución del 
régimen monárquico favorecería sus tendencias y pro- 
pósitos. 

—No nos preocupa mayormente, —me dicen—, el pro- 



EL CAMINO DE PAROS 



111 



blema de la forma de gobierno. Nuestro designio es de 
nacionalidad, es de patria: es anterior a esa determina- 
ción de instituciones. Con monarquía y con república, 
cabe la satisfacción de nuestros anhelos, y cabe también 
su desconocimiento y opresión. ¿Quién duda, por ejem- 
plo, de que una monarquía federal sería para nosotros 
infinitamente preferible a una república unitaria y centra- 
lizados? Hay entre nosotros definidos monárquicos y re- 
publicanos; pero prevalecen en número los que no conce- 
den a esta cuestión sino un valor relativo y subordinado al 
interés circunstancial de nuestra aspiración de autono- 
mía. Y la mayor parte de los que tal piensan, pudiendo 
elegir, en los momentos actuales, optarían quizá por la 
conservación del régimen establecido. 

—En nuestro tiempo, —continuó—, toda posición políti- 
ca supone un criterio para resolver o encarar las denomi- 
nadas «cuestiones sociales». ¿Cuál es el criterio social 
del regionalismo? 

—Aplicamos a esas, como a todas las cosas, nuestra 
idea fundamental de relatividad histórica y jurídica. No 
nos interesan las fórmulas generales y abstractas: busca- 
mos el conflicto y su solución dentro de las condiciones 
positivas de la experiencia local. De los partidos dogmá- 
ticamente revolucionarios, socialistas y anarquistas, nos 
apartan manifiestas incompatibilidades. No sólo porque 
en el espíritu que nos anima, el amor de la tradición es 
una fuerza poderosa, sino principalmente porque ellos 
niegan o desvirtúan lo que hay de inmortal en la idea de 
la patria, mientras que toda la razón de ser de nuestras 
reivindicaciones descansa sobre la realidad indestructible 
del sentimiento patriótico, del principio de nacionalidad. 

De tal manera alcancé a interpretar las ideas capita- 
les del nacionalismo catalán. Y mientras reflexionaba 
sobre eso que había oído, y me parecía como que lo repi- 



112 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tiera y comentara la voz de la Rambla populosa, un doble 
clamor sentí levantarse en mi conciencia de espectador 
sereno, pero no indiferente: 

¡Hombres de Cataluña! Equilibrad vuestro entusiasmo 
con una reflexiva abnegación. Mantened, amad la patria 
chica, pero amadla dentro de la grande. Pensad cuan 
dudoso es todavía que el sentido moral de la humanidad 
asegure suficientemente la suerte de los Estados peque- 
ños. No os alucinéis con el recuerdo de las repúblicas de 
Grecia y de las repúblicas de Italia. Considerad que no 
en vano han pasado los siglos, y que hoy son necesarias 
las capacidades de los fuertes para influir de veras en la 
obra de civilización. 

¡Hombres de Castilla! Atended a lo que pasa en Cata- 
luña. Encauzad ese río que se desborda, dad respiro a 
ese vapor que gime en las calderas. No os obstinéis en 
vuestro férreo centralismo. No dejéis reproducirse el 
duro ejemplo de Cuba; no esperéis a que cuando ofrez- 
cáis la autonomía se os conteste que es demasiado tar- 
de... Mirad que esa fuerza que hoy amaga con la rebelión, 
puede ser para vosotros, pacificada y conciliada, una 
gran potencia de trabajo, de adelanto y de orden. Mirad 
que en su misma altiva aspiración de predominio hay un 
fondo de razón y justicia, porque pocas como ella ayuda- 
rían tan eficazmente a infundir, para las auroras del futu- 
ro, hierro en la sangre y fósforo en los sesos de España. 



Septiembre de 1916. 



ITALIA 



Diálogo de bronce y mármol 
Escena: 

La «Plaza de la Signoría» de Florencia. 
Personajes: 

El «David», de Miguel Angel El «Perseo», de Ben- 
venuto Cellini.—Coro de vestales. 

Perseo 

Soy el orgullo heroico. En mi frente de bronce res- 
plandece la heredada majestad de Zeus, y mi gesto y mi 
ademán esculpen la voluptuosidad sublime del triunfo. Sé 
que soy fuerte, augusto y hermoso, y deseo saborear la 
gloria, y provocar el amor, y difundir el miedo. En la 
fruición de mi hazaña trasciende como un anticipado des- 
dén de los peligros que querrán limitar el desate de mi 
fuerza y de mi ambición. Llevaré la cortada cabeza de la 
Medusa, que levanto en la mano, a que campee en el es- 
cudo de Atenea. De la hirviente sangre de la furia nacerá 
el caballo alado, fiel a los poetas, que me dará la veloci- 
dad del relámpago. Mío será cuanto suena la imaginación 
de glorioso, de noble, de divino. Seré debelador de mons- 



EL CAMINO DE PAROS 



g 



114 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



truos, rey por mi esfuerzo, conquistador de tesoros le- 
gendarios, libertador caballero de princesas cautivas. 
Castigare la inhospitalaria soberbia de Atlas; arrebataré 
las manzanas de oro al jardín de las Hespérides, y gozaré 
después de la más alta presea, la más dulce sanción del 
heroísmo, en el enamorado seno de Andrómeda. Todo ello 
lo columbro en este instante de mi vida, y todo se refleja 
en la expresión de mi olímpico ensimismamiento. Bello es 
el mundo para escenario de los Héroes; bella la participa- 
ción del hombre y del dios, la juventud eterna, la energía 
radiante y soberana! 

David 

Soy el heroísmo candoroso. Veo que hay en mí una 
fuerza y una gracia que imperan sobre los demás; veo 
que los hombres me rodean para que los guíe a la victo- 
ria, y que, cuando paso, las mujeres se vuelven a mirarme. 
Pero yo ni lo busco, ni sé en qué consiste esta atracción 
que tengo en mí. Hoy es un día de prueba. La maña- 
na está clara; el aire, fresco y animador. Mis rebaños 
quedan pastando en el desierto. Voy al encuentro del gi- 
gante que desafía al pueblo de Israel. Para ejecutar esta 
vindicta, no he querido casco ni coraza. Frente y pecho 
desnudos, y ardiendo en ellos una llama de fe; por armas, 
las piedras que he recogido del torrente y la honda que 
llevo al hombro, voy a batir la soberbia de Goliat. Confío 
en el brazo del Señor, porque El es justo y no le aparta 
de su pueblo; confío en el brazo del Señor porque El puso 
ya en los míos fuerza para exterminar al oso y al león que 
acechaban mis rebaños. Proféticos vislumbres me hablan 
de un trono que me espera, de una Sión que he de magni- 
ficar, de un imperio que se abrirá a mi paso: pero yo sók) 
sé que únicamente Dios es grande, y que para ensalzarlo 



EL CAMINO DE PAROS 



115 



nací con dos virtudes; una que me impulsa a combatir, 
como las fieras del bosque, sin escudo ni espada, y otra 
que me mueve a cantar, como las aves del cielo, sin re- 
flexión ni vanidad. 

Perseo 

x Hermano mío, hablamos como si no nos poseyera el 
encantamiento del arte. ¿Quién te trocó en mármol 
eterno? 

David 

Quien me encantó en el mármol fué un hombre en el 
cual reconocí mucha parte de mí mismo. Era de la casta 
de los que pelean con gigantes y saben la manera de pu- 
blicar la grandeza de Dios. Apareció en la corte de los 
Médicis cuando de ella irradiaba sobre Italia el nuevo 
amor de belleza, y desató su genio a encrespar el mármol 
en figuras titánicas y el color en oleadas sublimes. Era el 
revelador de las formas gigantescas, de las fuerzas sin 
humana medida, de ias visiones proféticas y trágicas. Un 
mundo le obsedía; el de mi raza y mi edad, el de! pueblo 
de Dios y la peregrinación del desierto y la Ley de justi- 
cia, porque este mundo era fuerte y austero como él. Su 
avasalladora energía se dilataba, como la inspiración de 
los Profetas, en la sombra y el dolor. Aquel soberano 
dueño de la gloria pasó por la vida real en soledad y tris- 
teza, sin sonreír ni aun a las imágenes de su fantasía; y 
esta tristeza era la de la reminiscencia platónica, era la 
nostalgia infinita del que ha contemplado en otra esfera la 
belleza ideal y no encuentra cómo aquietarse en el polvo 
de la tierra: ¡Oh y che miseria e dunque Fesser nato!... 
Al bajar la pendiente de la vida, encarnó ese sueno de 
belleza en el recuerdo postumo de una de las más nobles 



116 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



figuras de mujer que haya divinizado el barro humano: 
en el recuerdo de Victoria Colonna, y este contemplativo 
amor le ungió poeta, y de sus cantos se levantó una nue- 
va personificada Idea al coro angélico de Beatriz y de 
Laura. Cuando toda su generación se había rendido a la 
muerte, él quedaba de pie, como el roble que desafía las 
tormentas; favorecido con el dón de una homérica vejez, 
y siempre inclinado sobre el mármol, y siempre solo, y 
siempre triste. Llamábase Miguel Angel Buonarroti. 

Perseo 

Miguel Angel... Mi encantador le decía el Divinísimo, 
David 

¿Quién fué tu encantador? 

Perseo 

Quien me encantó en el bronce fué un hombre de dos 
naturalezas: mitad enviado de las Grecias, mitad aborto 
de las Furias. El día en que nació este hombre, los escon- 
didos gnomos, los genios elementales que, en las entrañas 
de la tierra, guardan las cuevas de las piedras preciosas 
y las vetas del metal, celebraron danzando la Navidad del 
venido para su gloria. Cuando niño, recibió de las poten- 
cias ocultas el favor de ver una salamandra en la transpa- 
rencia del fuego. La maravillosa virtud que en sí traía se 
mostró apenas tuvo cerca un cincel: era este hombre 
el predestinado para extender a las substancias preciosas 
el yugo de la Forma, ya impuesto a los mármoles y bron- 
ces. De sus hechizadas manos saltaban, como las chispas 
de la hoguera, medallas, copas, relicarios, anillos, cande- 
labros, de nunca vista beldad. Entrelazada con esta llama 



EL CAMINO DE PAROS 



117 



de oro, ardía en su alma la llama sangrienta de la vengan- 
za y de la ira. Con el primor que cincelaba el mango de 
un puñal, hundía la hoja en el pecho de un hombre. Era 
un arrebatado asesino, cuyos dedos habían sido hechos 
para un hada. Su maléfico instinto se remontaba alguna 
vez hasta el impulso heroico, como en su defensa cuando 
el saco de Roma, y hasta la astucia épica, como en su 
evasión del castillo de Sant Angelo. Pontífices y reyes se 
lo disputaban. En la corte donde él asistía, circulaban las 
tazas más preciadas y las monedas más bellas. Y con los 
fieros ímpetus del energúmeno, alternaban en aquella 
alma monstruosa las contricciones del penitente, los trans- 
portes del místico, los alumbramientos del visionario. 
Concluyó en ministro del Señor, sin dejar de esgrimir ni 
la daga del bravo, ni el cincel del orfebre. Se llamaba 
Benvenuto Cellini. 

David 

¡Por qué no durarán como este mármol y ese bronce 
las manos que nos encantaron! 

Perseo 

¿Recuerdas cómo fué tu encantamiento? 

David 

Fué cuando aún se dilataba en Florencia el resplandor 
de los primeros Médicis. El gonfaloniero Soderini quería 
emular su munificencia y su pasión de arte. En la «Opera» 
de Santa María de Fiore yacía un enorme bloque de 
mármol, donde cierto escultor, Simón de Fiesole, había 
intentado labrar una estatua colosal, sin estampar más 
que las huellas de su impotencia y de su desaliento. Sode- 



Í18 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



rini anhelaba por ver arrancado a aquella mole el colosa 
que allí había por crear, y dudaba entre valerse, para 
acometer la empresa, de Leonardo de Vinci o de Andrea 
Contucci. Pero por aquel tiempo volvió a Florencia Miguel 
Angel; vió la montaña de mármol, miró luego adentro de 
sí y prometió la obra. La idea que brotó en la mente del 
' artista, colocado entre la enormidad de piedra y el senti- 
miento de su fuerza interior, fué mi imagen juvenil. Me 
evocó en la más bella hora de mi vida; en la vaga con- 
ciencia de mi predestinación; en la promesa de la gloria 
más hermosa que la gloria real; en la esperanza del triunfo, 
¡cuánto mejor que el triunfo cumplido! Obtuvo así la ima- 
gen de la energía inmaculada, del candor heroico. Luego, 
se abrazó con la piedra, y por espacio de tres años sentí 
cómo el golpe del cincel inoculaba cada día en la blanca 
entraña del mármol una chispa de mi ideal. Cuando se con- 
sumó el encantamiento, conocí que esta inmortalidad en la 
forma bella es la verdadera beatitud. Me levanté a una paz 
que no podría expresarse en el lenguaje de los hombres. 
Aquel Miguel Angel casi adolescente, que me había llama- 
do a nuevo sér, llevaba aún en el alma el beso de la Floren- 
cia medicea, el sello de un ambiente impregnado de la 
serenidad platónica, sello de serenidad al que pronto había 
de sobreponerse la reacción de su genio impetuoso y som- 
brío. Por eso renací trayendo en la frente algo de la calma 
de los dioses y los héroes aqueos. Por eso me parezco a 
Apolo. Más tarde, en la bóveda de la Sixtina, el Miguel 
Angel de la madurez me figuró de nuevo; pero allí parti- 
cipo del soplo de una tempestad de formas y colores: allí 
tengo el arrebato de la acción, aquí el sosiego de la idea. 
Y ahora, cuéntame tú tu encantamiento. 



EL CAMINO DE PAROS 



119 



Perseo 

Me levantó en el vuelo de su fantasía Benvenuto Ce- 
llini, obedeciendo a un mandato de Cosme de Médicis. 
La gloria del escultor, que le buscaba, fascinó al artífice 
del oro, y él se consagró a mi imagen con toda la ve- 
hemencia de su alma. Fui primero un fantasma en su ima- 
ginación; luego me dió una vida pálida en el modelo de 
yeso, y se dispuso por fin a cautivarme en el duro y sem- 
piterno metal. Abrió espacio para el molde en su jardín 
de la calle de la Pérgola, desarraigando árboles y viñas; 
la obra comenzó. ¡Oh, qué vulcánico trabajo, qué conmo- 
vedora historia la de mi encarnación en el bronce! Ben- 
venuto, poseído de la furia creadora; sólo al principio, 
con unos pocos obreros después, siempre sin medios sufi- 
cientes para la faena material, se movía dirigiendo la 
influencia del fuego, y pasaba cientos de veces del entu- 
siasmo a la desesperación y del embeleso a la ira. En 
ciertos momentos, lágrimas de sus ojos se evaporaban en 
el líquido bronce. Yo asistía, desde el fondo de su pensa- 
miento, a aquellas convulsiones de inspiración, de rabia, 
de dolor, y en verdad te digo que era una hermosa tem- 
pestad. Con tiernísimas plegarias por el logro de la so- 
ñada imagen, alternaban en sus labios juramentos de 
muerte para enemigos a quienes atribuía los tropiezos de 
su obra. Había llegado a idolatrarme como a un hijo que 
hubiera de defender contra mortales peligros. A veces 
necesitaba apartarse de mí para montar un diamante o 
cincelar una copa. Un Ganimedes de mármol vi nacer y 
formarse cerca de mi cuna de fuego. Pero a mí volvía 
siempre con anhelante ardor. Un día, inclinado sobre la 
hornalla, aureolado del rojo resplandor como un cíclope, 
manejaba gruesos leños de pino con que avivar el ador- 
mido elemento, cuando he aquí que una llamarada inmensa 



120 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



se levanta y el taller entero se incendia. Con desespe- 
rados esfuerzos llega a reparar el daño, pero pronto la 
angustia y la fatiga le postran rendido de la fiebre. Piensa 
que va a morir, y sus palabras son para confiarme a sus 
amigos y pedirles que yo le sobreviva. En esto, alguien 
viene a decirle que la obra se pierde, que el bronce se ha 
cuajado falto de calor. Benvenuto salta instantáneamente 
del lecho; recobra por encanto salud, agilidad y fuerza; 
viene a mí, remueve el fuego mortecino; arroja, transtor- 
nado, en la mezcla campanil los platos, las fuentes, la 
vajilla de estaño de su mesa, y ve correr el bronce otra 
vez, y respira, y triunfa. La estatua se ha logrado: con 
milagrosa proporción, la suma de metal ha sido la justa- 
mente requerida para completar el óvalo de mi cabeza. 
Dos días después, una clara mañana de primavera, yo 
recibía el beso del sol en la Logia de las Lanzas. Cosme 
de Médicis se asomaba a una de las ventanas del Palacio. 
Anhelante multitud se aglomeraba frente a mí y me admi- 
raba. ¡ Ah, jamás dejará de resonar en mis oídos de bronce 
el eco de aquella inmensa aclamación del pueblo de Flo- 
rencia, saludando el triunfo de la Forma armoniosa como 
la entrada de un rey o el botín de una batalla! Al paso 
de Benvenuto la multitud se descubría, como al paso de 
un héroe. Por muchos días persistió este entusiasmo, y 
los maestros y estudiantes de Pisa, que entonces gozaban 
de sus vacaciones, llenaban, cada mañana, de versos lau- 
datorios las columnas vecinas a mi pedestal. Bello, bellí- 
simo tiempo.., 

David 

Yo presencié tu triunfal epifanía. 

Perseo 

Dulce tiempo que fué... ¿Te acuerdas de aquel hervir 



EL CAMINO DE PAROS 



121 



pintoresco de la vida en las abiertas logias, centros de 
conversación, de arte y de filosofía, como los pórticos 
de Atenas? ¿Te acuerdas de aquel zumbar, como de abe- 
jas oficiosas, en derredor de un antiguo mármol reco- 
brado, de un amarillo códice devuelto a la luz? ¿Te acuer- 
das de las procesiones, de las máscaras, de las pompas 
mitológicas, cuando la juventud representaba en las calles, 
inmenso teatro descubierto, la apoteosis de la alegría y 
de la fuerza? 

David 

Tú no viste más que el ocaso; yo vi la radiante luz 
del mediodía. Yo asistí en su plenitud al imperio de la 
renovada antigüedad. Yo oí flotar en el viento el rumor 
de los convites platónicos, en torno al simulacro del 
Maestro, en los jardines de Fiesole, coreado el dulce 
razonar de los iniciados por la vibración armoniosa de 
los pinos. Ante mí se detuvieron Rafael, Leonardo de 
Vinci, Andrea del Sarto. Vi, antes que tú vinieras, cin- 
cuenta años de gloria, con mis verdaderos ojos, que aquí 
reflejaron por tres siglos el sol; porque yo, que te hablo, 
no soy sino una sombra, una sombra de piedra: mi «yo» 
de verdad padece prisión en un museo. 

Perseo 
¿Qué cosa es un museo? 

David 

Una cárcel para nosotros; una invención de las razas 
degeneradas para juntar, en triste encierro común, lo que 
nació destinado a ocupar, según su naturaleza, ambiente 
y marco propio, cuando no a dominar en el espacio 
abierto, en la libertad del aire y el sol. 



122 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Perseo 

¿Qué resta, sino es vuestra inmortalidad, de aquel 
divino tiempo? 

David 

La idea, en el imperecedero espíritu del hombre. 
Perseo 

El hombre ya no existe. La criatura armoniosa que 
dio con su cuerpo el arquetipo de nuestra hermosura, y 
con su alma el dechado de nuestra serenidad, pasó, como 
los semidioses de mi raza y como los profetas de tu gigan- 
tesco Israel. Los que hoy se llaman hombres, noble título 
que quisieron llevar tu Dios y los míos, no lo son sino en 
mínimas partes. Todos están mutilados, todos están trun- 
cos. Los que tienen ojos, no tienen oídos; los que osten- 
tan dilatado el arco de la frente, muestran hundida la 
bóveda del pecho; los que tienen fuerza de pensar, no 
tienen fuerza de querer. Son despojos del hombre, son 
visceras emancipadas. Falta entre ellos aquella alma 
común, de donde nació siempre cuanto se hizo de dura- 
dero y de grande. Su idea del mundo es la de un sepulcro 
triste y frío. Su arte es una contorsión histriónica o un 
remedo impotente. Su norma social es la igualdad, el 
sofisma de la pálida Envidia. Han eliminado de la sabi- 
duría, la belleza; de la pasión, la alegría; de la guerra, el 
heroísmo. Y su genio es la invención utilitaria, y conceden 
las glorificaciones supremas al que, después de una vida 
dedicada a hurgar en la superficie de las cosas, regala al 
mundo uno de esos ingeniosos inventos con que el Leo- 
nardo de nuestro siglo jugaba, como con las migajas de 
su mesa, entre un cuadro divino y una teoría genial. 



EL CAMINO DE PAROS 



123 



David 

¿Cuál es tu consuelo en la nostalgia? 

Perseo 

Lo que no han mudado los hombres: el cielo, el aire, 
la luz. 

David 

¿Y tu mayor suplicio? 

Perseo 

Oir el comentario de los viajeros. 

David 

¿Cuáles, de los que te miran, te comprenden? 
Perseo 

Los de muy arriba y los de muy abajo: los que vienen 
trayendo en el alma una idea con que compararme, y que 
generalmente permanecen mudos, y los niños vestidos de 
harapos que, en los brazos de las mendigas, se acercan a 
tocar las estatuitas de mi pedestal y manifiestan, son- 
riendo, su alegría: ¡Come e bello! 

David 

¿En qué reconoces a los que son dignos de mirarte? 
Perseo 

En que cuando ellos me miran siento como si el fuego 
de la fragua volviera a arder en mis arterias de bronce, 



124 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



y me transmitiera otra vez el soplo creador, y me comu- 
nicara de nuevo los estremecimientos sobrehumanos, las 
angustias feroces, los júbilos sublimes, de la forma que 
va a ser y que va a infundirse en las entrañas de la mate- 
ria obscura y rebelde. Después, en una especie de sueño, 
veo que renazco en tierras lejanas, entre gentes que no 
vi jamás, reencarnado en palabras armoniosas, o en doc- 
tas lecciones de belleza, o en figuras heroicas que brotan 
de la piedra y el color, o simplemente en una blanca idea 
que se queda, con el pudor de las vírgenes vestales, en la 
soledad de un noble pensamiento. 

David 

Perseo: ¿volverán al mundo la alegría, la abundancia 
de la invención, la jovial energía creadora? 

Perseo 

Cuando los hombres vuelvan a creer en los dioses. 
David 

¿Con fe de belleza? 

Perseo 

No, con fe de religión. El mundo se dará nuevos dioses. 
A la fe en la divinidad omnipotente e infinita sucederá otra 
vez la fe en divinidades parciales, númenes benéficos y 
activos, pero de poder limitado, que ejercerán en orde- 
nada jerarquía el gobierno de las cosas, y con los que se 
entenderán más fácilmente los hombres, porque la limita- 
ción de su poder explicará la de su favor y su justicia. Y 
dioses y mortales colaborarán en la misma obra universal. 



EL CAMINO DE PAROS 



125 



David 

De mi posteridad nació el que vino a redimir el mundo 
y es el sólo Dios verdadero. Cristo no morirá jamás. 

Perseo 

¿Y por qué ha de morir? Bajo el claro cielo de Floren- 
cia se conciliaron ya la luz del Evangelio y la filosofía 
que dictaron los dioses. ¿Ves ese resplandor que dora la 
frente de mármol de Neptuno? Es el sol que viene de ilu- 
minar la altura del Calvario y las ruinas del Parthenón. 

Las vestales de mármol de la logia 
de orcagna 

¡Apolo! ¡Apolo! Tráenos, para Florencia, nueva inspi- 
ración y nueva gloria. 



Florencia, 1916. 



Y bien, formas divinas... 



(Pensado en la «Sala de la Niobe», 
de la Galería de los Oficios) 



Y bien, formas divinas, Ideas de mármol, dioses 
y diosas, semidioses y héroes, ninfas y atle- 
tas, ¿qué os falta para la plenitud del sér, para la realidad 
entera y cabal? ¿Por qué un glorioso entendedor de vues- 
tra belleza sintió exhalarse de vuestros labios inmóviles 
la melancólica nostalgia de la conciencia y de la vida? 
¿Para qué el beso de Pigmaleón? ¿Para qué el martillazo 
de Miguel Angel en la frente de Moisés? ¿A qué vivir, a 
qué cambiar, cuando se ha llegado a una serena perfec- 
ción?... Si la vida os hubiera arrebatado en su corriente, 
el tiempo habría marchitado vuestra juventud, el pensa- 
miento habría quemado vuestra serenidad, la lujuria ha- 
bría mancillado vuestra carne; vuestra belleza no hubiera 
sido sino una sombra fugaz, y hoy compartiríais la muer- 
te con la multitud de generaciones humanas que habéis 
visto pasar y deshacerse, como nubes de polvo que el 
viento arremolinara en derredor de vuestro pedestal. 

Vuestro sér está perenne en una expresión, en un 
gesto, en una actitud. Sois un momento eternizado; la 
inmortalidad del momento en que vuestro carácter idea, 



128 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



se manifestó por entero en una apariencia y en un acto. 
Todo lo demás de la vida no es sino redundancia o decli- 
nación. Cada criatura humana tiene en su desenvolvi- 
miento real un dichoso momento en que culmina; en que 
sus facultades y potencias llegan al más equilibrado pun- 
to; en que la realidad circunstante le ofrece como marco 
la situación capaz de destacar plenamente la fuerza que 
trae dentro de sí y que da el por qué de su existencia. Si 
en ese momento se detuviera para cada uno de nosotros 
el vuelo de las Horas, y quedáramos así eternamente, ¿no 
valdría esto más que el torbellino de formas sucesivas 
con que nos precipitamos a la final disolución? Todos 
merecemos la estatua en alguna ocasión de nuestra vida; 
todos, hasta los que llevan más hondamente soterrada su 
chispa celeste bajo la corteza de la vulgaridad, tenemos 
un instante en que seríamos dignos de quedar encantados 
en el mármol, con el semblante, con el ademán, con el 
alma plástica en que volcamos lo más íntimo de nosotros 
y que no llegaremos a reproducir jamás. Pasado ese ins- 
tante, vértice en que coinciden, como a la luz de un re- 
lámpago, la realidad y la idea, volvemos al dominio de las 
formas borrosas, de las que sólo puede redimirnos la in- 
terpretación del artista, restituyéndonos, por milagro y 
para siempre, a aquel momento único. Vosotros sois los 
redimidos, los que gozáis de libertad; nosotros, los galeo- 
tes amarrados a los remos del tiempo. 

No hay manera mejor de sonar para los hombres la 
inmortalidad de ultratumba, que imaginarla como vuestro 
estado: una supervivencia de la personalidad, reducida a 
sus líneas esenciales, a su valor característico, sin la 
mezcla de lo accidental y disonante, y eternizada en el 
momento representativo en que trascendió, toda entera, 
a la acción. Yo me figuro el mundo que se abre al otro 
lado de la muerte, como una galería de infinitos mármoles; 



EL CAMINO DE PAROS 



129 



como una asamblea de miríadas de estatuas, que resplan- 
decen en la luz sin aurora ni crepúsculo. Cada alma, su- 
blime o abyecta, angélica o diabólica, perdura allí en la 
actitud estatuaria que la determina y diferencia: el santo, 
en el éxtasis de la oración; el poeta, en el vuelo de la 
fantasía; el héroe, en el ímpetu de la batalla; el asesino, 
en el arrebato del crimen. Y de la conciencia de cada una 
de esas actitudes inmóviles nace la eterna sanción: el tes- 
timonio perenne de la culpa en el sentimiento íntimo del 
réprobo; del merecimiento, en el del justo: infierno y 
cielo mil veces más eficaces que los de abrasadoras 
llamas y paradisíacos deleites. 

¿Qué os falta, pues, si no necesitáis la sucesión de la 
vida? ¿La luz de la conciencia que ilumine vuestra eter- 
nidad de perfección, para que podáis complaceros en 
ella?... Pero, ¿es qué falta en realidad? Esta luz interior 
que nos hace espectadores de nosotros mismos, ¿es sin- 
gularidad del hombre, o es un radical atributo del sér que, 
en gradaciones y modos diferentes, abarca desde la con- 
ciencia del átomo hasta la del humano pensamiento, para 
remontarse acaso a luces aún más altas y puras? ¿Qué 
sabemos nosotros de lo que pasa dentro del animal, de la 
planta y de la piedra? Sólo comprendemos el género de 
conciencia que nos fué concedido, y cuando ideamos las 
perfecciones de la Divinidad la hacemos consciente ala 
manera de nosotros. Y si la posibilidad de las formas de 
conciencia es infinita, ¿quién puede imaginar el género de 
luz que cabe en el oculto sér de la obra bella? ¿Quién 
afirma ni niega el contemplativo arrobamiento, la inefable 
beatitud, que cautela acaso la impasibilidad helada del 
mármol donde perdura la Belleza? 

¡Formas divinas, arquetipos de mármol! Si la gota de 
agua que se desploma confundida en la curva del Niágara 
mira, al pasar, las inmutables rocas de la orilla, no las 



EL CAMINO DE PAROS 



9 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



verá con otro sentimiento que el que yo, gota de agua en 
el torrente que rueda a la muerte y al olvido, os consagro 
a vosotros, inmutables en vuestra ideal serenidad. Devo- 
rará el tiempo su periódica ración de cosas nobles. Se 
apagará el color en las telas donde fijó el Renacimiento 
sus visiones radiantes, y ya sólo vivirán en la copia y el 
recuerdo. Dejarán de hablarse los idiomas en que hoy se 
expresan los hombres; y así, de la palabra del poeta no 
restará sino la idea mutilada en sus connaturales alas de 
armonía. Pero para vuestra juventud no habrá desmedro, 
para vuestra gloria no habrá ocaso. Hombres nuevos, 
cuya concepción de la vida y de las cosas nos produciría, 
si alcanzáramos a vislumbrarla, el vértigo de lo incom- 
prensible, se detendrán ante vuestra hermosura, que es la 
hermosura humana en su más genérica y simple idealidad, 
y la sentirán cabalmente, como sentirán la belleza de la 
puesta del sol y la del mar, y la de la montaña. Y luego 
pasarán esos hombres, y sus imperios serán humo, y 
sombra sus pasiones, sus verdades, sus leyes y sus dio- 
ses, y vosotras quedaréis, serenas como las estrellas del 
cielo. ¡Formas divinas, arquetipos de mármol! 



Florencia, 1916. 



Recuerdos de Pisa 



Hay un particular matiz de tristeza que me parece 
propio de los pueblos que un día fueron poderosos 
y grandes y que han perdido la actualidad de la gloria, 
pero no la dignidad de los hábitos ni la idea de sus tradi- 
ciones. Es la tristeza de la casa de hidalgos de donde ha 
desertado la fortuna sin llevarse consigo la distinción ni 
la altivez, Es un sentimiento melancólico que se filtra al 
pasar por los «dejos» de la grandeza secular, por la cos- 
tumbre adquirida del respeto ajeno; por la conciencia, a 
un tiempo abrumadora y enaltecedora, de una historia 
que no ha de superarse nunca.,. Algo de esto se me figuró 
percibir en Portugal, donde las saudades de la gloria 
pasada ponen como una suave penumbra en el carácter de 
las gentes y de las cosas. Y algo de esto también percibo 
en el silencio y la quietud de Pisa. 

Pisa la batalladora, la hacendosa, la inspirada; la que 
custodió, por tres siglos, contra la barbarie sarracena, el 
mare nóstram de la civilización, y reconquistó a Cartago 
para los herederos de Roma; la que soltó a los vientos de 
Oriente las velas de sus barcos y llevó a los cruzados al 
rescate del sepulcro de Cristo; la que, con los mármoles 
de sus arquitectos y sus estatuarios, anunció en la noche 
la aurora del Renacimiento; la que, ya abatida de su pros- 



132 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



peridad, ganó aún otro género de gloria y enseñó al mun- 
do, con el más grande de sus hijos, los secretos del cielo... 
Ahora duerme, pero su sueño es admirable. 

Todo concuerda armoniosamente en ella para suge- 
rir una impresión de tristeza noble, de elegía en tono 
heroico. El Arno, atravesado a largos trechos por los 
puentes que unen los dos barrios de la ciudad, pasa 
lento y opaco. Parece que recuerda, parece que piensa... 
La soledad, el silencio, dulces númenes por que suspiráis 
en otras partes, no necesitan ser buscados en esta sede 
de meditación: ellos os esperan a la puerta. Las maravillas 
monumentales que atraen el paso del viajero están reuni- 
das todas en el punto más apartado y desierto de la ciudad. 
El Campo Santo es, artísticamente, la mitad de Pisa, y él 
os presenta la idea de la muerte en su forma más sencilla 
y austera. La inclinación del Campanile es también, a su 
modo, expresión de abatimiento, de laxitud meditabunda. 
El mismo cielo, este cielo ideal de la Toscana, contribuye 
aquí al carácter que señaló, porque manifiesta su más di- 
vina transparencia en la agonía de la luz. Yo no he visto 
en parte ninguna morir la tarde de manera tan soberana- 
mente bella como en Pisa. Mirando desde la curva del 
Lungarno, véis al Oriente, sobre la ciudad obscura, la 
montaña, que se envuelve en un suavísimo velo de rosa, 
mientras, como cincelada en el oro del ocaso, resalía la 
vieja «Torre de la Ciudadela» y se aureola con la última 
llamarada de sol, de modo que las encendidas troneras de 
la torre semejan las dos pupilas de un gigante, que os 
miran... os miran... hasta apagarse en un morendo de 
adiós. 

Junto a toda grandeza caída veréis alzarse el impro- 
visado favor de la fortuna. El mar, también infiel con Pisa, 
la dejó paulatinamente sin puerto, retirándose empujado 
por las arenas del Arno; y sobre la ruina de su florecí- 



EL CAMINO DE PAROS 



133 



miento comercial, se levantó a la animación y la riqueza 
la cercana Liorna, ciudad de tiendas y almacenes; ciudad 
sin arte, ni recuerdos, ni sugestión ideal, aunque con 
playas balnearias muy hermosas, que no bastan para con- 
quistarme a mí, de la margen oriental del Río de la Plata. 
Mientras Liorna trafica y lucra, Pisa la moría reconcen- 
tra la melancólica mirada en su gloriosa Plaza del Duomo, 
lugar de hierba y de sol, campo de soledad, donde guar- 
da sus cuatro alhajas de mármol: el Duomo majestuoso, 
el incomparable Baptisterio, el oblicuo Campanile y el 
Campo Santo, historia de piedra y tesoro de arte. No in- 
curriré en la trivialidad de pintaros estas cosas, que entran 
en el orden de las que son familiares a toda persona de 
alguna lectura, descritas como están, desde las reseñas 
de las Guías hasta el comentario de los maestros. Duomo, 
Baptisterio y Campanile tienen por carácter común los 
cordones de columnas sobrepuestas, formando remontados 
pórticos; y nada iguala la levedad, la gracia, la armonía 
de ese desenvolvimiento aéreo de las columnas, que mul- 
tiplican, sobre el fondo de radiante luz sus esbeltos fustes 
blancos, y parecen levantar en su vuelo todo el cuerpo de 
la obra, de modo que no aparente pesar sobre la tierra. 

Si se tratara de encarecer la belleza de este Campa- 
nile preferiría, sin duda, no haber visto luego el de Flo- 
rencia, joya finísima que el césar Carlos V hubiera de- 
seado preservar bajo un fanal; estupendo alarde de Qiotto, 
en que el mármol adquiere la delicadeza y el primor del 
marfil pulido y taraceado. En cambio, pienso que Floren- 
cia trocaría sin vacilar el Baptisterio de su Duomo, a pe- 
sar de las puertas de Ghiberti, por este prodigioso Bap- 
tisterio de Pisa, agigantada copa de Benvenuto; rotonda 
la más bella y majestuosa que hayan visto mis ojos ni 
conciba mi imaginación. El dibujo del Campo Santo cabe 
en pocas palabras: cuatro muros de mármol y un recuadro 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de tierra, rodeado de otras tantas galerías, que abren 
sobre él sus arcos ojivales. En las galenas, pinturas des- 
vanecidas por el tiempo y mármol de estatuas y sepulcros. 
Nada más que esto. Pero ¡qué digno y penetrante senti- 
miento en esa suprema sencillez! ¡Qué feliz abandono en 
el florecer desordenado y libre de ese montón de tierra 
sagrada, a los pies de los cuatro gigantescos cipreses, tan 
admirablemente puestos en los ángulos del patio inundado 
de luz! Y en las esculturas funerales y los apagados fres» 
eos ¡qué mundo de evocaciones, de emociones, de ideas, 
para quien se acerque a ellos, ya con el entendimiento 
del arte, ya con el entendimiento de la historia! 

Por la noche, recorrida esta ciudad añeja y triste, en 
la medio obscuridad a que se reduce el alumbrado desde 
el principio de la guerra, completa admirablemente su 
carácter. Abandonándome entonces, sin rumbo, por aque- 
llas callejuelas tortuosas, entre aquellos muros de castillo, 
bajo aquellas arcadas vetustas, yo experimentaba la ilusión 
de que bogaba contra la corriente del tiempo. En este 
andar contemplativo, cualquier insignificante accidente, 
un ruido de pasos, el temblor de una luz detrás de una 
ventana, el acorde de un instrumento musical, que el eco 
diluye en el silencio, surten en la imaginación el efecto 
de mágico conjuro, y bandadas de recuerdos acuden a 
desenvolver la impresión real en una soñada perspectiva. 
Yo sentía iluminarse en mi interior, con más fuerte colo- 
rido que nunca, todo el cuadro de esta maravillosa Italia 
del crepúsculo de la Edad Media; toda la vida legendaria 
y dramática, cívica y guerrera, enamorada y devota, de 
estas ciudades donde el mundo feudal dió de sí los prime- 
ros fulgores de la civilización moderna. Me representaba, 
viendo cómo todo habla, en la estructura de la ciudad, de 
la prevención para el peligro y la defensa, el perenne 
hervor de discordia, el implacable desgarramiento de ios 



EL CAMINO DE PAROS 



135 



bandos, blancos y negros, güelíos y gibelinos, y la imagen 
de nuestro reciente pasado americano se levantaba en mi 
memoria como término de comparación. Sí: la América 
de la primera mitad del siglo XIX, con las alternativas del 
tumulto popular y de la tiranía aquietadora; con el mal 
donado fondo de barbarie, sobre el que cruzan magníficos 
relámpagos de heroicidad y sacrificio, de virtud y abnega- 
ción; con la soberanía natural del caudillo, del conductor 
de multitudes, que aquí era el capiiano del popólo o el 
podestá, encaramado por un golpe de audacia, para mos- 
trar alguna vez, como sucedía en el caudillo nuestro, la 
garra leonina, y levantarse, con los Burlamaschi y los Cas- 
truccio Castracani, por sobre la línea que separa al con- 
dotiero del César. Claro está que pone una diferencia, 
en medio de las semejanzas, el creador aliento de arte 
que soplaba entre las convulsiones de aquel caos. 

Dos sombras flotan a mi alrededor desde mi primera 
mañana de Pisa: la sombra de Dante y la de Byron. — En 
la Plaza de los Caballeros, que antes se llamó «de los 
Ancianos», Foro de la vieja república, una inscripción en 
una casa ruinosa, que hoy ocupa humilde taller de impren- 
ta, dice así: 

QUI SORGEVA LA TORRE DEI GUALANDI. 
LA TRAGICA MORTE 
DEL CONDE ÜGOLINO DELLA GHERARDESCA 
LE D1E iL TITOLO DELLA FAME 
E SUSCITÓ NEL DIVINO ALIGHIERI 
LO SPEGNO ED IL CANTO 
DONDE IL RÍCORDO DEL MISERANDO CASO 
SI ETERNA. 

La pavorosa torre que vió al caudillo güelfo y a sus 
hijos perecer de hambre; el proscenio de la más trágica 
de las escenas que arrancó a la realidad de su tiempo el 
soberano poeta de lo divino y de lo humano, no existe 



136 



JOSÉ ENRIQUE *RODÓ 



desde hace más de dos siglos. Pero la imaginación recons- 
truye la torre fácilmente, inspirándose, allí donde estuvo, 
en la plástica energía del episodio dantesco. Las cosas 
circunstantes no se oponen a esa representación. Al lado 
véis el que fué «Palacio de los Ancianos», transformado, 
al gusto del Renacimiento, por Vasari, y convertido aho- 
ra en Escuela Normal. A la derecha, la Iglesia de los Ca- 
balleros ocupa el lugar de la «de San Sebastián», donde 
se reunió el consejo que pronunció la infame sentencia. 
Gozo, pues, de la visión en su alucinante plenitud. Oigo 
el chirriar de la llave que se cierra tras los sepultados vi- 
vos; veo el grupo macilento que pide pan, y se me figura 
que retumba en los aires la imprecación desgarradora: 

¡Ahi dura térra, perché non t'apristi! 

Horas más tarde, me muestran, al través del Arno, 
sobre la margen izquierda del río, la casa donde, según la 
tradición, se hospedó el altísimo poeta, acogido en Pisa 
por el vencedor Ugoccione della Faggiola, cuando lo más 
recio de la lucha entre güelfos y gibelinos. Durante su 
permanencia aquí, escribió gran parte de su tratado polí- 
tico «De la Monarquía» y aquella carta stiya, de tan vi- 
brante «italianidad», a los electores del sucesor de Cle- 
mente V. Por entonces también, mecía en su pensamiento 
el Purgatorio: no la parte más llena de fuerza, pero sí, 
quizá, la más empapada de suave y comunicativo senti- 
miento, en la sublime trilogía; la parte en que dió sér poé- 
tico a sus más nobles y encantadoras criaturas, amables 
sombras que me parece ver vagar entre las copas de los 
árboles que circundan la casa donde, posiblemente, fue- 
ron concebidas: Pía la infortunada, Nella la fiel; Lía y 
Matilde, dulcísimas maestras, y sobre todas, la celeste 
Beatriz. 

En cuanto a Byron, sabido es que vivió diez meses en 



EL CAMINO DE PAROS 



157 



Pisa, poco antes de ir a doblar la frente en el regazo de 
la Héíade materna. Una lápida que veo sobre un muro, en 
el Lungarno Mediceo, evoca en mi memoria la figura del 
misántropo lord y los recuerdos de su paso por la ciudad 
de ía inclinada torre: 

GíORGIO GORDON NOEL BYRON 
QUí 

DIMORÓ DALL'AüTUNNO DEL 1821 ALL'ESTATE DEL 1822 
E SCRISSE SEÍ CANTr DEL «DON GfOVANNl». 

Esta vieja mansión, que consagró la presencia del 
poeta, es el Palacio de Lanfranchi, nombre que los ter- 
cetos dantescos envuelven en su imperecedera resonan- 
cia, citándolo entre los de los cómplices del terrible 
arzobispo Rugiero. Atribuyen el diseño del palacio a Mi- 
guel Angel. El mármol déla fachada tiene ese color inde- 
finible, que no sé cómo llamar, si no me dejáis que diga 
«color de tiempo». De allí, pues, salió para el mundo la 
más bella de las reencarnaciones de D. Juan. Y allí vivió 
Byron mismo su más interesante episodio de amor. Esas 
paredes, que parecen de una tétrica cárcei, fueron testi- 
gos de su famosa aventura con la Condesa de Quiccioli, 
la tínica mujer que, por algunos años, encadenó su incons- 
tancia; flor de delicadeza, de gracia y de melancolía, 
cuyo aspecto casi infantil sugirió la leyenda de la amante 
impúber, que aún se suele repetir vanamente a pasar de 
los veintitrés años cumplidos que, a la fecha de estos 
amores, se le han contado a la heroína de la historia. — La 
Condesa de Guiccioli, que tenía un escogido sentimiento 
literario, prefería inspirar hermosos versos a escribirlos, 
y la Profecía de Dante, que es de las obras menores 
contemporáneas del Don Juan, fué sugestión venida de 
ella. Por lo demás, la vida del romancesco personaje, du- 
rante su temporada de Pisa, no dejó otros recuerdos que 



138 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la de un lord castizamente metódico y fiel a los sports. 
Al declinar la tarde, salía, en cabalgata de amigos, por la 
«Porta delle Piagge», prolongación del Lungarno Medi- 
ceo, o con rumbo a las «Cascine di San Rossore», 
donde se adelantan hacia el mar hermosos bosques de 
pinos. Antes de la vuelta, solía detenerse para tirar a la 
pistola, ejercicio en el que cifraba uno de esos piques de 
vanidad que los grandes ponen a menudo en sus habilida- 
des pequeñas. Cuando regresaba del paseo, la jovial ex- 
presión o la displicente frialdad de sus saludos mostraban 
a las claras si había ganado o perdido la partida. 

Fué aquí donde pasó por la mente del autor de «Don 
Juan», la idea de ir a buscar libertad y sosiego en la 
recién emancipada América Española. Pero se cruzó la 
insurrección de Grecia: Grecia fué nuestra rival y quedó 
de preferida. Y fué asimismo aquí donde concertó con 
Shelley, que viajaba como él por Italia y con otro escritor 
amigo, Leigh Hunt, la publicación de un periódico en 
Londres. — Sabedlo, compañeros de profesión, los que no 
lo sabíais. El espíritu más rematadamente aristocrático 
de la literatura del siglo XIX militó también en nuestro 
gremio. ¡Lord Byron redactor de periódicos! (Recuerdo 
el tono despectivo de Momsen para caracterizar a Cice- 
rón: ¡Era un «periodista!..») Sí, por cierto; y su periódi- 
co se tituló como el de cualquier moderno paladín del 
librepensamiento provinciano: se tituló El Liberal. El 
liberalismo estaba entonces en su fresca aurora, y tenía 
para las almas de elección el singular prestigio de las 
ideas que aún no han pasado a incorporarse a los bienes 
mostrencos del sentido común. Los micifuces y zapirones 
de 1822 eran, por lo general, conservadores. El rebelde 
Hárold, aunque no hubiera opinado contra ellos por su 
generosa pasión de libertad, se les hubiera opuesto por 
soberano instinto de contradicción. —¿Y a que no acertáis 



EL CAMINO DE PAROS 



139 



cuánto duró el periódico de Byron?... ¡Tres números! 
Bien es verdad que sobrevino, para malograr la empresa, 
la arrebatada muerte de Shelley. 

Shelley, el pagano por el pensamiento y por el arte; el 
intérprete del furor de Prometeo, el no superado precur- 
sor de la apología satánica, que conoció nuestra genera* 
ción en las letanías de Baudelaire y el himno de Carducci, 
halló la muerte, con el vuelco de la barca que le conducía, 
en el golfo de Spezia. Byron quiso tributar a su hermano 
en rebelión y en genio un funeral antiguo. A la orilla del 
mar homicida, sobre la desierta playa de Viareggio, con 
las montanas apuanas por fondo, hizo encender la hogue- 
ra mortuoria. En ella vió consumirse el cuerpo del poeta, 
menos su corazón, que resistió a las llamas y fué conser- 
vado en espíritu de vino. Terminada la austera ceremonia, 
se lanzó de un ímpetu al mar y, nadador intrépido como 
era, llegó braceando hasta su scfiooner, anclado a varias 
millas de la costa.— ¿Qué lector americano habrá que no 
recuerde con orgullo que el yacht de Byron se llamaba 
Bolívar? 

Pero aún. esperaba al indomable Hárold, en este som- 
brío palacio de Lanfranchi, un dolor más agudo. Pocos 
días antes de alejarse de él, supo la muerte de su hijita 
de cinco años, Allegra, que educaba en el convento de 
Bagno Cavallo, La paternidad fué siempre como un hilo 
de aguas dulces en aquel corazón de soberbia y amargu- 
ra. Cuando volvió del doloroso estupor que la Condesa 
de Guiccioli refiere en sus memorias, escribió a un ami- 
go de Londres para que su ángel fuera enterrado en el 
cementerio de Harrow, donde él solía vagar en su niñez 
meditabunda, y quiso que en la lápida se inscribiesen 
estas palabras, tomadas al Libro de los Reyes: Yo iré 
hacia ella; ella no vendrá más a mí. 

Esos recuerdos se despertaban en mi espíritu mien- 



140 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tras, antes de abandonar a Pisa, la recorría de nuevo en 
serena tarde de Otoño. —Me inclino con el pensamiento 
al pasar por una casa cuyo frente reparan: es la vieja 
«Sapienza», donde enseñó Qalileo y estudió Carducci y 
que aún mantiene sus prestigios; admiro, cruzando uno de 
los puentes, la filigrana de mármol de «Santa María de 
la Espina...» y vuelvo, una vez más, a la Plaza del Duomo, 
y me extasío ante el Baptisterio, que cada vez encuentro 
más hermoso, y me sumerjo en la divina serenidad del 
Campo Santo, cuyos cuatro cipreses me parecen ya vie- 
jos amigos a cuya sombra no sería ingrato dormir. 

Noble es la tristeza de Pisa, pero por noble llega más 
a lo hondo del alma; y como penetrado del llanto de las 
cosas— sunt lacrimae rerum— empezaba a sentirme ex- 
cesivamente melancólico, cuando he aquí que, de vuelta 
a mi alojamiento, me envuelve de improviso una onda fer- 
vorosa de juventud, de alegría, de entusiasmo y de pa- 
tria. Es un grupo de jóvenes venezolanos, que siguen en 
esta ilustre Universidad sus estudios de medicina y que, 
conocedores de mi presencia, me forman, para mis res- 
tantes horas de Pisa, el más afectuoso y grato acompa- 
ñamiento que yo hubiera podido imaginar. «Arielizamos» 
en sobremesa platónica; recordamos largamente la Amé- 
rica lejana y querida, y les oigo, con íntimo deleite, sobre 
aquel fondo de grandezas muertas, levantar los castillos 
de las tierras del porvenir. 

En la ribera izquierda del Arno, donde está el barrio 
relativamente moderno y donde, en correspondencia con 
esa modernidad, se levanta la estatua de Víctor Manuel, 
la ciudad adquiere cierto movimiento, cierto ruido, cierto 
resplandor de vidrieras, y por lo mismo, se caracteriza 
un tanto. Allí podrían holgar los futuristas de Marinetti, 
que piden, según acabo de leer entre los lemas de su pe- 
riódico, la «modernizzazione violenta delle cita passatis- 



EL CAMINO DE PAROS 



141 



te». ¡Y no hay duda de que esta ciudad entra en el nú- 
mero de las señaladas de ese modo! 

Un aspecto callejero de la Pisa actual: písanos y pisa- 
nas gustan extraordinariamente de la bicicleta. Estas mo- 
dernas máquinas, no rara vez dirigidas por leves pies fe- 
meniles, cortan en raudos zig zags ia soledad de la vetus- 
ta Via del Borgo o de la Plaza de los Caballeros, donde 
aún se figura la imaginación en tiempos de Ugolino. No 
me parece mal. Pero confieso que preferiría, dentro de 
tal marco, literas y carrozas, o ios caballos de la paseata 
que interrumpe «el triunfo de la Muerte», en el famoso 
fresco del Campo Santo. 



Florencia, Octubre 1916. 



Un documento humano 



Cuando la toma de Gorizia, cayó prisionero, y con la 
razón conturbada, un Oficial del Regimiento 87, 
4.° Batallón, del ejército austríaco. Este oficial llevaba enel 
bolsillo un cuaderno de memorias, un «diario psicológico», 
donde había anotado sus impresiones de la vida de campa- 
mentos y trincheras, durante el mes anterior a aquel me- 
morable hecho de armas. Del teatro de la guerra pasó ese 
cuaderno,— hasta hoy desconocido para el público—, a 
ciertos círculos intelectuales de Turín. 

Debo a la buena amistad del señor Camilo Ferrúa, el 
conocimiento de ese curioso manuscrito, que con su 
autorización ofrezco, brevemente comentado, a los lecto- 
res de Caras y Caretas. Es, según se decía en tiempos 
del naturalismo, un admirable «documento humano», una 
confesión enteramente libre de artificios, donde un hom- 
bre sin notoriedad, ni extraordinaria condición alguna, tal 
vez sin gran iniciación literaria, pero, sobre toda duda, 
dotado de eficaz instinto de expresión, descubre el fondo 
de su pensamiento, con la ingenuidad y el abandono de 
quien habla para sí mismo, y deja así poderosamente re- 
flejada la imagen de su personalidad, que interesa como 
todo lo que tiene el sabor de la verdad humana; acertando 
no pocas veces con la frase penetrante, segura, insusti- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tuíble, como estampada por el agua fuerte sobre lámina 
de acero. 

En el taller de Leopoldo Bistolfi, rodeados de formas 
estatuarias que hablan «del dolor y la muerte», leíamos 
estas páginas, también de muerte y de dolor, y el grande 
artista señalaba atinadamente, en el transcurso de ellas, 
relámpagos del humour heiniano.— Explicables respetos 
me obligan, y es lástima, a suprimir o atenuar, en la tra- 
ducción, palabras de brutal crudeza, toques de realismo 
feroz, que contribuyen a la cruel energía del original. 

Comienza el despreocupado psicólogo repartiendo sus 
dardos entre ambos campos enemigos: 

«15 de Julio.— Los italianos cantan mientras huelgan. 
¿Cantan para darse coraje o porque se sienten coristas 
de opereta hasta en presencia de la muerte?» 

A renglón seguido de esta ironía para la parte de acá, 
vuelve su arco del lado de Germania, y dispara irreveren- 
temente sobre el olímpico Júpiter de Weimar: 

«18 de Julio.— Se dice que el pobre Oin se ha suici- 
dado. Tal vez se ha suicidado de miedo. «Será enterrado 
en la bocacalle aquel que se dé la muerte por su mano», 
dice Heine. ¡Ah, los alemanes tienen un sólo gran poeta, 
que es Heine. pero no lo quieren reconocer por suyo! 
¿Quién me objeta con Goethe? Ciertamente, Goethe, era 
tudesco, ¿pero acaso era Goethe poeta?... Suele decirse 
que también era filósofo. ¡Muchas gracias! Porque puso 
en rima las más sublimes tonterías, era poeta; porque no 
hay diablo que le entienda, era filósofo... ¡Cuánta más 
poesía no encierran las estancias de nuestro pobre Wils- 
sen (?) que todas las páginas del «Fausto»? 

La apuntación que sigue es interesante para compren- 
der el estado de alma de este infortunado dentro de la 
guerra que le arrebata sin llegar a mover su voluntad: 

«20 de Julio —Hoy se ha conmemorado el aniversario 



EL CAMINO DE PAROS 



145 



de Lissa. ¡Je m'en fiche! (Traduzco por esa frase fran- 
cesa la expresión, mucho más ruda, del original). Ocasión 
para misas campales y discursos patrióticos... El cape- 
llán ha dicho hoy tantas misas que ha de haberse embria- 
gado de la sangre de Cristo... Banquetes, brindis, vino 
espumante, triples vivas... No hay duda: ¡una estupenda 
cosa el patriotismo! ¿Se me reprobará que yo no lo sienta? 
Perdón: yo nací eslavo, pasé la infancia en Viena, la ado- 
lescencia en Budapest, tres años en Suiza, seis en París... 
Dígaseme en conciencia si un pobre diablo como yo, que 
ni siquiera sabe lo que es, puede sentir sinceramente el 
patriotismo austríaco!» 

Vienen después dos notas humorísticas que parecen 
de Heine, y tras ellas una pincelada de realidad gue- 
rrera, de esas que mueven en la imaginación el asco del 
heroísmo y la gloria: 

«21 de Julio.— Hoy el mayor me ha presentado sus 
felicitaciones. Parece que me he portado como un héroe 
frente al enemigo; que recibiré una medalla por mi valor, 
etcétera. (¡Y qué mal le olía la boca mientras me decía 
todo esto!) Cuando afirma que yo tengo valor prueba ser 
un asno. Una cosa es tener valor y otra no tener miedo. 
Yo no poseo más que la cualidad negativa. Pero sería 
pretender demasiado, exigir que un mayor sea al mismo 
tiempo un psicólogo. Basta con que sea un etnólogo. 

«22 de Julio. — ¡Hora trágica! Y, sin embargo, es ne- 
cesario que ría. Un casco de granada ha mutilado de 
la peor manera a mi asistente. ¡Desventurado inválido 
que, a diferencia de los otros, no podrá ensenar sus glo- 
riosas heridas a las muchachas de su aldea! 

«25 de Julio.— ¡Hora trágica! El cansancio me había 
rendido al sueño. Me desperté de súbito, y no por el 
estampido del cañón. Es que sentía resbalar por las me- 
jillas una substancia blanda, caliente, que me rozaba los 



EL CAMINO DE PAROS 



10 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



labios... ¡Oh, Dios mío! Eran los sesos de un pobre cabo 
que yacía a corto trecho de mí, con la cabeza hecha 
pedazos... ¡Nunca más me libraré én la vida de esta 
horrible impresión!» 

No es menos crudo y enérgico el color de las notas 
siguientes: 

«28 de Julio.— He dormido tres días; me siento mejor. 
Por la noche, salimos a las trincheras. No hay nada que 
pueda dar idea del hedor de los montones de cadáveres. 
Se abre la boca para llevar a ella un bocado, y se pala- 
dea el aliento hediondo de la muerte. Cerca de mí veo un 
cuerpo humano destrozado, cuyo negro hígado hierve de 
gusanos. Voraces moscas vuelan del hígado a la cara. 
¡Qué repugnante, que asqueroso es esto! 

«30 de Julio. — No es ciertamente una diversión estar 
en las trincheras bajo el fuego terrible de los italianos. 
¡Pródigos como grandes señores estos bellos tipos! De- 
rrochan insensatamente sus municiones, y les pasará al fin 
como a los franceses y a los rusos. Lo cual me tiene sin 
cuidado. En cambio, me importa mucho el espectáculo 
que se desenvuelve a mi alrededor. Cabezas, mochilas, 
piernas, brazos, y pelotones de tierra, palos de las carpas, 
descuajadas visceras: todo volando en confusión por el 
aire. Es una batahola como si el mundo volviera nueva- 
mente al caos. ¡No se puede negar que vale la pena de 
llegar a estos extremos por la posesión de unas cuantas 
rocas del Carso!» 

Apréciese la intención vengadora de esta apelación 
a la piedad maternal. 

«51 de Julio.— Noche terrible. Quisiera estar ya muer- 
to. Creo que es mejor conclusión morir que perder el 
juicio. Pienso en los pintores de batallas, y pregunto 
cuál sería el poeta capaz de poner en bellas rimas estos 
vientres destripados, estos pingajos de carne, estos tor- 



EL CAMINO DE PAROS 



147 



sos semideshechos, estos lodazales de sangre, estos 
sesos fuera de su cráneo... ¡Cuánto daría por traer aquí 
una madre que tenga un hijo en la guerra!... ¡Ah, si las 
madres vieran esto, yo digo que al cabo de una semana 
no quedarían en ninguna parte del mundo reyes, empera- 
dores ni generales! Pero las infelices se imaginan, allá en 
su casa, que los heridos son cuidadosamente puestos en 
cura, y que a los muertos se les entierra con un crucifijo 
entre las manos... 

«¡Vivir en este horror y en esta podredumbre! ¡Y 
luego, aquel sabor de los sesos del cabo, en los labios!... 
¡Dios mío, cuando recuerdo esto me parece enloquecer!» 

Líneas más abajo: 

«51 de Julio.— S\ un Dios de lo alto viese los torren- 
tes de sangre que corren en las trincheras, diría que la 
madre Naturaleza paga su tributo periódico.» 

Los primeros asomos del transtorno mental alternan 
con curiosos rasgos de observación y de ironía en lo que 
ahora va a leerse. 

«2 de Agosto.— El médico opina que no es cosa de 
descuidar esto que tengo. Yo estoy mal, muy mal, sin 
duda. Dicen que deliro de noche. El alimento me da 
náuseas. ¡Siento en todo lo que como el sabor de los 
sesos del cabo! 

«3 de Agosto. —Se me concederá licencia por cuatro 
semanas. Esto es preferible a todas las medallas del 
mundo. Hoy, acompañado de Mollner, ftií al pueblo a 
visitar una muchacha. Difícil es hallar una armonía de 
formas como la de esta Gilda. Ni una línea de más, ni 
una de menos. La Venus yacente de Velázquez no es 
más bella. Yo prefiero lo macizo y rotundo, a la manera 
de la Margarita de Gorizia. 

«6 de Agosto. — ¡Hoy he visto a los soldados de la 
Landsturn con fusiles Mendel, y no podría expresar 



148 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la cómica impresión que me ha causado el aspecto de 
la bayoneta aplicada a ese fusil! Es verdad que los italia- 
nos usan todavía la lanza, pero lo antiguo no es ridículo; 
lo «fuera de moda», sí. A nadie se le ocurrirá reírse 
delante de un caballero con plena armadura de la Edad 
Media; pero todos se reirían de un ciudadano particular 
que se pusiera frac... y pantalón a cuadros. 

«7 de Agosto — Lloraría de este horrible dolor de 
cabeza. Para quien ha danzado en las trincheras la danza 
de la muerte, sólo queda abierto un camino: el del hospi- 
tal de locos. 

«—¿El general X... en Tarvis? Si queda mucho tiempo 
fuera de su casa, corre peligro de ser padre otra vez. 

«11 de Agosto. — Ayer he tenido fiebre. Me siento muy 
sin fuerzas. Estoy solo, contemplando la puesta del sol. 
Los cipreses del huerto se tifien de púrpura y de oro. 
Parece que una cosa dura como el acero hubiera chocado 
con mi alma y la hubiera roto en pedazos... Veo desde 
aquí la hortelana que baja a recoger el agua y luego la 
vierte en la pileta para que la beban los bueyes. Hace 
como la guerra, que saca a los hombres de su casa y los 
vuelca en las trincheras para que la muerte se los trague... 
No concibo cosa más estúpida que esta guerra de medio 
mundo contra el otro medio, tanto más cuanto que creo 
que después de ella las cosas quedarán, poco más o me- 
nos, como antes. ¡Ah, el cuerpo muerto de Luis XVI está 
esperando a sus colegas, y si tuviera la cabeza pegada al 
tronco se reiría!» 

Quedan algunas páginas de lectura difícil, por lo apa- 
gado y borroso de la letra. 

¿No hay un vivo interés humano, un caluroso aliento 
de verdad y de expresión en el soliloquio escrito de esa 
infortunada alma anónima, de ese pobre forzado de 
la guerra, a quien el huracán de odios que le arrastra 



EL CAMINO DE PAROS 



149 



lleva, de la ironía de su indiferencia antipatriótica, al 
horror y el espanto de la locura? ¿No percibís frecuen- 
temente, al través de su divagar desaliñado y febril, algo 
como la repercusión de ecos dispersos y flotantes que 
vienen de lo hondo del sentimiento colectivo, de la con- 
ciencia profunda de la humanidad, y que, acaso un día 
cercano, han de reunirse y rebosar en un inmenso 
clamor?.,. La parte más interesante, —si bien rara vez 
lograda — , de la historia, no es la que se escribe con 
el pensamiento puesto en el juicio de los otros, aunque 
estos «otros» sean la posteridad. Es, o sería, la de las 
confesiones personales que actores y espectadores escri- 
biesen con la absoluta sinceridad del testimonio íntimo 
y sin pensar que existen en el mundo imprenta y lite- 
ratura. ¡Cuántas «impresiones» como esas que la casua- 
lidad ha puesto en mis manos podrían recogerse en 
cartas que se perderán para siempre ignoradas, en «dia- 
rios íntimos» que se rasgarán cuando haya pasado la 
situación de ánimo a que sirvieron de expansión y con- 
suelo! ¡Cuántas más quedarán sin signo escrito y sólo 
sobrevivirán precariamente a favor de la tradición do- 
méstica! ¡Y qué preciosa luz derramaría un archivo 
de esos humildes e ingenuos «documentos humanos», 
para el hombre del porvenir que se proponga desentra- 
ñar la realidad oculta en el fondo de este momento 
extraordinario de la historia del mundo! 



Tarín, Diciembre 1916. 



La esperanza en la Nochebuena 



Presencié desde mi asiento del tren, una escena de 
despedida en que una mujer de cabellos blancos 
decía a una niña vestida de luto: 

— Vé, hija mía, que esta Nochebuena nos traerá 
la paz. 

El tren partió. Y aquellas palabras quedaron vibrando 
en mis oídos, extrañamente concertadas con el ruidoso 
alentar del monstruo de hierro, que me parecía repetirlas, 
silabearlas y acordarlas a tonos distintos. 

Luego pensé:— La esperanza humana es como esas 
enredaderas a las que basta, para centro y sostén, el 
tenue rodrigón de un hilo. Busca su eje ideal y lo en- 
cuentra en una levedad, en un soplo, en una sombra. Por 
eso persistirán eternamente las infinitas formas de la fe, 
de que no nos eximimos los incrédulos. Son los rodrigo- 
nes de nuestras esperanzas. 

La señora de los blancos cabellos anima en la hija o 
en la nieta la esperanza de la paz, porque la Nochebuena 
está cercana, y en esa Noche vino al mundo el enviado a 
poner amor y concordia entre las gentes, aquel cuyo na- 
cimiento celebró el coro que oyeron los pastores: ¡Gloria 
a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres 
de buena voluntad! 



152 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Señora: hace mil novecientos diez y seis anos que esa 
voz propagó la buena nueva de una ley de caridad y de 
gracia. Si desde entonces ha habido gloria en el reino de 
Dios, lo sabrán los astros del cielo, que no quieren con- 
versación con nosotros; pero de las cosas del mundo sa- 
bemos en esos mil novecientos diez y seis años, que su- 
man unos cuantos centenares de miles de días, o sea no 
pocos millones de horas, y en estos millones de horas no 
ha pasado un minuto, uno sólo, en que el brazo del hom- 
bre no haya estado suspendido sobre el pecho del hombre; 
en que la sangre, el odio, la matanza, al Norte o al Sur, 
a Oriente o a Occidente, no hayan mantenido erguida 
sobre el mundo la sombra de Caín, eterna, inconjurable, 
soberana... 

Guerra para resistir la ley del Dios de amor y guerra 
para difundirla; guerra para imponerla en climas remotos, 
para resguardarla del error, para interpretar una palabra 
suya; guerra entre príncipes que se celan, entre pueblos 
que se aborrecen, entre clases que se incomodan y, lo que 
es más triste todavía, guerra entre gentes que ni se inco- 
modan, ni se aborrecen, ni se celan. 

¿Qué será, señora? ¿Será que no se explicó, o que no 
le entendieron? ¿Será que profetizaba cuando dijo que 
«no traía la paz sino la espada»? ¿O será más bien que 
hay en el fondo de la naturaleza humana una hez tan ás- 
pera y acerba que ni aun la sangre de Dios es miel sufi- 
ciente para suavizarla? 

A través de esa ciénaga de sangre, cerca de dos mil 
veces ha vuelto a aparecer la Nochebuena, indiferente- 
mente atravesada por los fuegos del sempiterno fratricidio; 
y es seguro que otras tantas veces, infinitas almas, heri- 
das de aflicción y de angustia, pusieron su esperanza en 
la noche que les hablaba de la ley de amor y perdón, y 
soñaron que al paso de la estrella de Belén, el iris tende- 



EL CAMINO DE PAROS 



153 



ría su arco y la mancha que enrojecía la tierra se evapo- 
raría. Y la estrella de Belén ha pasado, y la mancha roja 
ha permanecido indeleble. ¿Cómo hemos de esperar, se- 
ñora, que esta Nochebuena traiga al mundo la paz, si no 
es la paz imperturbable y eterna para los que, en esa 
noche, como en éstas que la preceden, caerán con la ca- 
beza rota por las balas, o helada la sangre por el frío de 
la altura?... 

...Pero todo este razonar se viene al suelo, apenas 
hago llegar hasta él el soplo de una reflexión más honda, 
y reconozco la incongruencia de mi análisis. 

Quien está en lo cierto, del punto de vista de la Vida, 
es usted, señora, y no yo. Yo tengo la lógica, que no es 
más que la verdad paralítica; pero en usted habla el ins- 
tinto vital de la esperanza, madre de toda energía, y al 
cabo, de toda verdad. De espejismos aún más vanos que 
el que yo denuncio en la ingenua confianza de usted, está 
compuesto el fondo de nuestra historia, y merced a ellos 
nos movemos, respiramos y vivimos. La experiencia secu- 
lar demostrará que la Nochebuena no tiene virtud para 
traer la paz al mundo, pero una experiencia más firme 
todavía, porque empieza con el primer sabor de amargura 
que probaron los labios de Adán, demuestra que toda hu- 
mana vida remata en la decepción y en el dolor, que todos 
los bienes de la tierra son o ilusorios o efímeros; y, sin 
embargo, los soñamos, les concedemos nuestra fe, y 
corremos desesperadamente tras ellos. Cada generación 
que se va, deja, como la espuma en la playa, la confesión 
de su desengaño, y cada generación que viene contesta, 
con terquedad impenitente y sublime, entonando el himno 
de la alegría y de la acción. Así se realiza el oculto plan 
a que servimos, así se mantiene el sortilegio del mundo. 
Sin estas inconsecuencias de la Vida, sin estas rebeliones 
del instinto, nuestra lógica concluiría por secar las fuentes 



154 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de la voluntad; nuestra razón sembraría de sal la tierra 
que nos da el pan y el vino. 

La paz no vendrá esta Nochebuena; vendrá una noche 
o un día que serán buenos por obra de la fuerza fatal, o 
bien del tino guerrero; 3? tras la paz sobrevendrá proba- 
blemente la guerra, y luego otra guerra y otra paz, y en 
este ritmo se sucederán las Noches Buenas, tan indife- 
rentes como las otras a las disputas de los hombres; 
pero habrá siempre,—- y debe haber—, señoras de cabellos 
blancos, creyentes y confiadas, que digan a la nina llorosa 
que tiembla por el padre, por el hermano o por el novio: 

— Vé, hija mía, que esta Nochebuena nos traerá 
la paz. 



Turín, Diciembre 1916. 



La poesía de Stecchetti 

Con motivo de su muerte 



Stecchetti ha muerto, y las vidrieras de la docta 
Bolonia lucen, en terracotas y cartulinas, la imagen 
del poeta, imagen de viejo Sileno, que reclama la guir- 
nalda de hiedra y la tendida copa. Sabido es que, como 
Panzacchi y Carducci, el cantor de las «Memorias bolo- 
ñesas» se contaba entre las glorias locales de la ciudad 
donde describen sus petrificadas reverencias la Galisenda 
y la Asinelli. 

Confieso que, cuando supe la muerte del poeta, mi 
primera impresión fué preguntarme: «¿Pero vivía?»... Y 
es que literariamente había pasado hace ya tiempo. En el 
retiro de su biblioteca universitaria, callaba, respe- 
tando la inconstancia de la popularidad. Túvola como para 
compensar dotes aún más altas que las suyas. Pocas co- 
lecciones de versos habrán logrado, en el mundo, difusión 
más rápida y afortunada que Postuma, Fué aquello 
en 1877. Un día, salió de las prensas de Bolonia un libro 
de pocas páginas, que su prologuista, el profesor Olindo 
Querrini, presentaba al público como la obra de un poeta 
ignorado, muerto al final de la primera juventud, después 
de aflictivo mal del pecho. Pronto se supo que el autor 
era el prologuista, cuyo nombre literario quedó siendo el 
de su fingido «yo», y que, lejos de haber muerto ni hacer- 



156 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



lo temer para fecha cercana, era un joven robusto y de 
temperamento jovial, que prometía, como llegó a disfru- 
tarla, vida larga y dichosa. Apuntemos de paso la singu- 
laridad de que el mantenedor de la lírica verista empren- 
diese su obra mediante una ficción que priva a ciertos 
caracteres de su lirismo de otro género de sinceridad que 
el que cabe en un monólogo dramático. 

Postuma es un «cancionero» en que la forma lírica 
adquiere, como en el arquetípico del poeta alemán, la 
fuerza concentrada de la gota de esencia; la virtud de la 
palabra mágica; el poder de evocar en la sensibilidad mil 
resonancias dormidas, como el golpe de filo que roza la 
copa de cristal y la deja sonando por sí sola. La substan- 
cia de ese cancionero, si separamos la parte de languide- 
ces de moribundo e imágenes de muerte, que no responde 
al Verdadero ánimo del poeta, sino al de su ípersonaje 
imaginario, no es distinta de la que podrían dar las confe- 
siones de cualquiera juventud alegre y turbulenta: suspi- 
ros de amor que se abren paso entre una lágrima fugaz y 
un despreocupado reir; reproches de engañado, protestas 
de engañador, sobremesas galantes, melancolías del tedio 
o de la duda; ávido apresamiento de la dicha, con la con- 
ciencia de su rápido vuelo,.. , y por entre todo ello, los 
dardos de la ironía, levantándose a veces, como en la 
conseja del Rey Sabio, a teñirse en sangre de Dios. — Un 
idilio primaveral, —«II Guado» — , que es, a la verdad, de 
las cosas más bellas que conozco en lengua italiana, y un 
croquis de la calle, — «Mendica»— , donde se infunde el 
sentimiento compasivo y noble de Coppée, son notas de 
más suave e inmaculada poesía que las que prevalecen y 
dan tono general. 

Como sucede en muchos otros, este poeta se reveló 
en su plenitud, desde su primera aparición. Lo que vino 
después de Postuma fué poco, y manifiestamente inferior 



EL CAMINO DE PAROS 



157 



a aquel libro juvenil. En las páginas de verso que anadió 
al final de Nueva Polémica, hay ráfagas de la misma 
agridulce y sincera intimidad, diseminadas sobre un fondo 
de más petulancia retórica y más pose literaria. Luego, 
cuando podía esperarse la obra de la madurez, descon- 
certó a su público con las Rimas de Argía Sbolenfi, libro 
caricaturesco, que atribuyó a una histérica poetisa, se- 
dienta de amores, y del que, anticipándose al juicio ajeno, 
hizo por su propia cuenta la más despiadada disección, en 
un prólogo que desarma a la crítica, puesto que anula 
la obra. 

La genealogía de Stecchetti sería fácil de determinar, 
aunque no la confesara él mismo: Byron, Heine, Alfredo 
de Musset; y mucho más los últimos que el primero, 
cuyo amargo humorismo tiene un aire de majestad y de 
grandeza que no se aviene con la saris fagan del que im- 
prime su sello a las páginas de Postuma. Pero, para for- 
mar cabal idea de los antecedentes de la poesía que se 
manifestó por ese libro, y sin desconocer lo que pone en 
ella el carácter individual e irreducible, el quid ineff abite 
de la personalidad, que existe, sin duda, en Stecchetti, 
importa tener en consideración una poderosa influencia 
de tiempo: la influencia del naturalismo, cuyo imperio se 
afirmaba umversalmente mientras la generación del poeta 
boloñés hacía sus primeras armas. La sencillez confiden- 
cial e irónica de Musset y de Heine, rebajada, vulgariza- 
da, por el influjo de aquel monomaniaco positivismo 
literario que sobrevino como desquite, de las fiebres ro- 
mánticas, fué el numen inspirador de Olindo Querrini. La 
platitud naturalista, tan adaptable a la prosa novelesca, 
era dura de imponer en la lírica, que por naturaleza tiene 
alas y no es fácil que se domestique hasta el punto de 
perder el instinto de levantarse sobre el suelo. Pero la 
autoridad del gusto imperante es avasalladora, y hubo 



158 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



poetas que se le humillaron. Stecchetti fué en Italia el 
poeta del naturalismo, que él o sus comentadores califica- 
ron de verismo. Como tal, hubo de afrontar memorables 
guerras de pluma. Buen batallador, lidió con gracia y con 
denuedo. En ciertas particularidades de estas polémicas, 
la crítica aprovechó fácilmente los muchos flacos de su 
coraza. En otras, la razón estaba de su parte, sólo que 
sus defensas nos interesan hoy medianamente, por tratar- 
se de ideas sobre las que ha cesado, o se ha desapasiona- 
do toda discusión. 

Así, por ejemplo, en lo que concierne al reparo de 
inmoralidad. La reintegración de los fueros del arte en 
este punto es pleito desde hace tiempo ganado. No hay 
inmoralidad en el desnudo, ni en la sinceridad sensual, 
cuando de representaciones verdaderamente artísticas 
se trata. Y el límite de la libertad de cada artista está 
determinado sólo por su mayor o menor capacidad para 
realizar belleza. El cargo de inmoralidad, que fué siem- 
pre la reacción instintiva de los necios y de los hipócri- 
tas, contra todo esfuerzo literario audaz, contra toda 
enérgica y franca imitación de la vida, no podría justifi- 
carse, ante la crítica de hoy, sino con razones muy dife- 
rentes a la de tal o cual exaltación de los sentidos y tal 
o cual crudeza de color. Los escritores que todavía hu- 
bieron de luchar porque esta libertad se consintiese, y 
extendieron a la pluma y a la lira el imperio de la desnu- 
dez, que siempre fué concedido al arte plástico, merecen 
bien de las letras. Reconózcase en buen hora al autor del 
«Canto deirOdio» la parte que en esa reivindicación le 
corresponda, dentro de su público y su lengua. Y ade- 
más, poniendo de lado las Rimas de Argía Sbolenfi, de- 
clarada afectación humorística, que no puede lealmente 
hacerse pesar sobre su nombre, nada hay, en la sensuali- 
dad de Stecchetti, de malsano ni de excesivo. 



EL CAMINO DE PAROS 



159 



Tampoco habrán de espantarnos, ciertamente, a los 
hombres de este tiempo, la irreligión del poeta, la guerra 
que movió a los baluartes de la fe caduca; notas que en 
anteriores voces hemos oído resonar con mucha más 
robusta energía y mucha más penetrante sugestión. Sus 
alardes, un poco pueriles de incredulidad; sus burlas, 
nunca muy áticas, de lo divino, pasan sin dejar otra hue- 
lla que el retozar de una sobremesa de escépticos, mien- 
tras que las blasfemias de Shelley retumban todavía como 
el clamor de los titanes que asaltan el Olimpo, y mientras 
que calan hasta el centro del alma los ayes de desespera- 
ción atea del poeta de la infelicitá. 

Lo que empequeñece, lo que deprime la poesía de 
Stecchetti, no es lo que hay en eila, sino lo que falta de 
ella; no es que haya puesto en sus versos la expresión va- 
liente y desnuda de su sensualidad y de su irreligión, sino 
que no haya puesto más que eso, y que la sensualidad y la 
irreligión estén allí como un límite cerrado, sin un resqui- 
cio que descubra en el alma del poeta perspectivas más 
hondas e ideales. Se ve que su conciencia se adapta a su 
pequeño mundo de imágenes voluptuosas o irónicas, como 
la rana a su charco. No aspira a nada más. Falta en sus 
rebeldías, lo que no falta en los más amargos momentos 
de Byron, de Musset y de Heine: la nostalgia, confesada 
o latente, de un ideal perdido, del entusiasmo y la fe que 
se tuvieron o soñaron; la aspiración indómita, aunque 
desesperada, a una esfera superior, que el dejo amargo 
de las realidades humanas provoca en el corazón de donde 
huyeron los dioses... No hay esta cuerda en la lira de 
Querrini; pero nunca aparece él más poeta que cuando, 
como inesperado relámpago, cruza un sentimiento seme- 
jante a esos sobre el fondo de su árida melancolía sensual, 
y exclama, por ejemplo, dirigiéndose a su hijo: 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



lo stanco scenderó ne' cimitem, 
i tuoi riccioli biondi imbiancheranno, 
povero bimbo, e non sapremo il vero, 

o dice, con desolación «leopardesca» a una cieguecita: 

La beltá cui tu credi é una menzogna. 
¡Beati gli occhi che son chiusi al solé! 

La grande idea de la Italia rediviva, entera y libre; ía 
aparición radiante de la patria evocada del fondo de los 
siglos con su inmenso séquito de gloria; sueno y realidad 
que constituyen el núcleo ideal de la tradición poética 
italiana, de Alfieri a Manzoni, de Leopardi a Carducci, 
de Foseólo a D'Annunzio, no mueven un solo grito de en- 
tusiasmo, de orgullo, ni de anhelo, en la poesía de Stec- 
chetti, y acaso no pueda decirse otro tanto de ningún otro 
de los que en esta divina lengua han poetizado, desde hace 
más de un siglo. Si alguna vez se levantó sobre la expre- 
sión puramente individual y puso el oído a los clamores 
de afuera, fué para recoger el eco de las reivindicaciones 
sociales, que le interesaban por su conexión con el empuje 
antirreligioso, la única pasión impersonal que tuvo firme 
arraigo en su alma. Pero el verdadero fondo de su natu- 
raleza poética era el egoísmo epicúreo, y así perseveró 
hasta el fin de su larga vida, en la que nada demostró 
poseer de espíritu reformable y asimilador, ni en senti- 
mientos e ideas, ni en gustos y formas. El grande impulso 
de renovación de la lírica que se inició con las tendencias 
posteriores al naturalismo, y que, en medio de infinitas 
escorias, trajo tanto que ver, tanto que meditar, tanto que 
admirar, no obtuvo de él sino una displicente sonrisa y 
esta farmacéutica exhortación dirigida a las pálidas y 
extáticas figuras evocadas de los cuadros de Sandro y 
del Beato Angélico: ¡Bevete il Ferro-china Bisleri! 



EL CAMINO DE PAROS 



161 



Fué el poeta de su hora, la hora más desheredada de 
lirismo que abarque la historia del glorioso siglo pasado 
Para las generaciones que vinieron después no era ya ni 
«el poeta», ni uno de los poetas. Y es difícil que el tiempo 
traiga el desquite de este olvido. Le apartarán siempre de 
la predilección de las almas verdaderamente poéticas lo 
apocado y prosaico de sus aspiraciones, la radical vulga- 
ridad de su naturaleza espiritual, su pobre concepto de la 
vida, su triste incomprensión de todo lo que no toca de 
inmediato las realidades del mundo. En suma, dejando 
aparte algunos rasgos delicadísimos de Postuma, aquella 
es poesía de gallinero. Pero nadie puede negar que en los 
gallineros cabe también su característica especie de 
poesía. Imaginad, sobre un cuadro de sol y de verdura, el 
gallo lucio, 'altivo y ardiente; con su cortejo de rendidas 
esposas; lanzando al aire matinal el vibrante clangor de 
su clarín, y recogiendo, sin perder su garbo ni su entono, 
los dorados granos desparramados en el suelo. Aquí hay 
belleza, hay gracia, hay expresión. Sólo que, por encima 
de ese agradable cercado, está el espacio inmenso, donde 
el ala del águila parte los vientos y las nubes, y donde 
cantan, entre las copas délos árboles, los pájaros de 
Floreal. 



Bolonia, 1916. 



EL CAMINO DE PAROS 



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Al concluir el año 



Para la mirada europea, toda la América española es 
una sola entidad, una sola imagen, un sólo valor. 
La distancia desvanece límites políticos, disimilitudes 
geográficas, grados diversos de organización y de cul- 
tura, y deja subsistente un simple contorno, una única 
idea: la idea de una América que procede históricamente 
de España y que habla en el idioma español. Esta relativa 
ilusión de la distancia, que a cada paso induce a falsas 
generalizaciones, a enormes errores de lugar, a juicios de 
que no aprovechan, por cierto, las mejores entre nuestras 
repúblicas, tiene, sin embargo, la virtud de corresponder 
a un fondo verdadero, a un hecho fundamental y trascen- 
dente, que acaso los hispano-americanos no sentimos 
todavía en toda su fuerza y toda su eficacia: el hecho 
fundamental de que somos esencialmente «unos»; de que 
lo somos a pesar de las diferencias, más abultadas que 
profundas, en que es fácil reparar de cerca, y de que lo 
seremos aún más en el futuro, hasta que nuestra unidad 
espiritual rebose sobre las fronteras nacionales y preva- 
lezca en realidad política. 

Es interesante observar cómo se trasmite esa suges- 
tión de la distancia, a los americanos que viven en Euro- 



164 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



pa. Yo tuve siempre una idea muy clara y muy apasionada 
de la fuerza natural que nos lleva a participar de un sólo 
y grande patriotismo; pero aun en los americanos origi- 
nariamente más devotos* de las estrecheces del terruño, 
de las hosquedades del patriotismo «nacional», comprué- 
base a cada instante en Europa que la perspectiva de la 
ausencia y el contacto con el juicio europeo avivan la no- 
ción de la unidad continental, ensanchan el horizonte de 
la idea de patria y anticipan modos de ver y de sentir que 
serán, en no lejano tiempo, la forma vulgar del senti- 
miento americano. Véis aquí cómo el corazón argentino 
se abre, con solícito afán, a los infortunios de Méjico; 
cómo el criollo de Colombia o de Cuba hablan con orgullo 
patriótico de la grandeza y prosperidad de Buenos Aires; 
cómo el montañés de Chile reconoce en los llanos de Ve- 
nezuela y en las selvas del Paraguay voces que tienen 
consonancia dentro de su espíritu. Los recuerdos o los 
problemas vivos y actuales que, entre algunos de nuestros 
pueblos, pueden ser causa de recelo y desvío, se depuran, 
en el americano que ha pasado el mar, y manifiestan trans- 
parentemente el fondo perdurable de instintiva armonía y 
de interés solidario. 

La comprobación de este sentimiento en los america- 
nos a quienes he tratado en Europa me parece el más 
grato mensaje que pueda enviar, al concluir el año, con 
mis filiales votos de amor, a mis dulces tierras de Occi- 
dente. Si se me preguntara cuál es, en la presente hora, 
la consigna que nos viene de lo alto; si una voluntad juve- 
nil se me dirigiera para que le indicase la obra en que 
podría ser su acción más fecunda, su esfuerzo más pro- 
metedor de gloria y de bien, contestaría:— Formar el sen- 
timiento hispano-americano; propender a arraigar en la 
conciencia de nuestros pueblos la idea de América nues- 
tra, como fuerza común, como alma indivisible, como 



EL CAMINO DE PAROS 



165 



patria ünica. Todo el porvenir está virtualmente en esa 
obra. Y todo lo que, en la interpretación de nuestro pasa- 
do, al descifrar la historia y difundirla; en las orientacio- 
nes del presente, política internacional, espíritu de la 
educación, tienda de alguna manera a contrariar esa obra, 
o a retardar su definitivo cumplimiento, será error y ger- 
men de males; todo lo que tienda a favorecerla y avivarla, 
será infalible y eficiente verdad. 

En este maravilloso suelo de Italia, donde los ojos 
leen cómo la unidad de una tradición y de un espíritu, 
aunque largos siglos parezcan negarle fuerza ejecutiva, 
concluye por encarnar en realidad inconmovible, me he 
dicho infinitas veces que, si aún está para nosotros lejana 
la hora de una afirmación política de nuestra unidad, nada 
hay que pueda demostrar el boceto ideal de ese cuadro 
futuro, la aproximación de las inteligencias y la armonía 
de las voluntades. Y he pensado en la juventud, como 
siempre que pasa por la mente una idea de esperanza y 
de gloria, y me he preguntado por qué de sus periódicos 
Congresos de Estudiantes no nacería, con la cooperación 
de los Estados, una fiesta aún más amplia, aún más signi- 
ficativa; las Panateneas de nuestra liga espiritual; un 25 
de Mayo o un 12 de Octubre celebrados de modo que 
fuesen continentalmente el ágape de la amistad americana, 
y congregasen a los enviados de las diez y siete repúbli- 
cas, en junta cultural donde se delinease poco a poco el 
hábito de deliberaciones más eficaces y de lazos más 
firmes. 

Otro sentimiento despierta dentro del corazón ameri- 
cano la influencia de Europa, y es la profunda fe en nues- 
tros destinos, el orgullo criollo, la tonificante energía de 
nuestra conciencia social. Despierta este sentimiento 
porque la comparación con la obra de los siglos, si en 
muchísimas cosas certifica la natural inferioridad de 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



nuestra infancia, da su justo valor al esfuerzo que ha per- 
mitido levantar del suelo generoso, entre las convulsiones 
y las fiebres de nuestra formación política, ciudades como 
Buenos Aires, como Santiago, como Montevideo. Lo 
despierta, además, porque en esta tierra de Europa la 
historia habla en cada palmo con palabras de piedra, evo- 
cadoras de recuerdos y ejemplos infinitos, y las palabras 
de la historia son la mejor excusación de nuestras inexpe- 
riencias y de nuestros errores; el más palmario testimo- 
nio del fondo «humano» de nuestros devaneos; la más repa- 
radora explicación de las turbulencias juveniles que vanas 
filosofías atribuyeran a incapacidades del medio o de la 
raza. Y despierta, finalmente aquel sentimiento, porque 
los tesoros y prodigios de esta civilización creadora, en 
arte, en ciencia, en ideas sociales, estimulan y engran- 
decen el anhelo de nuestro porvenir, supuesto que la 
fuerza virtual existe con la heredada energía y sóio falta 
el seguro auxilio del tiempo. 

Esto pensaba al subir las gradas del Capitolio, cuna y 
altar de la latina estirpe. El sol de una suavísima tarde 
doraba aquellas piedras sagradas y aquellos árboles que 
dicen la mansedumbre y la gracia de esta naturaleza. La 
guerrera imagen de Roma presidía, allá en el fondo, con 
gesto maternal y augusto. El soberbio Marco Aurelio de 
bronce evocaba, en una sola imagen, la gloria del pensa- 
miento latino y del latino poder. Sobre las balaustradas de 
la plaza, los trofeos de Mario. Más allá la estatua de 
Rienzi, del «último tribuno», diseñando su ademán orato- 
rio sobre los jardines donde juegan en bandadas los niños. 
Y me acerqué a la jaula de la loba que mantiene, allí 
donde fué la madriguera de Rómulo, el símbolo de la 
tradición inmensa en tiempo y en gloria; y la vi re- 
volviéndose impaciente entre los hierros que la estre- 
chan. Y me parecía como si, en su presagiosa inquietud, 



EL CAMINO DE PAROS 



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la nodriza de la raza mirase a donde el sol se pone y 
buscara, de ese lado del mundo, nueva libertad y nuevo 
espacio. 



Roma, Diciembre de 1916. 



Ciudades con alma 



P entro de una unidad nacional tan característica y 
enérgica, Italia ofrece la más interesante y copiosa 
variedad de aspectos y maneras que pueblo alguno pueda 
presentar a la atención del viajero; y esta variedad se ma- 
nifiesta por la armonía, verdaderamente única, de sus 
ciudades. No hay en el mundo nación de tantas ciudades 
como Italia. Grandes naciones existen que no cuentan una 
sola ciudad; grandes naciones con capitales populosas y 
desbordantes de animación y de riqueza. Porque una 
«ciudad» es un valor espiritual, una fisonomía colectiva, 
un carácter persistente y creador. La ciudad puede ser 
grande o pequeña, rica o pobre, activa o estática; pero 
se la reconoce en que tiene un espíritu, en que realiza 
una idea, y en que esa idea y ese espíritu relacionan ar- 
moniosamente cuanto en ella se hace, desde la forma en 
que se ordenan las piedras hasta el tono con que hablan 
los hombres. 

Así entendida la ciudad, madre de toda civilización, 
foco irradiador de toda patria, digo que no hay pueblo 
moderno en que las ciudades sean tantas y tan «persona- 
les» y sugeridoras, como en este pueblo de Italia. De las 
heladas cumbres de los Alpes a la incendiada cima del 
Etna; del «amarguísimo» Adriático al Tirreno adormece- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



dor, ¡qué maravilloso coro de ciudades, cada una con tra- 
dición y genio inconfundible, con color, relieve y melodía 
singular, dentro de la suprema consonancia que a todas 
las vincula, como las cuerdas de una lira! ¡Qué inagota- 
ble diversidad de impresiones y recuerdos (nombrando 
sólo los centros que hasta ahora conozco) de la Génova 
mercantil y democrática, pero llena de pintoresco carác- 
ter en su codicioso hervor, a la silenciosa, nobiliaria y 
taciturna Pisa, y Florencia arrobada en la visión de sus 
divinos mármoles, y esas pequeñas ciudades de Toscana, 
como Luca y Pistoja, donde cada piedra es una crónica 
que os cautiva; y la Bolonia de la prosopopeya doctoral, y 
Módena, la de las anchas calles inundadas de luz, y Par- 
ma la sosegada, y la semifrancesa y grave Turín, y Milán 
la resonante con el aliento de sus usinas y talleres, y esta 
gigantesca Roma, ciudad-orbe ciudad-arquetipo, donde 
todas las demás de nuestra civilización están potencial- 
mente, como los astros del cielo, en el claustro materno 
de la primitiva nebulosa! 

Ignoro hasta qué punto la obra política de la unifica- 
ción italiana se ha realizado respetando, en lo jurídico, 
en lo administrativo, en lo oficial, esa fecunda variedad 
de personalidades sociales; pero ella subsiste y aparece 
en todo lo que es de la naturaleza, sin que por eso deje 
de aparecer también el fundamento natural de la unidad 
política. Y la tardía realización de esta unidad, el apar- 
tamiento deplorado durante siglos, favoreció, sin duda, la 
plena florescencia de esos caracteres locales, de esas 
ciudades con alma personal y semblante indeleble, a las 
que una centralización prematura hubiera restado gran 
parte de su fuerza y espíritu, si la formación nacional se 
hubiese consumado, como en Francia y España, por el 
impulso avasallador de los monarcas del Renacimiento. 

Nada más lleno de interés que observar cómo se re- 



EL CAMINO DE PAROS 



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fleja en la inmensa amplitud del arte italiano esta múltiple 
originalidad del ambiente, y cómo cada ciudad produce, 
de su propia substancia, su inconfundible forma artística, 
al modo que cada casta de pájaro su canto y cada especie 
de planta su flor. Pasáis de admirar la levedad alada, el 
desenvolvimiento aéreo de las columnas, en los sobre- 
puestos arcos de Pisa, a la desnuda y austera majestad de 
los palacios florentinos, que parecen obra de cíclopes; de 
las arrogantes fachadas de Qénova, a los abiertos pórti- 
cos y el ornamentado ladrillo de Bolonia. El alma de Luca 
inspira el cincel de Civitali, como la de Parma el pincel 
de Correggio, como la de Milán a los discípulos del divino 
Leonardo, mientras la de Módena manifiesta su plástica 
originalidad en sus pintadas terracotas. 

El patriotismo de ciudad, energía tan vital y creadora 
como puede serlo el patriotismo de nación, es un senti- 
miento que aún no encuentra en nuestra América condi- 
ciones que le den el arraigo hondo y pertinaz que requiere 
para ser fecundo. Tenemos sólo esbozos, larvas de ciu- 
dades, si se atiende al espíritu, al carácter de la perso- 
nalidad urbana; aunque sean a veces larvas o esbozos 
gigantescos, con capacidad material para que se infunda 
dentro de ellos un espíritu gigante. Los centros que un 
día desplegaron vigoroso sentimiento local, que actuó 
como una fuerza histórica, y donde se diseñó una enérgica 
fisonomía de ciudad, han perdido del todo estas líneas 
tradicionales o tienden a perderlas, por obra de la irrup- 
ción cosmopolita que materialmente los ha magnificado. 
La extinción de aquel celoso amor propio comunal es un 
hecho que puede haber facilitado graves problemas y re- 
portado claros bienes, pero no sin el precio de grandes 
desventajas. Formar «ciudades», ciudades con entera 
conciencia de sí propias, y color de costumbres, y sello 
de cultura, debe ser uno de los términos de nuestro des- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



envolvimiento. No hay «civilización» ni «ciudadanía» sin 
«ciudad». La educación municipal es el seguro fundamento 
de toda educación política. 

La tendencia a regularizarlo e igualarlo todo, que es 
uno de los declives de nuestro tiempo, induce en la legis- 
lación y el gobierno de los pueblos a perniciosos sofis- 
mas. Allí donde aparece una excepción, una disonancia, 
un rasgo diferencial, la propensión instintiva de nuestra 
democracia es clamar a la injusticia y aplicar el rasero 
nivelador. Unificar, armonizar socialmente es, sin duda, 
obra de bien, y más oportuna que en ninguna parte en 
nuestra América, donde necesitamos formar la magna pa- 
tria que a todos nos reúna ante el mundo; pero la armonía 
ha de proponerse conciliar las diferencias reales, no des- 
virtuarlas y anularlas. El cultivo del carácter local no 
contradice a aquel designio de unidad. Mantener, en cada 
ciudad de las nuestras, todo lo que importe, material o 
moralmente, un relieve de carácter, capaz de convertirse 
en hábito vivaz y en evocadora tradición; respetar las 
formas espontáneas y graciosas que el natural desenvol- 
vimiento de la vida torna en cada sociedad humana, por 
encima de artificiosos remedos, leyes abstractas y simé- 
tricos planos, es una norma que siempre deberán recordar 
entre nosotros los que legislan, educan o gobiernan. 
Llegaremos así a tener ciudades que merezcan toda la 
dignidad de este nombre, y haremos que al federalismo 
convencional y falaz que hoy se estila en algunos de los 
mayores pueblos hispano-americanos, suceda, con el andar 
del tiempo, un federalismo real, viviente, colorido, que 
reconozca por razón de ser y por energía inspiradora ese 
principio de civilización a que llamo el «alma de las 
ciudades». 



Roma, Enero 1917. 



Una impresión de Roma 



Me pregunta usted— dije a mi interlocutor, —por qué 
afirmo que este ambiente de Roma es una lección 
perenne de tolerancia activa y -positiva, de serenidad y 
amplitud. Lo afirmo por lo que se refiere al sentimiento 
religioso, y lo afirmo poniendo preferentemente la aten- 
ción en los fanáticos de nuestra parte, en los fanáticos 
del librepensamiento. 

No consiste esta influencia apaciguadora en la suges- 
tión de religiosidad que irradie de la infinita muchedum- 
bre de las iglesias romanas. Aún estoy por encontrar en 
Roma el templo que mueva la imaginación de modo favo- 
rable a la emoción religiosa. Ni «San Pedro», con su titá- 
nica grandeza y su magnificencia deslumbrante; ni «San 
Pablo», con la majestad abrumadora de sus mármoles y 
granitos; ni «San Juan de Letrán», con sus gigantescas 
estatuas; ni «Santa María Maggiore», con la estupenda 
riqueza de sus capillas laterales, ni otro alguno de los 
templos de esta capital del orbe católico, ha tenido la 
virtud de ajustar mi imaginación al tono religioso de que 
no me siento, sin embargo, incapaz. Son todos ellos mu- 
seos preciosísimos, cautivadoras galerías, salas grandio- 
sas, imponentes monumentos; pero falta el ambiente inde- 
finible de misterio y de unción, aquel toque de ángel a 



174 



JOSÉ ENRIQUE RDDÓ 



que responde el alma con la nostálgica aspiración a lo di- 
vino... Las invisibles alas que en la austera semi-obscuri- 
dad del templo gótico os arrebatan hacia la luz que infla- 
ma, allá arriba, los gloriosos vidrios de colores, no 
acuden a vosotros dentro de estas iglesias rehechas y 
caracterizadas por el Renacimiento, donde podrían, sin 
incongruencia, hospedarse los dioses del Olimpo. 

Tampoco aquel respeto con que aquí se impone al es- 
píritu desapasionado la fe religiosa puede proceder de la 
presencia de recuerdos que certifiquen la pureza de su 
desenvolvimiento, la consecuente verdad de su realiza- 
ción, siendo así que lo que testimonian estas piedras de 
Roma es el desigual, y a menudo ignominioso, proceso del 
Pontificado, y es sabido que la impresión romana, recibi- 
da de cerca por el más famoso de los heresiarcas, obró 
como causa determinante de la ruptura de la fe. 

Si Roma, vista con ojos de inteligencia y de sinceri- 
dad, por un espíritu realmente emancipado de preocupa- 
ciones viejas o nuevas, ennoblece el concepto de la reli- 
gión que aquí tiene su centro, persuade de la justicia que 
le es debida como tradición humana, como determinación 
histórica del ideal, es porque en esta ciudad se manifies- 
ta, con la muchedumbre y la grandeza de sus monumenta- 
les tesoros, la capacidad creadora de esa religión, en sus 
siglos de plenitud y de verdadero dominio; la radiante 
inspiración del genio católico iluminando el alma de esta 
raza de coloristas y estatuarios: los veneros de belleza, 
de idealidad y de amor, que la fe hoy abatida supo 
arrancar a la conciencia de las generaciones que fueron. 

Sólo hay una ceguera comparable a la ceguera de los 
fanáticos reaccionarios cuando se trata de columbrar el 
porvenir, y es la ceguera de los fanáticos innovadores 
cuando se trata de comprender el pasado. En las ideas y 
las instituciones que ha desamparado el tiempo, verán sólo 



EL CAMINO DE PAROS 



175 



la parte negativa, la razón de su caducidad; no el espíritu 
de vida que les dió oportunidad y eficacia; no el legado 
imperecedero que las vincula solidariamente a aquellas 
que las han sucedido. Si aún hubiera quien creyese en los 
dioses paganos, se contestaría la belleza de su concep- 
ción, la gracia seductora y el sentido profundo de aquel 
culto de la naturaleza, que selló para siempre con sus 
símbolos la imaginación de los hombres. Es necesario 
olvidar que la fe católica es todavía materia de disputas 
humanas y remontarse a considerarla ideal y desinteresa- 
damente, para sentir la belleza inefable de sus formas, 
la avasalladora grandeza de su espíritu. Y esa amplitud y 
esa serenidad de visión nunca se logran de tan cumplida 
manera como cuando se tiene ante los ojos la perspectiva 
artística e histórica que esta maravillosa Roma des- 
envuelve. 

En presencia de los Profetas y los réprobos de Miguel 
Angel, las Logias de Rafael, y su «Transfiguración», el 
estupendo «San Jerómimo» del Dominiquino, y los frescos 
de Ghirlandaio y de Botticelli, o de cualquier otra de las 
obras de genio que perpetúan asuntos religiosos, la mira- 
da que busque el fondo reconocerá, por debajo de la inter- 
pretación del artista, la inspiradora virtud de la idea, la 
hermosura o la grandeza esenciales de la imagen repre- 
sentada, del sentimiento debido a la fe que eligió en el 
artista el realizador de una de sus íntimas visiones. Como 
hay en los paganos dioses una belleza ideal que hicieron 
plástica los mármoles que los figuran, la hay en el sobre- 
natural cristiano, ya severa y terrible, ya tierna y lacri- 
mosa, y estos cuadros la manifiestan, a pesar de la mez- 
cla de paganismo con que suele enturbiar su religiosidad 
el espíritu del Renacimiento. 

Y si el arte sugiere el respeto por la muerta fe, igual 
sentimiento fluye de la consideración histórica de este 



176 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



inmenso escenario. Cierto es que la Roma papal, con su 
apogeo de impura Babilonia y sus postrimerías de rezaga- 
da teocracia, comparece en la memoria del observador; 
pero la actual anulación del Pontificado como realidad 
política, hace que esos rasgos se subordinen y cedan en 
nuestra atención a un cuadro mucho más vasto e indele- 
ble: el del triunfal desenvolvimiento de la idea cristiana, 
desde sus orígenes humildes hasta sus días de inaudita 
universalidad y de materna preeminencia. La imaginación 
ve formarse aquí el árbol majestuoso, dos veces milena- 
rio: asiste al germinar de su simiente obscura en la san- 
grienta arena del Coliseo, en la húmeda sombra de las 
Catacumbas; lo representa, en el arco de Constantino, 
levantando al cielo el tronco ya espeso y consistente, y 
luego, en el Palacio de Letrán, en el Vaticano, en la 
iglesia de San Pedro, con sus confesionarios para veinte 
idiomas distintos, evoca el tiempo en que la copa anchu- 
rosa tiende su sombra sobre la redondez del mundo. 

Por eso es noble y saludable la influencia de Roma, 
para los espíritus que vienen a ella sin fe, pero sin odio; 
por eso afirmo que hay en las sugestiones de este ambien- 
te una perenne lección de tolerancia; una iniciación, en 
ninguna parte tan perfecta, de sentido histórico, de am- 
plitud humana, de superior y fecunda armonía... 



Roma, Enero 1917 . 



Los gatos en la Columna Tr ajana 



Tomando la Vía Alejandrina para entrar en la del 
Corso, paso todas las tardes junto al Foro Trajano, 
o si queréis, junto a la Columna Trajana, que es lo único- 
que verdaderamente queda en pie de aquel complexo mo- 
numento, acaso el de más sonada magnificencia entre 
cuantos vió levantarse y caer este sol de Roma. Un para- 
lelógramo cercado, de nivel mucho más bajo que la calle 
contiene, entre silvestres hierbas y lodosos charcos, trun- 
cas columnas de granito, algunas de ellas arraigadas al 
suelo, otras tumbadas; y en medio de estas ruinas resalta, 
entera y majestuosa, la Columna Trajana, de mármol 
esculpido, en toda la extensión del fuste, con bajo-relie- 
ves que recuerdan el sometimiento de los dacios por el 
magnánimo y glorioso Emperador. Sus cenizas reposan, 
o reposaron, dentro del pedestal, dispuesto como sarcó- 
fago. Sobre el dórico capitel, en vez de la imagen de 
Trajano que le coronaba, descuella, desde tiempos de 
Sixto V, un San Pedro de bronce. 

La primera vez que pasé junto al Foro Trajano, ya 
casi entrada la noche, y me asomé a la obscura hondo- 
nada, vi deslizarse, entre las rotas piedras y las matas 
de pasto, una sombra fugaz. A esta sombra siguieron 
otras y otras, en varias direcciones. Luego advertí que 
con aquellas cosas pasajeras solían correr unas extrañas 



EL CAMINO DE PAROS 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



luceciüas. ¿Almas de tribunos, de mártires, de héroes, 
como las que en este venerando suelo de Roma han de 
reconocer un despojo de su vestidura corporal en cada 
grano de polvo, en cada hilo de hierba?... 

— Volví a pasar de día, y las sombras me revelaron su 
secreto. El ruinoso Foro está poblado de gatos. Allí ha 
puesto su cuartel general, su concilio ecuménico, su po- 
pulosa metrópoli, la que llamó Quevedo «la gente de la 
una». 

Los hay de todas pintas. Barcinos y atigrados, ama- 
rillos y grises, blancos y negros. En los cuadros de sol, 
sobre la fresca hierba, disfrutan, con envidiable e indo- 
lente placidez, su dicha de vivir ya gravemente sentados, 
ya tendiéndose en esas actitudes inverosímiles y absurdas, 
con que encantaban a Teófilo Gautier. Uno, negro como 
la tinta, inmóvil, sobre una tronchada columna que le 
forma pedestal, parece una esfinge de ébano. Micifuz se 
relame sobre un derribado capitel. Zapirón remeda, ras- 
cándose, «la pata coja de Mefistófeles». Zapaquilda ama- 
manta a sus bebés en el hueco de dos piedras, donde ha 
tendido el césped blanco tálamo. Ignoro si el problema 
económico de esta comunidad se resuelve mediante la 
protección del vecindario, o si ella vive de su propia in- 
dustria con la libre caza de sabandijas; pero observo que 
todos los asociados están gordos y lucios y que el rayo 
del sol arranca de los esponjados pelambres reflejos, ya 
de oro, ya de azabache, ya de nieve. 

No quiero a los gatos. Me han parecido siempre seres 
de degeneración y de parodia: degeneración y parodia de 
la fiera. Son la fiera sin la energía; son el tigre achicado, 
el tigre de Liliput; el instinto contenido por la debilidad; 
la intención pérfida y sinuosa que sustituye el arrebato 
de la fuerza; la mansedumbre delante del hombre y la 
ferocidad delante del ratón. 



EL CAMINO DE PAROS 



179 



Cuando la corona de los seres vivientes está sobre la 
frente del león, como en la hermosa fábula de Goethe, la 
propia tiranía se ennoblece y la propia- crueldad cobra 
prestigios de justicias ¡Ay del reino animal cuando man- 
dan los gastos! 

Contemplando a la plebe felina adueñada de aquellos 
despojos de la grandeza imperial, se me figuró ver cifrado 
en este caso un carácter constante de las decadencias. 
Caer en manos de los gastos, ¿no es el destino de todos 
los poderes que envejecen, de todas las glorias que se 
gastan, de todas las ideas que se usan?... Luego otra figu- 
ración embargó mi pensamiento. Me pareció como si se 
presentara entre las ruinas el alma de un antiguo romano, 
y, con la amarga ironía de su orgullo, señalase en aquella 
vasta gatería una pintura de nuestra civilización, un sím- 
bolo de nuestra edad. 

Somos para los antiguos, gatos para fieras. Reprodu- 
cimos su genio y su cultura como el gato los rasgos del 
felino indómito y gigante. Para dar voz a otros hombres 
y otros tiempos, el «Ramayana», la «litada» , la «Come- 
dia». Para expresar la democracia utilitaria y niveladora, 
la «Gatomaquia». Carecemos de la crueldad que empur- 
puró la arena del Circo y maceró las carnes del esclavo; 
pero tenemos la perversidad del rasguño, de la pupila que 
escudriña en la noche, de la mano esponjosa que dilecta 
la agonía del ratón. Gatunos son nuestros crímenes. Eco- 
nómicas, tibias y falaces nuestras virtudes, pulcritud de 
gato. Si se aparece entre nosotros el Héroe, el medio nos 
infunde valor y le saltamos a la cara, como nuestros con- 
géneres hicieron con D. Quijote. Suplimos nuestra timi- 
dez para afrontar las puertas bien guardadas, con nuestra 
habilidad para marchar por las cornisas y trepar por los 
muros. 

Las lamentaciones de Isaías, las amenazas de Daniel, 



180 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



las maldiciones de Dante, las quejas de Prometeo Enca- 
denado, retumban en las concavidades del tiempo como 
rugidos en la selva. Los ayes de nuestros dolores, la de- 
claración de nuestro moderno pesimismo, el clamor de 
nuestras rebeliones y nuestras desesperanzas, ¿no sonarán 
en los oídos del futuro como maullidos de azotea? 

El patriotismo romano, propagandista y conquistador, 
fué un inextinguible anhelo de espacio, y rebosando sobre 
el mundo, hizo nacer de la idea déla patria el sentimiento 
de la humanidad. Nuestro patriotismo, contenido y pru- 
dente, egoísta y sensual, ¿no tiene mucho del apego del 
gato a la casa donde disfruta su rincón?... — ¡Oh tú, que 
te levantas allá enfrente! sombra del Coliseo, erguido 
fantasma de la antigüedad, genio de una civilización de 
águilas y leones: ¿no será ésta de que nos envanecemos 
una civilización de gatos?... 



Roma y 1917. 



Tívoli 



La corriente del Anio, revolviéndose entre los montes 
Tiburtinos, se encrespa en bullidoras cascadas y 
enguirnalda sus márgenes de arboleda frondosa. Asomada 
a esas alegres aguas, a la sombra de esa perenne espesu- 
ra, está la antigua Tíbur, la Tívolide hoy, donde la Roma 
de los Césares disfrutó los ocios de la paz, y donde pasa- 
ron dulces horas pontífices y cardenales amigos del bello 
vivir. 

Desde que se tiende la primera mirada por este mon- 
tuoso horizonte, se disputan los favores de la imaginación 
la amenidad de la naturaleza y el prestigio de los recuer- 
dos. Si preferís empezar por acercaros a lo que la natu- 
raleza puso de su propia hermosura, llegad, entrando al 
pueblo por la puerta de San Angelo, a donde un letrero 
pintado, que parece de un ventorrillo, sobre una tapia 
como de cualquier quinta vulgar, anuncia que es allí la 
«Villa Gregoriana». De paso para las cascadas y las gru- 
tas, véis levantarse, sobre eminente peñón, las columnas 
de dos destrozados templos: el de Vesta y el de la Sibila 
de Tíbur, que añaden a la poesía del paisaje la melancolía 
de las ruinas. En el fondo del valle, y sobre los lomos de 
las redondas colinas que forman el marco de este cuadro, 
aparecen en pintoresco desorden obscuros olivares, sal- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



vajes matas, casas rústicas, desgarrados senos de roca y 
blancas nubes que flotan sobre espumas hirvientes. Gra- 
ciosas cáscatelas os preparan los ojos para la solemne 
impresión de la «Cascada grande». Cae ésta de una altu- 
ra de trescientos pies, en salto casi vertical, rebotando a 
mitad de ese espacio, al contraerse y juntarse su garganta 
de piedra; y para un americano que no ha visto el Niága- 
ra, el Iguazú ni el Tequendama, el efecto es de maravilla 
y emoción. Nunca sentí tan líricamente la belleza del 
agua; nunca se me presentó tan sincero el entusiasmo 
heroico de Píndaro en su invocación de la primera Olím- 
pica. Soberbia es la inquietud del mar, pero esta otra 
inquietud del agua me parece (y no sé si sugiero así lo 
que pienso), de un carácter más «orgánico», más «perso- 
nal», que la del mar alborotado. Aquel ímpetu, aquella 
pureza, aquel clamor, se me figuraban los accidentes de 
una vida, y de una vida espiritual y consciente. Si en el 
vapor de las deshechas aguas hubiera brotado de impro- 
viso una forma, de dios o de genio, que me mirase; si el 
estruendoso son se hubiera ordenado de súbito en un him- 
no colosal o en una arenga sublime, creo que no hubiese 
experimentado espanto ni asombro. Sentía al lado del to- 
rrente como un poder subyugador y retentivo, al modo 
del que hay en la sombra de esos árboles que atraen al 
viajero y le adormecen; pero esta influencia era benéfica 
y tonificadora, y me alumbraba la imaginación, y me ale- 
graba el alma, y me levantaba a pensamientos altos y 
gloriosos. Cuando me aparte de allí, me parecía triste 
silencio el natural rumor de los campos circundantes, y 
sosiego mortal su serenidad apacible. 

En camino para la «Villa de Este», observo la vetusta 
y característica fisonomía de la Tívoli urbana, con sus 
torcidas calles, sus ventanas colgadas de ropa que se 
orea, y sus puestos humildes de hortaliza y de fruta. Las 



EL CAMINO DE PAROS 



183 



mujeres del pueblo, vestidas de encendidos colores, pasan 
guiando sus valientes burritos, que llevan su carga con la 
gracia inocente que la ironía humana ha echado a perder 
en la idea de animal tan lindo y bondadoso. No rara vez 
advertís en un curtido rostro de muchacha un admirable 
perfil clásico, unos ojos que os hacen recordar que en 
estas cercanías está la Albano famosa, gran proveedora 
de modelos para los pintores y estatuarios romanos. Una 
nube de chiquillos sale de la escuela, tan triscadores e 
indómitos, como en todas partes. Uno de ellos, feo y tiz- 
nado como un diablo, dibuja en la pared, con su lápiz, un 
canastillo tan bien hecho que viene a mi memoria la anéc- 
dota del pastorcico que fué el Giotto. 

El cardenal Hipólito de Este, uno de aquellos prínci- 
pes del Renacimiento italiano, en quienes la política po- 
dría definirse como el arte de hermosear el mundo, dejó 
de su paso por el gobierno de Tívoli, que le otorgó 
Julio III, la «villa» que lleva el nombre de su ilustre linaje. 
Era el purpurado más rico de su tiempo, y derramó su 
oro en este palacio, al que infundieron espíritu digno de 
sus formas la conversación aristocrática y el arte. En las 
salas, vacías y tristes, duran aún vestigios de los frescos 
que los pinceles de Zuccari y Muziano consagraron a 
episodios históricos de la ciudad. Los jardines son de pa- 
radisíaca belleza. Cipreses gigantescos, ingeniosas fuen- 
tes y cascadas. Lagos y grutas como para ninfas, forman 
el imperio de nobles estatuas; entre ellas, la minervina 
imagen de «Roma», con lanza y casco, y a su izquierda, 
la loba amamantando a los gemelos latinos. Un órgano 
hidráulico que solazó las tardes del Cardenal permanece 
mudo, y como hechizado, en sus mármoles; y sentí de 
veras su mudez, porque ninguna idea me parece más 
bella y delicada que ésta, de ceñir a números melódicos 
el son del cristalino elemento, de suyo tan lleno de fresca 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



y deliciosa música. Cuando yo tenga una casa de campo 
(en alguno de los mundos donde pienso renacer), ordena- 
ré a mi arquitecto que me construya uno de esos órganos 
donde el agua canta al fluir en alegres juegos. 

Amplísimo y glorioso panorama se domina desde los 
terrados de este Edén. Una familia, de Qénova o Savona, 
recorría al par mío los jardines, y de pronto oí una voz 
infantil que decía, con vibrante júbilo, mientras la tendi- 
da manecita señalaba el confín del horizonte: 
—¡II mare, il mare! 

No es el mar, sino la campiña romana, que se extien- 
de al pie de las montañas sabinas; pero nada, en verdad, 
más semejante a la dormida inmensidad marina que aque- 
lla monótona llanura, donde de tarde en tarde fingen un 
blancor de olas el reflejo de un techo o el surco de un 
camino, mientras de todo en derredor se desprende y os 
llega en onda penetrante y balsámica. 

// divino del pian silenzo verde. 

Como un faro de ese mar ilusorio, se alcanza a vislum- 
brar, entre los celajes de la tarde, la cúpula de San 
Pedro. 

A un cuarto de hora de Tívoli, hacia el Sur, está la 
Villa Adriana. Es esa una excursión, más que para aficio- 
nados al arte, para arqueólogos. Todo lo que en tan in- 
mensas ruinas se cosechó de interés esencialmente artís- 
tico: mosaicos, frisos, estatuas, ha pasado a enriquecer 
cercanos o remotos museos, y singularmente el Capitali- 
no de Roma. Ya sólo cimientos de paredes y truncadas 
columnas delinean en el suelo como un plano en relieve 
de lo que fué Aquí el Teatro Griego, la Sala de los Filó- 
sofos, el Teatro Marítimo; más allá las Bibliotecas, las 
habitaciones para huéspedes; luego el Palacio Imperial, 
con el Trinclinio, la Basílica, las Termas... «De todo 



EL CAMINO DE PAROS 



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apenas quedan las señales». Un rebaño de cabras hue- 
lla pedazos de mármol que se levantaron sobre tanta fren- 
te soberbia. La hierba salvaje alfombra la exedra del 
Trono. Se busca a Fabio, en este campo de soledad^ 
para comunicar la tristeza de la contemplación, y se pien- 
sa en el epitafio que compondría, si se apareciese en es- 
tos escombros, la anímala vagala blandala del César 
viajador y poeta que realizó aquí su sueño de arte. 

De vuelta de las ruinas, subo a la altura del «Belvede- 
re», donde blanquea el que fué Convento de San Anto- 
nio. Este pedazo de tierra es sagrado para la fantasía. La 
tradición local fija en este punto la casa de Horacio; no 
la granja sabina, regalo de Mecenas, cuyo lugar se reco- 
noce también a corto trecho de Tívoli, sino la casa tibur- 
tina, donde pasó probablemente sus últimos años: el apa- 
cible seguro encarecido en la oda a Julio Antonio y en la 
epístola a Setimio. La finca que ocuparon los monjes es 
ahora propiedad de una señora inglesa, que la ofrece en 
arriendo, con su extendida huerta y su sencillo moblaje. 
Espesos olivos la cercan. Enfrente, al otro lado del Anio, 
se levanta e! Templo de la Sibila. De la hondonada cerca- 
na llega el rumor de las aguas hirvientes. Domas alba- 
neae resonantis et praeceps Anio. 

Cerca de allí puede indicarse el sitio que ocupaban 
las «villas» de Cátulo, de Quintilio Varo, de Mecenas. El 
paraje está escogido como para abarcar de una mirada 
todo este hermosísimo contorno. 

El testimonio de mi sensibilidad acredita que fué ver- 
daderamente aquí la casa del poeta, porque me siento 
enteramente horaciano, y pienso que sería dulce cosa 
quedarse en esta retirada paz, gozando de la «áurea me- 
dianía», y escribir, a la sombra de los olivos, un libro 
transparente y sereno. Y cuando la chicuela del guardián 
me despide cortando para mí un rojo clavel y un ramo de 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



blancos junquillos, tengo la puerilidad de mirarlos como 
reliquias, pensando que llevo conmigo flores de la huerta 
de Horacio. 



Tivoli, Enero de 1917. 



Nápoles la española 



Si hubiera llegado a Nápoles por los aires y con los 
ojos vendados, como D. Quijote cabalgando en Cla- 
vileño, y una vez cerca de la tierra, pero a suficiente dis- 
tancia todavía para oir el idioma en que habla, o canta, 
esta estrepitosa muchedumbre, se me hubieran descu- 
bierto de improviso las gentes y las cosas, y se me hubie- 
se preguntado dónde imaginaba estar, habría contestado 
resueltamente:— En España. 

Y esta primera impresión se corrobora a medida que 
el alma de la ciudad nos hace vislumbrar sus secretos y 
que la evocación de las piedras seculares enciende en la 
fantasía la imagen de la España avasalladora y heroica 
que por aquí pasó y dejó floreciendo su espíritu. Sí; esta 
es la Nápoles del mar azul y del dulcísimo cielo con que 
soñé leyendo comedias de Lope; esta es la ciudad donde 
aquel Arco de Triunfo recuerda que entró a reinar el 
magnánimo Alfonso de Aragón: donde aquella capilla tiene 
inscrito el nombre de Gonzalo de Córdoba; donde el 
Duque de Alba erigió esa puerta monumental; donde el 
Conde de Lemos, el Mecenas de Cervantes, levantó aquel 
palacio, desde el cual reinó después el innovador Car- 
los III En este divino ambiente sintió el amor y la belleza 
Garcilaso. Aquí don Francisco de Quevedo paseó su 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



amarga sonrisa. Aquí pintó el Españólelo, y en sus cua- 
dros está aún el mayor interés pictórico de Nápoles. 
Estas esquinas vieron pasar a D. Juan, y por sus con- 
tornos vaga todavía el son de las guitarras de las sere- 
natas y de las espadas de los duelos. 

Esta es la Nápoles aquella, y su libertad y su gran- 
deza no la han desespañolizado. Ved cómo a cada paso 
comparece el recuerdo de España en lo que el viajero 
observa desde el primer instante. La calle más central y 
populosa, si ya no la más característica, es launiversal- 
mente afamada con el nombre de «Calle de Toledo», en 
memoria del preclaro virrey a quien se debe su apertura, 
y aunque ya va largo que el celo patriótico del municipio 
trocó ese nombre por el de «Roma», Toledo sigue llamán- 
dola, y la llamará hasta la consumación de los tiempos, 
el uso popular. Otras calles y «puertas» se denominan «de 
Olivares», «de Alba», «de Medina», la «Rúa Catalana», 
el «Vícolo del Conde de Mola». Hojead una guía comer- 
cial, o fijaos, aquí y allá, en los tableros de las tiendas, 
la armería de Mendoza, la mueblería de Pérez, la botica 
de González, la peletería de López. Oid una conversación 
o leed una canción compuesta en el dialecto de Nápoles, 
y os recordarán donaires y dulzuras de español de Anda- 
lucía o de español americano. Benedetto Croce señala, 
en un reciente libro, la filiación claramente española, de 
las tres palabras de ese dialecto que representan más in- 
traducibies matices de carácter local: lazzáro, gaappo y 
camorrista. Para expresar conformidad dicen americana- 
mente. «¡Cómo no!» el don antecede, en labios del pue- 
blo, el nombre de persona madura y de mediana o humilde 
condición. «Don Marzio» se titula (¿del nombre de un per- 
sonaje de Qoldoni?) el más difundido periódico de Nápoles. 
Y en lo que importa más que las palabras, en la estruc- 
tura íntima, en la gracia connatural, en la música y el 



EL CAMINO DE PAROS 



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color de ese dialecto, nos parece percibir, a los que 
hablamos castellano, que el pueblo que se expresa de 
aquel modo escuchó y asimiló, por espacio de tres siglos, 
nuestra lengua. 

Llegad a los barrios populares,— si es que no lo son 
todos en esta ciudad de rebosante muchedumbre—: la Plaza 
del Mercado, Puerta Capuana, la marinera Santa Lucía, 
de nombre que parece continuarse de suyo en melodiosa 
barcarola. ¿No son figuras y escenas de ciudad andaluza 
las que véis? Este hervor fascinante de vida, de alegría y 
de color; este como canto de gloria que se levanta al 
Olimpo, y este perenne chispear de burlas y gracejos 
entre los que pasan, y esta florescencia del piropo y y 
este hablar con el gesto aún más que con la voz. y más 
que con la palabra con el tono, ¿no provocan reminiscen- 
cias de Triana, del Rastro, de las «romerías»? ¿No es el 
sol andaluz el que se asoma a los ojos y encrespa con sus 
tenacillas de fuego el pelo de las brunas Carmelas, Nan- 
ninas y Qiesumminas de la plebe? ¿No es divinamente 
española y andaluza esta visible despreocupación por el 
día de mañana, por el fruto que se ha de cosechar; esta 
abandonada confianza en los dones del suelo próvido, de 
la naturaleza benigna, que derraman sobre ricos y pobres 
sus dones gratuitos para que vivan como las aves del cie- 
lo, que no siembran ni recogen? 

También dentro de los muros de Milán tuvo una de 
sus cuevas, durante más de dos siglos, el león de Cas- 
tilla; pero en la fisonomía de la Milán contemporánea no 
existen ya, o no conservan suficiente relieve para que 
aparezcan a la mirada del viajero, los vestigios de aquella 
Lombardía reflejada de rojo y gualda que conocemos en 
las páginas de I Promessi Sposi. En Nápoles la influen- 
cia española caló más hondo y dejó color más indeleble. 
Los esforzados castellanos, los aragoneses heroicos, que 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



^ienen su sepulcro en estas iglesias, pueden reposar segu- 
ros de la perennidad de su conquista. En Santa María de 
los Angeles, entre dos altares de la izquierda, sobre un 
nicho hay de uno de esos bravos un epitafio que es un 
poema. Escuchad: 

«D. O. M.— Guarda este mármol las famosas zenizas 
— de aquel eroe imbencible Dionisio de Guzmán— Cava- 
jlero del ábito de Santiago— de los consejos de guerra de 
Su Majestad— maestro de campo general de los exérci- 
tos— de Milán y Lombardía, armada real y este Reyno.— 
Falleció en 24 de Julio de 1654— militó 44 años continuos 
en guerra viva— en las provincias de Italia, Estados de 
Flandes,— Reynos de España y armadas marítimas.— Co- 
menzó de soldado y subió a la fuerza de su mérito— a todos 
los grados de la milicia— ganó a su Rey treinta y una forta- 
lezas—socorrió 18 plazas, peleó y venció 62 veces— fué 
terror de los adversarios, exemplo de los amigos— asombro 
de los exércitos y envidia de las naciones— constante en los 
trabajos, intrépido en los peligros— templado en las costum- 
bres y modesto en las felicidades.— La antigua Castilla le 
dió noble oriente— la sociedad christiana dichosa vida— 
su proceder eroicas obras. Nació para honra de su patria 
—vivió para servir a su Rey— y haviendo muerto para sí 
quedará inmortal — a la memoria de los siglos futuros.» 

Decidme si no trasciende de ese retumbante epita- 
fio toda el alma de aquella España soberbia y andantesca 
cuya idea encarnó en el caballero de la Mancha, y si no 
manifiesta, en el énfasis que así habla ante la muerte, la 
fuerza con que se imprimía, allí donde fijaba su garra, la 
huella de aquel pueblo de conquistadores. No, no se 
borrará ya más el sello de España de la frente de Nápo- 
les, hasta que el vecino monstruo plutónico la estreche y 
la consuma con su brazo de fuego, según la tradición fatí- 
dica puesta en hermosa leyenda por Matilde Serao. 



EL CAMINO DE PAROS 



191 



Cierto es que el tiempo se lleva en su corriente mucho 
de lo antiguo, y no faltan laudalores temporis acti, que 
afirmen con nostalgia que Nápoles va perdiendo su color. 
Hay en el fondo de esta afirmación una parte verdadera. 
Nápoles, visiblemente, se transforma. El lazzarone se 
va. Alientos de emulación y de energía rompen la costra 
secular de ociosidad, de desaseo y de miseria. Un acue- 
ducto colosal, que hubiera honrado a la vieja Roma, trae 
de las famosas surgentes de Serino y difunde hasta los 
entrañados rincones de la ciudad, agua rica y salubre. 
Donde se asentaba el barrio más vetusto e infecto, álzase 
hoy la soberbia «Galería», rival en magnitud y riqueza de 
la de Milán, y uno de los mayores esfuerzos edilicios de 
la moderna Italia. Humo de fábricas y usinas empieza a 
mezclarse, en estos contornos, con el humo volcánico. El 
hechizo enervador de Parténope será superado otra vez 
por la mana de Ulises, que retoña en la sangre griega 
que hay en las venas de Nápoles. Una metrópoli industrial , 
activa y poderosa, se delinea para el cercano porvenir, 
aquí donde fué el imperio del dolce f amiente* Y aunque 
todavía desentonan, dentro de la admiración y el encanto 
del viajero, la casa antigua y noble que yace en sucio 
abandono, y el montón de basura que fermenta al rayo 
del sol, y el corro de muchachos que juegan en la esquina 
sus monedas de cobre, y los cornetti de coral ofrecidos 
como amuletos en los escaparates de las tiendas, y el 
conventillo al aire libre, y los mendigos implacables, y 
los frailes pringosos, puede vaticinarse que esta ciudad 
será el centro que propague nueva vida sobre las hoy 
yermas regiones del mediodía de Italia y las convide a 
nuevas Geórgicas, como las del suave mantuano que duer- 
me allá enfrente, a la sombra del Pausílipo. 

Nápoles se asea, se enriquece, se educa, pero no se 
descaracteriza. En lo bueno como en lo malo, continúa 



192 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



siendo esencialmente española. Y con decir que es sus- 
tancialmente española, dicho se está que participa de 
hispano-americana, afinidad que aparece de relieve si se 
establece la comparación con aquellas partes de América 
cuyo desenvolvimiento, menos impetuoso y acopiador, ha 
mantenido relativamente intacto el núcleo original. Yo he 
sentido despertarse y sonreír mi velado instinto criollo 
reconociendo en las calles de Nápoles cosas que me pare- 
cían del terruño, líneas y matices de mi ciudad nativa, en 
lo que ésta tiene aún de característico, de tradicional, de 
pintoresco; semejanzas que completa la imaginación con 
la curva armoniosa de la bahía, cuya entrada custodia, 
como un «Cerro» agigantado y flamígero, el Vesubio. Y 
estas correspondencias de carácter, estos acordes de 
color, evocaban en mi memoria las palabras que oí una 
vez a un cultísimo y delicioso sevillano, don Francisco 
Orejuela, que contaba admirablemente sus recuerdos de 
viaje: 

—-No hay más que tres ciudades en el mundo: Nápoles, 
Sevilla y Montevideo. 



Nápoles, Febrero 1917 \ 



Anécdotas de la guerra... 



Cuando Edmundo de Amicis decía que, para consoli- 
dar la trabazón de su unidad, necesitaba Italia un 
gran sacudimiento guerrero, una de esas conmociones he- 
roicas que hacen vibrar, del uno al otro extremo, el esque- 
leto de un organismo nacional, pensaba en una exaltación 
de la conciencia colectiva, como la que ha provocado, 
efectivamente, esta guerra. Italia sabe que pasa por la 
hora de prueba de que debe salir magnificada y perdura- 
ble. El génesis histórico de la Italia nueva requería coro- 
narse con un final más épico y glorioso, —en el sentido 
de la gloria guerrera—, que la ocupación de la Roma pon- 
tificia. Y a ese final va, consciente y entusiasta, el alma 
de este pueblo. Percibís a cada paso la seguridad, la con- 
fianza, con que tiende a él. Es, el que flota en el ambien- 
te, un entusiasmo diáfano y sereno, al que la misma inte- 
gridad de la esperanza que lo anima parece privar de los 
borbotones de aquel otro febril entusiasmo que alterna con 
la angustia. No hay tiesura marcial, no hay solemnidad 
trágica. Mientras el golpe del cañón deshace, palmo a 
palmo, las fronteras, y los hilos de sangre descienden por 
las vertientes alpinas, el alma despreocupada y ardiente 
de la raza sigue entonando, en las ciudades bruñidas de 
sol, su eterna canción de juventud y de alegría. A no ser 



EL CAMINO DE PAROS 



18 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



por la obscuridad nocturna de las calles, en previsión de 
los ataques aéreos, y por las relativas incomodidades de 
la presentación a la Cuestura, para la dichiarazione de 
soggiornOy nada haría sospechar al viajero que no se vive 
en tiempo de paz. ¡Cuánta mayor tristeza he visto yo di- 
fundirse en la atmósfera de Montevideo, durante nuestras 
temporadas de guerra civil, que en el ambiente de estas 
ciudades italianas, hasta cuyas puertas llegan las llama- 
radas del más atroz encendimiento de guerra que hayan 
presenciado, ni acaso puedan presenciar, los siglos! 

El fondo heroico, que encubre esa sonriente máscara, 
da asidua razón de sí allá donde se lucha y se muere. 
Cien episodios lo manifiestan cada día. Contados en las 
resenas de los periódicos o en las cartas de los soldados; 
dando motivo al comentario de los salones y de los corri- 
llos populares, son la crónica donde rasgarán mañana su 
crisálida las leyendas de esta magna gesta patriótica. Un 
diligente periodista, el señor Giuseppe de Rossi, ha teni- 
do el oportuno acuerdo de coleccionar los más interesan- 
íes y significativos de esos episodios, en un volumen que 
se lee con agrado y emoción. 

Hay allí rasgos de temerario ímpetu, de serena impa- 
videz, de conformidad estoica, de astucia inteligente y de 
atlética destreza.— La gallardía del valor personal apare- 
ce en casos como el de aquel alpino, que, encontrándose 
él solo, en una exploración, con media compañía de 
austríacos, la hace frente, escudado en una hondonada, 
desde donde apunta sus tiros con tal precisión que con- 
tiene y ahuyenta a sus perseguidores- O bien, el teniente 
de artillería que, después de ver sucumbir sucesivamente 
a tres soldados que enviara en observación de una batería 
enemiga, no quiere seguir aventurando más vida que la 
suya, y marcha él mismo a afrontar la muerte probable. 

Otros ejemplos hablan de fortaleza de ánimo, de ener- 



EL CAMINO DE PAROS 



195 



gía en la adversidad. Así, el del cabo que, en el ataque 
del Freikofel, mutilado de un brazo, se niega a dejarse 
retirar como herido, y sigue adelante difundiendo voces 
de aliento y entusiasmo. Asi también, el del oficial de 
«bersaglieri» a quien una granada ha tronchado las dos 
piernas, y que, en las convulsiones del dolor, se aprieta 
los labios con la mano para ahogar sus lamentos, que 
pueden descorazonar a los que pelean. 

¿Y el episodio, referido por D'Annunzio, del artillero 
que, en la defensa de la Isla Morosina, roto el hilo del te- 
léfono que trasmite a las baterías las órdenes del coman- 
dante, se ofrece para ir a reponerlo, y entre espantosa 
lluvia de metralla permanece firme hasta finalizar la ope- 
ración, después de la cual se desploma con las espaldas 
rojas de sangre, herido de muerte? 

La malicia de Ulises, la travesura épica, tan propia 
del carácter de esta raza fina y sutil, pone frecuente- 
mente su scherzo entre las notas trágicas, y sugiere ar- 
dides ingeniosos, como el de los sombreros de plumas y 
los cigarros encendidos que, colocados en las trincheras, 
provocan al enemigo a malgastar sus municiones, mien- 
tras, por allá cerca, los soldados huelgan y ríen. 

Dos anécdotas hay que me parecen las más bellas; 
una por su irradiación de nobleza y de piedad; otra, por 
el heroísmo precoz, que se aureola de martirio. 

Era en los primeros días de la guerra. A la aproxima- 
ción de las armas italianas, los austríacos desocupaban 
una de las pequeñas ciudades fronterizas, y la parte iner- 
me de la población, viejos, niños y mujeres, evitando ser 
arrastrada en la marcha del extranjero, se apresuraba a 
escapar, buscando el amparo del ejército reconquistador. 
Una mujer del pueblo sale, despavorida, de la ciudad, 
con sus dos niños en los brazos, y en la soledad del campo 
se orienta, angustiosamente, hacia donde ha visto flamear 



196 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la tricolor que anuncia la salvadora presencia de la patria. 
De súbito, la pobre mujer se siente envuelta en el es- 
trépito y el fulgor de la pelea: está entre los fuegos del 
ejército que avanza y del que se retira. El espanto la man- 
tiene, por un momento, inmóvil y trémula, apretando 
contra su corazón a los dos niños que lloran. Pero ve la 
tricolor que se adelanta; que, como un relámpago irisado, 
abre aquí y allá las nubes de humo, y cerrando los ojos, 
corre arrebatadamente hacia ella. Los soldados de Italia 
ven aparecer, ante la boca de sus fusiles, aquella trágica 
visión de la madre abrazada a su viviente tesoro. Con- 
tinuar el fuego es probablemente matarla; suspenderlo 
es alentar al enemigo, que no se da tregua en el suyo. 
—Una voz de mando, que brota vibrante, como sugeri- 
da por inspiración común, resuelve toda vacilación: 
«¡Cese el fuego!»... Y en tanto que las armas- se abaten 
y dos «bersaglieri» se adelantan a recibir en sus brazos a 
la mujer que desmaya de cansancio y de angustia, las 
descargas del enemigo, reanimadas con el inesperado si- 
lencio que las contesta, siembran la muerte en aquellas 
filas que inmoviliza la piedad. 

El otro caso es de un chicuelo heroico, de un «niño 
sublime». Acosado, en campo abierto, un batallón italiano, 
por los fuegos de la artillería austríaca, había buscado la 
protección de un alto muro de piedra. De pronto, entre 
las matas que orillan el camino, ven los parapetados 
aproximarse, agitando un pañuelo blanco, un niño, un al- 
deanito harapiento, teñido de sol y de polvo. «Le pregun- 
tan qué quiere». —«Ayudar en lo que pueda,— responde— . 
Estoy solo. Mi padre, mis hermanos, todos han muerto en 
la guerra. Yo conozco bien este terreno». Y trepando 
como un gato sobre el muro, se pone a avizorar, teme- 
rario centinela, el campo enemigo, a fin de indicar el 
punto de donde partían sus fuegos y la senda por donde 



EL CAMINO DE PAROS 



197 



convenía tomar para salir de su alcance. Los soldados le 
instan a que baje de allí. El, impávido, continúa obser- 
vando; con palabras y señas trasmite lo que ve... y en el 
momento en que se dispone a bajar y cien brazos impa- 
cientes se tienden para ayudarle, una bala hace pedazos 
la inocente cabecita, y el cuerpo ensangrentado rueda al 
pie del muro, entre un irrefrenable grito de compasión y 
de dolor. 

No se sabe su nombre. No queda de él más que del 
pájaro abatido de la rama por el golpe del granizo. Qlori- 
rifiquérnosle dentro de la advocación simbólica del Qra- 
voche de Víctor Hugo. 



Milán, 1917. 



Capri 



Cuento entre las imposibilidades absolutas la de hallar 
belleza que no tenga conciencia de sí propia, y entre 
las imposibilidades relativas la de hallar conciencia de la 
propia beldad que no se empañe de cierta inquietud o 
desazón delante de la beldad ajena. Sorrento, confirmando 
la ley sin excepción, sabe que es hermosa; pero sabe que 
Capri lo es también, y Capri está al lado de Sorrento; y 
como la belleza de Capri no es menos fiel cumplidora del 
«nosce te ipsum», hay, al través de las azules ondas que 
las separan, un perpetuo cambio de desconfianzas y de 
celos; un pleito encantador, que renueva sus instancias 
ante cada viajero, excitado a ser juez en este nuevo juicio 
de Páris. La primera preocupación que, cuando volvéis 
de Capri, os demostrarán en Sorrento, es averiguar lo 
que pensáis de Capri, y el más apremiante interés que os 
habrán manifestado en Capri, al llegar, es preguntaros lo 
que opináis de Sorrento. Os supongo suficientemente há- 
biles para contestar a esas preguntas de modo que, sin 
herir de frente la vanidad local, déis lugar, al mismo tiem- 
po, a cierto resquemor de emulación; y entonces oiréis, 
de una y otra parte, los más fervorosos alegatos de amor 
patrio; los más inspirados razonamientos para demostra- 
ros que aún no habéis visto lo mejor, en la comarca del 



200 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



panegirista, y que debéis dejar que os lleven a admirar en 
ella bellezas y primores que no habíais sospechado. 

La isla de Capri y la península de Sorrento están, di- 
gámoslo así, labradas según un mismo estilo arquitectóni- 
co. Aquí como allá, un muro de ásperas rocas, que caen 
a plomo sobre el mar, diseñan con viril energía el dibujo 
de la costa. Aquí como allá, al pie de ese ciclópeo baluar- 
te, un puerto para cáscaras de nuez; y del puerto a la 
ciudad, sendas tortuosas que suben escalonadas en la pie- 
dra. A espaldas de la ciudad, cumbres de embelesantes 
perspectivas, que aquí se llaman los cerros de San Miguel 
y del Castello, como en la ciudad rival los del Deserto y 
Capodimonte. Acaso la belleza de Capri es un tanto más 
grave y varonil que la de Sorrento, como que entran en 
ella por mayores partes la desnudez de la roca y el abra- 
zo del mar; pero también aquí, en los valles guardados de 
los vientos marinos, crecen la vid y el olivo y el naranjo; 
también aquí la canción pastoril confunde sus ecos con la 
barcarola del remero que parte a la pesca del coral, allá 
en las costas del Africa, o que conduce, a los que llegan, 
a visitar la misteriosa «Gruta Azul». Y Capri, como So- 
rrento, tenía, antes de la guerra, su más copiosa fuente 
de utilidad en su misma pintoresca belleza, que atraía 
anualmente a sus playas muchos millares de viajeros, sin 
contar los potentados europeos y americanos que han 
levantado «villas» suntuosas en el filo de estas peñas y en 
la falda de estas colinas. 

Lá ciudad, menuda y concentrada entre las rocas, se 
recorre en cuatro pasos. Una plaza domina, como un te- 
rrado, las violentas pendientes de la costa, con su fondo 
de mar y de cielo. Allí veo, entre los grupos que pasean, 
un artista que toma apuntes. Capri es lugar preferido de 
pintores, y son muchos los que periódicamente se confir- 
man en la inspiración de esta naturaleza. Observo que un 



EL CAMINO DE PAROS 



201 



«albergo», y una calle llevan el nombre de «Tiberio». La 
amable isla no ha olvidado, pues, al tirano que la escogió 
como refugio de su vejez suspicaz y lasciva; ni parece 
guardar de él mala memoria, acaso porque con la perma- 
nencia del tirano coincide su período de monumental flo- 
recimiento e histórica notoriedad. Señálanse aún, en dis- 
tintas partes de la isla, las ruinas de las doce «villas» 
famosas que Tiberio construyó para nido de sus amores 
seniles. 

Un camino que trepa en espiral hasta la altura del 
«Solaro», entre vistas inmensas de montaña y de mar, 
conduce al pueblo de Anacapri. Las labradas tierras que 
lo rodean muestran que es una población de agricultores. 
Allí encontraréis con quién recordar la patria americana 
y podréis mantener una conversación en nuestra lengua, 
porque son muchísimos los anacaprenses que han estado 
en Montevideo o Buenos Aires; y no escasean, entre 
ellos, los que han traído de las tierras de Occidente algo 
más que dulces memorias. Poético abolengo atribuye la 
leyenda a Anacapri, como que, según la tradición local, 
fué el Amor mismo, el Eros de Grecia, quien puso los 
fundamentos de la graciosa ciudad, cuyo origen helénico 
es, como el de todos los pobladores de la isla, bien claro. Y 
este origen histórico (y también aquel legendario abolen- 
go) tiene su más firme testimonio en la peculiar belleza de 
las contadinas de Anacapri; belleza de mármol bruñido 
por el sol y el viento del mar; o si las tomáis cuando, al 
caer de la tarde, van con el cántaro a la fuente, belleza 
de Nausica, rodeada del candor patriarcal. 

Nadie ignora que en las costas de Capri está la gruta 
famosa donde todo aparece tenido del color del cielo; 
la «Gruta Azul», cara a la fantasía de los viajeros soña- 
dores. Una barca de cuatro remos me conduce a la gruta, 
desde la «Marina» de Capri. Pienso contar con las dos 



EL CAMINO DE PAROS 



U 



202 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



condiciones necesarias de esta visita: clara luz y mar se- 
reno. Infortunadamente, en el transcurso del viaje nubes 
importunas han venido a empañar la antes diáfana clari- 
dad de la mañana. Al llegar la barca a la gruta, el sol se 
ha velado del iodo, y esto quita al peregrino alcázar gran 
parte de su fantástica belleza, que nace del reflejo de la 
luz radiante del día, cuando, filtrándose al través del es- 
pesor azul de las aguas e impregnándose de su color, lo 
difunde, como un claro de luna, en la penumbra de aque- 
lla fresca bóveda. Algo de este mágico efecto se percibe, 
pero muy tenue y enturbiado. Además, el mar empieza a 
picarse, y como la estrechísima boca de la gruta sólo da 
fácil paso mientras el agua está enteramente tranquila, 
debo esperar el momento de salir, tendido en el fondo de 
la barca en la actitud de un cadáver en su féretro. La 
«Gruta Azul» fué para mí una decepción. Pero ya hace 
tiempo que aprendí a resignarme al desengaño de las 
grutas azules, y la belleza abierta y franca de la circuns- 
tante realidad me ofrece, de regreso de aquella fracasada 
aventura, el desquite de la ilusión desvanecida. 



Castellamare, Marzo 1917 * 



ÍNDICE 



MEDITACIONES 

Págs. 

La estatua de Cesárea 7 

Mi retablo de Navidad 15 

El ejército y el ciudadano. . . . 25 

La filosofía del Quijote y el descubrimiento de América. 27 

La tradición en los pueblos hispano-americanos. ... 55 

Cómo ha de ser un diario. 59 

El libro 47 

La aldea y la ciudad 51 

La grandeza de Artigas 55 

En un álbum . 57 

Bélgica. 59 

La literatura posterior a la guerra 65 

ANDANZAS 

Cielo y agua , 75 

Portugal.— Una entrevista con Bernardino Machado. . 77 

España. - En Barcelona . 85 

El nacionalismo catalán: Un interesante problema po- 
lítico. . 95 

Italia.— -Diálogo de bronce y mármol 115 

Y bien, formas divinas... (Pensado en la <Sala de la 

Niobe», de la Galería de los Oficios) 127 

Recuerdos de Pisa 151 

Un documento humano 145 



204 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Págs. 

La esperanza en la Nochebuena 151 

La poesía de Stecchetti: Con motivo de su muerte. . 155 

Al concluir el año. . 165 

Ciudades con alma 169 

Una impresión de Roma 175 

Los gatos en la Columna Trajana 177 

Tívoli.. .. . 181 

Nápoles la española .187 

Anécdotas de la guerra. 195 

Capri.. 199 



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R695ca El camino de Pí 




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